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miércoles, 19 de octubre de 2011

Fibra óptica en los hogares: la gran apuesta necesaria


Fibra óptica en los hogares: la gran apuesta necesaria

El reciente despliegue de la fibra hasta los hogares, conocida como FTTH, permitirá un desarrollo considerable de los servicios digitales

- Imagen: Ben Watts -

Países como Corea del Sur y Japón son ejemplos de cómo el acceso a Internet de banda ancha puede llegar a los hogares con una gran velocidad de transferencia y un precio muy inferior al que ofrecen las empresas de telecomunicaciones occidentales. Más por menos. Las claves para entender que la oferta de acceso sea tan abismal en extremo oriente respecto a Europa deben buscarse más en el diseño de las ciudades, y las inversiones realizadas en infraestructuras de telecomunicaciones, que en agresivas estrategias comerciales. Para empezar, ellos tienen desde hace diez años una red completa de fibra óptica hasta el hogar (FTTH) y aquí empieza justo ahora a desarrollarse.


La llegada de la fibra óptica hasta los hogares es una de las grandes apuestas en materia de telecomunicaciones para los próximos años por parte de gobiernos y empresas del sector, ya que permitirá aumentar el ancho de banda de los usuarios de forma más eficiente que con las tecnologías basadas en conexiones de cobre, como el ADSL. Por el momento en España los proveedores de referencia ha empezado el despliegue de fibra al hogar, en las principales ciudades, desde el nodo de conexión más cercano, ya que el resto de la red de cableado es de fibra desde hace años. Telefónica es la empresa que lleva el despliegue más avanzado, en parte porque ve aumentar la competencia de los proveedores de cable, pero también porque quiere participar de la futura economía digital.
Numerosas ventajas frente a una inversión elevada
El coste de este tramo final resulta caro para el proveedor del servicio, el único que lo cubre, pero se considera una inversión de mucho futuro
Las conexiones de fibra óptica para el mercado residencial, conocido por sus siglas como FTTH ("Fiber To The Home"), tienen como objetivo que la fibra llegue hasta el interior de los hogares, una tarea mucho más complicada de lo que aparenta, ya que implica tanto acuerdos con los vecinos como desarrollo de múltiples ramificaciones en estructuras complejas como son patios interiores, tejados, terrados etc. El coste de este tramo final resulta caro para el proveedor del servicio, el único que lo cubre, pero se considera una inversión de mucho futuro por sus ventajas respecto a otros sistemas de acceso y porque posibilitará nuevos servicios y el desarrollo de la economía digital.
Entre las ventajas destaca que la velocidad de acceso puede ser mucho mayor tanto en la bajada como en la subida de datos, es decir que se acerca a la simetría, un punto en el que la interacción del usuario con la Red es de igual y igual: esto comporta ventajas en la comunicación por teleconferencia, el control de sistemas y aparatos a distancia, etc. Es una tecnología que da, además, una mayor estabilidad a las conexiones.

La simetría de acceso también permite un mayor desarrollo de juegos on line, el acceso rápido a los servicios de la nube, el manejo ágil de las aplicaciones ofimáticas -fomenta el trabajo colaborativo a distancia- y los sistemas de almacenamiento web, que inciden en una mayor seguridad y privacidad de los datos del disco duro.
Por otra parte, se pueden ofrecer nuevos servicios asociados a la línea contratada, como múltiples canales de televisión de alta definición bajo demanda con un menor ratio de compresión, lo que permite una calidad de imagen y sonido superior a los estándares previstos para latelevisión digital, que ha resultado un rotundo fracaso y precisa de alternativas comerciales viables. Además, tecnologías como el vídeo en 3D, que requiere una gran cantidad de ancho de banda, también se podrán emitir a través de este tipo de conexión.
La fibra en Europa y en España
En la Unión Europea (UE) de los 35 miembros la tecnología FTTH está disponible para 25 millones de hogares, aunque solo hay 4,6 millones de suscriptores debido al lento ritmo de adopción, es decir de usuarios que se pasan a la fibra desde sus contratos de ADSL. La Unión Europea ha propuesto medidas para incentivar la oferta de FTTH a precios apetecibles al usuario mediante la penalización del mercado mayorista -de las empresas operadoras- de las conexiones de par de cobre. No obstante países como Suecia y Noruega tienen una penetración de FTTH superior al 10% del total de las conexiones, si bien el liderazgo actual lo ostenta Lituania con un 26,6% del total, según algunos estudios. Una encuesta reciente realizada entre suscriptores de banda ancha en Estados Unidos ha llegado a la conclusión que los usuarios de conexiones FTTH son los consumidores que están mas satisfechos con su conexión a Internet.
Países como Suecia y Noruega tienen una penetración de FTTH superior al 10% del total de las conexiones, aunque el liderazgo actual lo ostenta Lituania
En España, esta tecnología aún es muy minoritaria. Según datos de la CMT, existen unos 100.000 hogares con FTTH gracias a que algunos operadores como Telefónica, a través de Movistar, han empezado a ofrecerlo en algunas ciudades y zonas concretas del país como Madrid y Barcelona, con una velocidad de acceso de 50 mbps (megabits por segundo) de bajada y cinco mbps de subida, aún lejos de la simetría. Los planes de Telefónica pasan porincrementar la inversión en fibra para poder ofrecer hasta diez gbps (gigabits por segundo) de velocidad de acceso en los próximos años.
Entre el resto de operadores, Vodafone ha realizado una prueba piloto en L'Hospitalet de Llobregat con conexiones de 100 mbps, mientras que Orange ha comenzado a ofrecer esta tecnología en algunas zonas de Madrid con 100 mbps en descarga. Es posible, sin embargo, que, debido a las inversiones necesarias para desplegarla, algunos operadores de telecomunicaciones cierren un acuerdo para el despliegue conjunto. De momento, Telefónica ofrece en el mercado mayorista, es decir, al resto de empresas de telecomunicaciones del sector, emplear su nueva red de fibra para vender conexiones a la Red FTTH, pero con restricciones. Una de las mayores es que estos operadores no pueden ofrecer una conexión superior a 30 mbps, lo que ha provocado que Vodafone haya pedido a la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones (CMT) una revisión para eliminar o elevar esta restricción.
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Diez consejos para escribir contraseñas seguras



Diez consejos para escribir contraseñas seguras
La mayoría de los usuarios tenemos claves de acceso a los servicios que cualquier hacker podría romper en menos de diez minutos


- Imagen: Thomas Angermann -

"1234". Según revela un estudio, esta es la clave más frecuente que la gran mayoría de usuarios escribimos para proteger nuestros servicios on line, donde guardamos datos privados de gran importancia, e incluso, los números de nuestras cuentas bancarias. Esto significa que cualquierhacker puede entrar en la mayoría de cuentas privadas de plataformas de Internet en pocos segundos
Cuando queremos elaborar un poco más las contraseñas, las basamos, incluso de modo inconsciente, en referencias simbólicas como nuestro cumpleaños, el de nuestros hijos o la fecha de nuestra boda. También así se lo ponemos fácil a los hackers, pues les basta con entrar en sitios como Facebook, ver alguno de estos datos y, a partir de ellos, buscar la combinación de entrada a nuestros servicios. Respecto al nombre de usuario, los profesionales de romper claves saben que casi todos usamos el mismo que tenemos en nuestra dirección de correo electrónico. Conviene, por lo tanto, ser mucho más inteligentes y blindar lo que ahora tenemos casi como un libro abierto.
Buscar siempre claves que tengan más de ocho dígitos. Cuantos menos caracteres tenga una clave, más fácil es romperla para un hacker, puesto que el número de combinaciones posibles son menos. Se considera débiles a las combinaciones menores de ocho dígitos, que pueden identificarse con programas generadores de combinaciones aleatorias -llamados robots-, lo que se conoce como "la fuerza bruta". 
Nunca usar solo números. Aunque pongamos claves de ocho o más dígitos, si usamos solo números, es cuestión de tiempo que un robot encuentre la contraseña y entre en nuestras páginas. 

Tampoco usar solo letras ni palabras. Las letras se pueden combinar con robots hasta dar con la clave. Respecto a las palabras, siempre tienen una conexión simbólica con nuestro subconsciente, por lo que alguien que nos conozca un poco puede adivinar las claves si piensa en el nombre de nuestra pareja, nuestros hijos o nuestras mascotas. 
Optar siempre por combinaciones alfanuméricas. Mezclar letras y números es la solución más segura porque se mezclan dos sistemas de clasificación, lo cual amplia mucho las combinaciones. De todos modos, un hacker que tenga algunos datos personales sobre nosotros y mucha psicología puede adivinar las claves si no nos hemos esmerado en confeccionarlas. Debemos ser conscientes de que, de modo automático, siempre buscamos combinaciones fáciles de recordar y relacionadas con personas y fechas importantes. Por lo tanto, lo mejor después de escribir la contraseña es revisar que no contenga señales personales. 
Intercalar signos de teclado. Un truco que nos permitirá usar letras y números relacionados con nuestra vida sin peligro es intercalar símbolos como "#", "quot;, "&" o "%" entre los caracteres de la contraseña. La presencia de estos caracteres es mucho más difícil de descubrir para hackers y robots. 

Lo mejor son las claves aleatorias. Si podemos usar un programa generador de claves aleatorias, estaremos mucho mejor protegidos. La página Clave Segura ofrece de manera gratuita un generador de claves en el que se puede escoger tanto la longitud de la contraseña como la cantidad de caracteres alfanuméricos que usamos. Otros servicios como Passwordmeter miden el nivel de seguridad de las contraseñas que confeccionamos. 
No utilizar la misma contraseña para todo. Parece una obviedad, pero es lo que hacemos la mayoría de los usuarios. Hay que tener una contraseña distinta para cada servicio. También es recomendable cambiar las contraseñas cada cierto tiempo. 
Guardar las claves en un documento de texto. Como las claves seguras son muy difíciles, por no decir imposibles, de recordar, lo lógico es guardarlas escritas en un documento de texto, que utilizaremos para almacenar las contraseñas de todos nuestros servicios. Cada vez que debamos entrar a un servicio, tendremos que recurrir a este documento. Puede que sea pesado, pero es más seguro. 
Guardar el documento en un lugar seguro. Hay varias opciones para guardar el documento con nuestras claves. La primera es usar una memoria USB separada físicamente del ordenador y que solo enchufemos cuando queramos abrir el documento con nuestras claves. Debemos ser conscientes de que podemos tener el ordenador monitorizado por algún software malicioso -ocurre con mucha más frecuencia de la que creemos- o que alguien puede acceder a través de la conexión wifi si esta no es lo bastante segura. La segunda alternativa es guardar el documento en una copia de seguridad en un servidor de la red, con protocolos de cifrado de 128 bits o más. Podemos guardarlo en plataformas diseñadas para tales usos, como Clipperz. Bastará con abrir este servicio y acceder al documento. Eso sí: la contraseña de acceso a Clipperz tiene que ser altamente compleja, deberemos tenerla escrita en una libreta, guardarla en un cajón y saber que si la perdemos también perderemos el resto de contraseñas. 
Cerrar la sesión de los servicios a diario. Cuando apaguemos el ordenador por la noche o al salir de casa, la mejor opción es salir de todos los servicios de uso habitual, ya sean el correo electrónico, las distintas redes sociales donde participemos o las plataformas donde guardamos documentos para sincronizarlos, etc. Si alguien encendiera nuestro ordenador y no los hubiéramos cerrado, podría acceder fácilmente a tales servicios, ya que el navegador guarda las contraseñas si no le indicamos lo contrario. Por lo tanto, hay que indicar en el apartado de "Seguridad" de nuestro navegador que no recuerde ninguna contraseña. Al volver a usar el ordenador habrá que introducir todas las claves, pero evitaremos disgustos. 

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sábado, 15 de octubre de 2011

EL SECRETO DE LA ANTIGUA MÚSICA Adam Villiers


EL SECRETO DE LA ANTIGUA MÚSICA
Adam Villiers
Al señor Richard Wagner

    Era día de audición en la Academia nacional de Música. En las altas instancias se habla decidido el estudio de una obra de cierto compositor alemán (cuyo nombre, olvidado desde entonces, felizmente se nos escapa); y tal maestro extranjero, si había que creer en diversos memoranda publicados por la Revue de Deux Mondes, ¡era nada menos que el creador de una música «nueva»! 
    Así pues, los músicos de la Ópera se encontraban reunidos para poner, como suele decirse, las cosas en claro y descifrar la partitura del presuntuoso innovador. 
    El momento era grave. El director de la Academia apareció en escena y entrego al director de orquesta la voluminosa partitura en litigio. Éste la abrió, la leyó, se estremeció y declaró que la obra le parecía inejecutable en la Academia de Música de París. 
—Explíquese —dijo el director de la Academia.
—Señores —respondió el director de orquesta—, Francia no podría responsabilizarse de truncar, por una defectuosa interpretación, el pensamiento de un compositor... sea cual sea su nacionalidad. Sin embargo, en las partituras de orquesta especificadas por el autor figura... un instrumento militar caído ya en desuso y que no tiene intérprete entre nosotros; ese instrumento, que hizo las delicias de nuestros padres tenía antaño un nombre: el chinesco. Creo que la radical desaparición del chinesco en Francia nos obliga a declinar, muy a pesar nuestro, el honor de esta interpretación. 

    Tal discurso había sumido al auditorio en ese estado que los fisiologistas llaman comatoso. ¡El Chinesco! Los más viejos apenas recordaban haberlo oído en su infancia. Pero les hubiera resultado muy difícil, hoy en día, poder precisar su forma. De repente, una voz pronunció estas inesperadas palabras: 
—Con su permiso, creo que yo conozco uno —todas las cabezas se volvieron; el director de orquesta se levantó de un salto
—¿Quién ha hablado?
—Yo, los platillos —respondió la voz. 

Un instante después, los platillos estaban en el escenario rodeados, adulados y asediados con impacientes preguntas. 
—Sí —continuaban—, conozco a un viejo profesor de chinesco, maestro en su arte y sé que aún vive. 
    Todos exhalaron un grito. ¡Los platillos aparecieron como un salvador! El director de orquesta abrazó a su joven satélite (porque los platillos eran todavía jóvenes). Los trombones enternecidos le animaban con sus sonrisas; un contrabajo le envió un envidioso guiño; el tambor se frotaba las manos: «¡Llegará lejos!», gruñía. En fin, en ese rápido instante, los platillos conocieron la gloria. 
    A continuación, una comisión, precedida por los platillos, salió de la Ópera hacia Batignolles, a cuyas profundidades se había retirado, lejos del ruido, el austero virtuoso. Llegaron.Preguntar por el viejo, subir los nueve pisos, tirar del pelado cordón de su llamador y esperar, jadeando, en el descansillo, fue para nuestros embajadores cuestión de un segundo. 
    De pronto, todos se descubrieron: un hombre de aspecto venerable, con el rostro rodeado de plateados cabellos que caían en largos rizos sobre sus hombros, una cabeza a lo Béranger, un personaje de romanza, estaba en pie en el umbral y parecía invitar a los visitantes a penetrar en su santuario. ¡Era él! Entraron. 
    La ventana, enmarcada por plantas trepadoras, estaba abierta al cielo, en ese purpúreo momento del maravilloso crepúsculo. Los asientos eran escasos: la litera del profesor sustituyó, para los delegados de la Ópera, a las otomanas, a los poufs, que abundan demasiado a menudo en las casas de los músicos modernos. En los rincones se veían viejos chinescos; aquí y allá yacían varios álbumes cuyos títulos llamaban la atención. El primero era: ¡Primer amor!, melodía para chinesco solo, seguido de Variaciones brillantes sobre la Coral de Lutero, concierto para tres chinescos. Después, un septeto de chinescos (gran unisón), titulado LA CALMA. Luego una obra de juventud (un poco empañada de romanticismo): Danza nocturna de jóvenes Moriscos en la campiña de Granada, en el peor momento de la Inquisición, gran bolero para chinesco; finalmente, la obra del maestro: El Ocaso de un bello día, obertura para ciento cincuenta chinescos. Los platillos, muy emocionados, tomaron la palabra en nombre de la Academia nacional de Música. 
—¡Ah! dijo con amargura el viejo maestro—, ¿ahora se acuerdan de mi? Debería... Mi país ante todo. Señores, iré. Al haber insinuado el trombón que la partitura parecía difícil contestó el profesor tranquilizándolos con una sonrisa: 
—No importa. 
    Y tendiéndoles sus pálidas manos, curtidas en las dificultades de tan ingrato instrumento, dijo: 
—Hasta mañana, señores, a las ocho, en la Ópera. 
    Al día siguiente, en los pasillos, en las galerías, en la concha del inquieto apuntador, hubo una terrible emoción: se había propagado la noticia. Todos los músicos, sentados ante sus atriles, esperaban, con el arma en la mano. La partitura de la nueva música no tenía, ahora, sino un interés secundario. De repente, la puerta trasera dio paso al hombre de antaño. ¡Estaban dando las ocho! Ante el aspecto del representante de la antigua música, todos se pusieron en pie, rindiéndole homenaje como señal de posteridad. El patriarca llevaba en su brazo, cubierto con un humilde forro de sarga, el instrumento de los tiempos pasados, que tomaba, de ese modo, las proporciones de un símbolo. Tras atravesar por entre los atriles y encontrar, sin dudar, su camino, se sentó en su antiguo sitio, a la izquierda del tambor. Después de afianzar en su cabeza un gorro de lustrina negra y una visera sobre sus ojos, descubrió el chinesco y la obertura comenzó. 
    Pero, con los primeros compases y desde la primera mirada a la partitura, la serenidad del viejo virtuoso pareció ensombrecerse; en seguida, un angustioso sudor perló su frente. Se inclinó, como para leer mejor y, con el ceño fruncido, sus ojos pegados al manuscrito que hojeó enfebrecidamente, apenas respiraba... 
    ¿Era tan extraordinario, lo que el viejo leía, para turbarle de ese modo?¡En efecto! El maestro alemán, por unos celos tudescos, se había complacido, con aspereza germánica, con maldad rencorosa, en erizar la parte del Chinesco de dificultades casi insuperables. Se sucedían rápidas, ingeniosas, repentinas, ¡era un desafío! Juzguen ustedes: la partitura se componía, solamente, de silencios. Sin embargo, incluso para aquellas personas que no son del oficio, ¿qué hay más difícil de interpretar, para el Chinesco, que el silencio?... ¡Y era un CRESCENDO de silencios lo que tenía que interpretar el viejo artista! 
    Al ver eso se puso tieso; un movimiento febril se le escapó... Pero nada, en su instrumento, traicionó las emociones que le agitaban. No se movió ni una campanilla. ¡Ni un cascabel! Nada de nada. Se notaba que lo dominaba a fondo. ¡Él también era un maestro! Tocó. ¡Sin vacilar! Con un dominio, una seguridad, un brío, que llenó de admiración a toda la orquesta. Su interpretación, siempre sobria, pero llena de matices, era de un estilo tan matizado, de un acabado tan puro que, cosa extraña, por momentos, ¡parecía que se le oía! 
    Los bravos estaban a punto de estallar por todas partes cuando un inspirado furor se encendió en el alma clásica del viejo virtuoso. Con los ojos llenos de ira y agitando ruidosamente su instrumento vengador que parecía como un demonio suspendido sobre la orquesta: 
—Señores —vociferó el digno profesor—, ¡renuncio! No comprendo nada. ¡No se escribe una obertura para un solo! ¡yo no puedo tocar!, es demasiado difícil. ¡Protesto!, ¡en nombre del Sr. Clapisson! Aquí no hay melodía. ¡Es una cencerrada! ¡El Arte está perdido! Caemos en el vacío. 
    Y, fulminado por su propio delirio, cayó. 
    En su caída, agujereó el bombo y desapareció en su interior como cuando se desvanece una visión! 
    ¡Lástima!, él se llevaba, al sepultarse en los profundos flancos del monstruo, el secreto de los encantos de la antigua música

jueves, 13 de octubre de 2011

La Tortura de la Esperanza


La Tortura de la Esperanza
(La Torture par L'Esperance)
Villiers de L'Isle Adam

Hace ya muchos años, al caer una tarde, el venerable Pedro Arbuez D'Espila, sexto prior de los Dominicanos de Segovia, el tercer gran inquisidor de España, seguido por un fray redentor, y precedido por dos familiares de Su Santidad, el último llevando un farol, hicieron su entrada en una catacumba subterránea. La cerradura de una enorme puerta crujió, y ellos ingresaron en una celda, donde la luz mortecina revelaba entre anillos sujetados a la pared un potro de tormento manchado de sangre, un brasero y una botija de barro. Sobre una pila de paja, cargado con grilletes, y con su cuello circunvalado por un aro metálico, estaba sentado un hombre muy demacrado, de edad incierta, vestido solo con harapos.
Este prisionero no era otro que Rabbi Aser Abarbanel, un judío de Aragón, quien fuera acusado de usura e impiedad por los pobres, y que había sido sometido diariamente a torturas por más de un año. Aún "su ceguera era tan densa como su recato" y se negaba a abjurar de su fe.
Orgulloso de una ascendencia que databa de cientos de años, orgulloso de sus ancestros, todos judíos dignos de su nombre, él descendía según el Talmud, de Otoniel, y consecuentemente de Ipsiboa, esposa del último juez de Israel, una circunstancia que había acrecentado su coraje entre las incesantes torturas. Con lágrimas en sus ojos, el venerable Pedro Arbuez D'Espila, dirigiéndose al estremecido rabbi, le recomendó:
- Hijo mío, alégrate: tu proceso está por llegar a su fin. Si en la presencia de tal obstinación fui forzado a permitir, con profundo desagrado, el uso de gran severidad, mi tarea de fraternal corrección tiene sus límites. Tu eres la higuera que, habiendo fallado en muchas temporadas en dar sus frutos, al final se marchitó, pero solamente Dios puede juzgar tu alma. Tal vez, la Infinita Piedad brille sobre tí en el último momento. Nosotros así lo esperamos. Hay ejemplos. Entonces duerme bien por la noche. Mañana serás incluído en un auto de fe: esto es, serás expuesto al quemadero, las llamas simbólicas del Fuego Eterno: solo quema, mi hijo, a la distancia; y la Muerte tardará al menos dos (hasta tres) horas en venir, en cuenta de los vendajes húmedos y helados con los que envolvemos las cabezas y corazones de los condenados. Habrá otros cuarenta y tres contigo. Te ubicarás en la última fila, para que tengas tiempo de invocar a Dios y ofrecerle a Él tu bautismo de fuego, que será del Espíritu Santo.
Con estas palabras, habiendo señalado a los guardias para desencadenar al prisionero, el prior lo abrazó tiernamente. Entonces fue el turno del fray redentor, quien, en un tono bajo, por el perdón para el judío por el que se lo había hecho sufrir con el propósito de redimirlo; entonces los dos familiares silenciosamente lo besaron. Luego de esta ceremonia, el cautivo fue soltado, solitario y desconcertado, en la oscuridad.
Rabbi Aser Abarbanel, con labios emparchados y el rostro consumido por el sufrimiento, al principio se quedó mirando fijamente las puertas cerradas de su celda. ¿Cerradas? La palabra inconscientemente rozó un vago capricho en su mente, el capricho que había tenido por un instante al ver la luz de las linternas a través de una grieta entre la puerta y la pared. Una mórbida idea de esperanza, debido a la debilidad de su mente, se agitó en su entera humanidad. Él se arrastró a través de la extraña visión. Entonces, muy cautelosamente, deslizó un dedo en la hendidura, provocando la apertura de la puerta delante suyo. ¡Maravilloso! Por un extraordinario accidente el familiar que la cerró había girado la pesada llave de manera que el pestillo no había entrado en el hueco, y las puertas giraron sobre sus bisagras.
El Rabbi se aventuró con su mirada hacia afuera. Con la ayuda de un polvillo luminoso, él distinguió primeramente un semicírculo de paredes a través de las que se proyectaba una escalera; y opuesto a él, en la cima de seis peldaños de piedra, una especie de portal negro, que se abría a un inmenso corredor, cuyos primeros ángulos eran visibles desde abajo.
Esperanzado se arrastró hasta el umbral. Sí, era realmente un corredor, pero parecía interminable. Una anémica luz lo iluminaba: eran lámparas suspendidas desde el abovedado cielo raso que iluminaban a intervalos deslucido matiz del ambiente, la distancia era cubierta en sombras. No había una puerta en todo el pasillo. Unicamente, a un lado, el izquierdo, había pesadas troneras enrejadas, hundidos en las paredes, lo que dejaba pasar una luz que bien podía ser de la tarde. ¡Y qué terrible silencio! La vacilante esperanza del judío era tenaz ya que podría ser la última.
Sin dubitación, se aventuró en el pabellón, siempre bajo las troneras, tratando de convertirse a sí mismo en parte de la oscuridad de las paredes. Él avanzó lentamente, arrastrándose cuerpo a tierra, acallando los gritos de dolor cuando alguna herida abierta enviaba una aguda punzada a través de su cuerpo.
Súbitamente el sonido de unos pasos que se acercaban alcanzó su oído. Él tembló violentamente, y el miedo se reprimió, su vista se nubló. Bien, eso fue todo, no había duda. Se comprimió en un hueco, y medio muerto de miedo, esperó.
Era un familiar que venía apresurado. Él pasó velozmente, llevando en su mano fuertemente asido un instrumento de tortura, una espantosa figura, y luego desapareció. El pánico en que el rabbi entró pareció haber suspendido sus funciones vitales, y él estuvo cerca de una hora incapaz de moverse. Temiendo que las torturas se reiniciaran si era atrapado, pensó en regresar a su calabozo. Pero la vieja esperanza susurraba en su alma ese divino "tal vez" que nos consuela en las horas de peor dolor. Un milagro se había operado. Él no tenía que dudar ya más. Comenzó a reptar hacia su chance de escapar. Exausto por el sufrimiento y hambriento, estremecido del dolor, él se apuró a continuar. El sepulcral corredor pareció extenderse misteriosamente, mientras él, aún avanzando, miraba en la oscuridad en donde había más posibilidades de escape.
¡Oh, oh! Nuevamente escuchaba pasos, pero esta vez eran más lentos, más pesados. Las formas negra y blanca de dos inquisidores aparecieron, emergiendo de la oscuridad. Estaban conversando en tono bajo, y parecían discutir sobre algún asunto importante, ya que gesticulaban con vehemencia.
En vista de este espectáculo, Rabbi Aser Abarbanel cerró sus ojos; su corazón latía tan violentamente que casi lo estaba sofocando; sus harapos se humedecieron con el sudor frío de la agonía; él permaneció inmóvil pegado a la pared, su boca abierta, bajo los rayos de una lámpara, rezando al Dios de David.
Justamente enfrente a él, los dos inquisidores tomaron una pausa bajo la luz de la lámpara, indudablemente debido a algún accidente durante el curso de sus argumentaciones. Uno, mientras escuchaba a su compañero, contempló al rabbi. Y, bajo su vista, él se imaginó de nuevo sintiendo las ardientes tenazas quemando sus carnes, él era una vez más un hombre torturado. Desfalleciente, casi sin aliento, con párpados trémulos, él tembló al contacto con la sotana del monje. Pero, extrañamente aunque por un hecho natural, el vistazo del inquisidor no fue otro que el de un hombre evidentemente absorto en su conversación, fascinado por lo que estaba escuchando; sus ojos se clavaron y pareció mirar al judío sin llegar a verlo.
De hecho, luego del lapso de un par de minutos, las dos oscuras figuras lentamente siguieron su camino, aún conversando en tono bajo, hacia el mismo lugar del que el prisionero venía. Él no había sido visto. Entre la horrible confusión en la mente del rabbi, la idea se disparó en su cerebro: '¿Puedo estar muerto que ellos no llegan a verme?' Una horrible impresión lo atacó desde su letargo: mirando hacia la pared contra la cual su cara se pegó, él imaginó estar en presencia, dos feroces ojos que le miraban. Volvió su cabeza hacia atrás en un súbito frenesí de pavor, su cabello se encrespó. ¡Aún no! No. Su mano estuvo a tientas sobre las piedras: era el reflejo de los ojos del inquisidor, aún impresionados en su retina.
¡Adelante! Él tenía que apurarse hacia su ilusión de salvación, a través de la oscuridad, ya que estaba a unos treinta pasos de distancia. Él puso más velocidad a sus rodillas, sus manos, para poder verse a salvo de aquella pesadilla, y pronto entró en la porción de penumbra del terrible corredor.
Súbitamente el pobre miserable sintió una ráfaga de aire frío en las manos; venía desde bajo la pequeña puerta que estaba al final de las dos paredes.
Oh, Cielos, si esta puerta pudiera ser abierta. Todos los nervios del miserable cuerpo del fugitivo se tensaron en la esperanza. Examinó la puerta desde el piso hasta el marco superior, apenas era capaz de distinguir su contorno a pesar de la oscuridad reinante. Él pasó su mano sobre la puerta: no tenía cerradura, ¡no había cerradura! ¡Un picaporte! La empujó, el picaporte cedió a la presión de su pulgar: la puerta silenciosamente se abrió delante de él.
- ¡Halleluia! -murmuró el rabbi en una muestra de gratitud que, estando en el umbral, mientras contemplaba la escena delante de él.
La puerta se había abierto a un jardín, enmarcado en un cielo astrífero, ¡en primavera, libertad, vida! Se revelaban los campos vecinos, donde se dilataban las sierras, cuyas sinuosas líneas azules se recortaban contra el horizonte. ¡Por fin la libertad! ¡Oh, el escape! Él podría pasar toda la noche bajo los limoneros, cuyas fragancias lo embargaban. Una vez en las montañas estaría libre y seguro. Inhaló el delicioso aire; la briza lo revivió, sus pulmones se expandieron. Sintió en su corazón las Veniforas de Lázaro. Y para agradecer una vez más a Dios que le había otorgado su Gracia, él extendió sus brazos, elevando sus ojos al Cielo. ¡Fue un éxtasis de felicidad!
Entonces él imaginó que veía la sombra de sus brazos acercarse a sí, creyendo que estos oscuros brazos lo rodeaban, y como que era afectuosamente presionado contra el pecho de alguien. Una figura alta estaba frente a él. Él bajo sus ojos, y permaneció inmovil, jadeando para respirar, deslumbrado, con la vista fija, atontado por el terror.
¡Horror! Él estaba en el abrazo del Gran Inquisidor, el venerable Pedro Arbuez D'Espila, que lo contemplaba con ojos húmedos de lágrimas, como un buen pastor que ha encontrado a su oveja descarriada.
El oscuro sacerdote presionó al desventurado judío contra su corazón con enorme fervor, con un arranque de amor, que el filo de la toga friccionó el pecho del domínico. Y mientras Aser Abarbanel con ojos desorbitados gemía en agonía del abrazo del místico, vagamente comprendió que todas las fases de su fatal tarde fueron únicamente parte de una tortura premeditada, la de la Esperanza. El Gran Inquisidor, con un acento de reprobación y una mirada de consternación, murmuró en su oído, su respiración árida y ardiente de un largo ayuno:
- ¡Qué, hijo mío! En la víspera, probablemente, de tu salvación, deseas dejarnos?

Flores de las Tinieblas

Flores de las Tinieblas
(Fleurs de Ténèbres-1883)
Villiers de L'Isle-Adam

¡Oh, los bellos atardeceres! Ante los brillantes cafés de los bulevares, en las terrazas de las horchaterías de moda, ¿qué de mujeres con trajes multicolores, qué de elegantes "callejeras" dándose tono!
Y he aquí las pequeñas vendedoras de flores, que circulen con sus frágiles canastillas.
Las bellas desocupadas aceptan esas flores perecederas, sobrecogidas, misteriosas...
- ¿Misteriosas?
- ¡Sí, si las hay!
Existe, - sabedlo, sonrientes lectoras -, existe en el mismo París cierta agencia que se entiende con varios conductores de los entierros de lujo, incluso con enterradores, para despojar a los difuntos de la mañana, no dejando que se marchiten inútilmente en las sepulturas todos esos espléndidos ramos de flores, esas coronas, esas rosas que, por centenares, el amor filial o conyugal coloca diariamente en los catafalcos.
Estas flores casi siempre quedan olvidadas después de las fúnebres ceremonias. No se piensa más en ello; se tiene prisa por volver. ¡Se concibe!
Es entonces cuando nuestros amables enterradores se muestran más alegres. ¡No olvidan las flores estos señores! No están en las nubes; son gente práctica. Las quitan a brazadas, en silencio. Arrojarlas apresuradamente por encima del muro, sobre un carretón propicio, es para ellos cosa de un instante.
Dos o tres de los más avispados y espabilados transportan la preciosa carga a unos floristas amigos, quienes gracias a sus manos de hada, distribuyen de mil maneras, en ramitos de corpiño, de mano, en rosas aisladas inclusive, estos melancólicos despojos.
Llegan luego las pequeñas floristas nocturnas, cada una con su cestita. Pronto circulan incesantemente, a las primeras luces de los reverberos, por los bulevares, por las terrazas brillantes, por los mil un sitios de placer.
Y jóvenes aburridos y deseosos de hacerse agradables a las elegantes, hacia las cuales sienten alguna inclinación, compran estas flores a elevados precios y las ofrecen a sus damas.
Estas, todas con rostros empolvados, las aceptan con una sonrisa indiferente y las conservan en la mano, o bien las colocan en sus corpiños.
Y los reflejos del gas empalidecen los rostros.
De suerte que estas criaturas-espectros, adornadas así con flores de la Muerte, llevan, sin saberlo, el emblema del amor que ellas dieron y el amor que reciben.