.

Mostrando entradas con la etiqueta AUGUST DERLETH. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta AUGUST DERLETH. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de marzo de 2013

LA SOMBRA FUERA DEL ESPACIO - H. P. Lovecraft y August Derleth




LA SOMBRA FUERA DEL ESPACIO
H. P. Lovecraft y August Derleth

Si hay algo que nos salva en este mundo... es la incapacidad de la mente humana para correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una isla de ignorancia en medio de los mares negros del infinito, y no estamos hechos para viajar lejos...

1
Si es cierto que el hombre vive siempre al borde de un abismo, entonces casi todos los hombres deben experimentar momentos de algo que llamaríamos nivel precognoscitivo, cuando las vastas e imperceptibles profundidades que existen siempre bordeando el pequeño mundo del hombre se convierten por un momento en tangibles, cuando el terrible pozo de conocimientos sin frontera, que incluso las mentes más brillantes sólo han vislumbrado, asume una apariencia borrosa capaz de llenar de terror al corazón más duro. ¿Conoce algún ser viviente los verdaderos orígenes de la humanidad? ¿O el lugar que al hombre le corresponde en el universo? ¿Sabe si el hombre está destinado al ignominioso final de un gusano?
Hay terrores que caminan por los pasillos de los sueños cada noche, que embrujan el mundo de los sueños, terrores que pueden relacionarse con los aspectos más mundanos de la vida cotidiana. Cada vez estoy más convencido de la existencia de un mundo fuera de éste en que estamos, lindante con él pero quizá completamente alucinatorio. Sin embargo, no ha sido siempre así. No fue así hasta que conocí a Amos Piper.
Mi nombre es Nathaniel Corey. He practicado el psicoanálisis durante más de cincuenta años. Soy autor de un libro y de varias monografías publicadas en periódicos dedicados a ese tipo de conocimientos. Practiqué durante muchos años en Boston, después de haber estudiado en Viena, y hace diez años, en el semirretiro, me trasladé a la ciudad universitaria de Arkham, en el mismo Estado. Me había ganado, con mi trabajo, una reputación de persona seria e íntegra, que me temo ponga en duda este relato. Aunque espero que ofrezca una conclusión bien distinta.
Es un firme presentimiento el que me lleva por fin a dejar testimonio de lo que ha sido quizá el problema más interesante y provocativo con que me he encontrado en todos estos años de práctica. No acostumbro a hacer observaciones públicas acerca de mis pacientes, pero me veo obligado a ello dadas las circunstancias peculiares que se dieron en el caso de Amos Piper: a través de ellas se plantean ciertos puntos que, a la luz de otros, sin relación aparente, podrían adquirir más relieve de lo que en principio presumí. Hay poderes
de la mente que permanecen en las tinieblas, y quizá también poderes de las tinieblas que van más allá de la mente: no me refiero a brujas, a fantasmas o a duendes, ni a cualquier otra invención creada por civilizaciones primitivas, sino a poderes infinitamente más vastos y terribles que cualquier concepto humano.
El nombre de Amos Piper no será desconocido para mucha gente, especialmente para aquellos que recuerden la publicación de investigaciones antropológicas que llevan su nombre, hará cosa de unos diez años, más o menos. Le conocí por primera vez cuando su hermana, Abigail, le trajo a mi consulta un día de 1933. Era un hombre alto, que parecía haber sido grueso: sobre su cuerpo huesudo colgaban las ropas como si hubiese perdido mucho peso en un tiempo relativamente corto. Este parecía ser el problema: al primer vistazo, Piper necesitaba más la ayuda de un médico que de un psicoanalista, pero su hermana explicó que había acudido a los mejores especialistas y todos le habían indicado que su problema era esencialmente mental y se escapaba a sus facultades terapéuticas. A la señorita Piper le había sido recomendado por varios colegas, y también algunos compañeros de Piper en la facultad de la Universidad de Miskatonic, habían insistido en esa recomendación emanada del consejo médico que le había atendido. La suma de estas razones fue la que les condujo a pedirme una cita.
La señorita Piper me adelantó el problema de su hermano, mientras él descansaba en una habitación contigua a la consulta. Expuso el fondo del problema con admirable concisión... Piper parecía ser víctima de terribles alucinaciones, visiones que se apoderaban de él cada vez que cerraba los ojos o bajaba los párpados, mientras estaba despierto, y en sueños, mientras dormía. No dormía, sin embargo, desde hacía tres semanas. En ese tiempo había perdido tanto peso que a ambos les alarmaba su estado. Como preámbulo, la señorita Piper señaló que su hermano había sufrido un colapso nervioso tres años antes en un teatro; este colapso había durado tanto que hasta este último mes Piper no había vuelto a ser la misma persona. Su más reciente obsesión —si de una obsesión se trataba— se había manifestado una semana después de volver a su estado normal; según la señorita Piper, podía haber alguna relación lógica entre el estado en que se encontraba después del colapso y estas nuevas obsesiones, tras una corta etapa de normalidad. Las drogas habían demostrado su eficacia para inducirle a dormir, pero aun así no habían eliminado los sueños, que al parecer eran de una naturaleza espantosa, tanto que el doctor Piper era reacio a hablar de ellos.
La señorita Piper contestaba con franqueza a las preguntas que yo le hacía, pero revelaba falta de conocimiento acerca de la verdadera situación de su hermano. Me aseguró que en ningún momento había dado muestras de espíritu agresivo, pero que andaba distraído con frecuencia y establecía entre él y el mundo en que vivía una clara línea de separación, como si viviese encerrado en un caparazón que le aislase de ese mundo.
La señorita Piper se marchó, y yo me puse a examinar a mi paciente. Le vi sentado junto a mi escritorio con los ojos muy abiertos a costa de un gran esfuerzo, pues el globo del ojo estaba inyectado en sangre, y el iris parecía estar
nublado. Se le notaba agotado, y empezó a excusarse en seguida por estar allí, explicando que su hermana había insistido y tomado la determinación sin permitirle otra opción que ceder. Lo había hecho para complacer a su hermana, ya que él era consciente de que su caso no tenía remedio.
Le dije que la señorita Abigail había hablado a grandes rasgos de su problema, e intenté calmarle los ánimos. Le hablé en un tono consolador y en términos generales. Piper escuchó con paciencia y respeto. Aparentemente cedía ante mi modo natural, reconfortante, con que pretendía siempre inspirar confianza, y cuando por fin le pregunté por qué no cerraba los ojos, me contestó sin titubear, y con sinceridad, que tenía miedo a hacerlo.
—¿Por qué? ¿Puede decir por qué?
Recuerdo su respuesta.
—En cuanto cierro los ojos aparecen en mi retina extrañas figuras geométricas y diseños, junto con tenues luces y formas de lo más siniestras, parecidas a unas enormes criaturas inimaginables por un hombre; y lo más terrible de ellas es que son criaturas inteligentes e inconmensurablemente desconocidas.
Le pedí que intentase describir a estos seres. Tropezaba con dificultades para hacerlo. Sus descripciones eran vagas, pero asombraba lo que sugerían. Ninguno de estos seres parecía estar claramente formado, excepto algunos conos rugosos, que tanto podían ser de origen vegetal como animal. Hablaba con una convicción rotunda, y me describía con esfuerzo aquellas sorprendentes criaturas con las que soñaba tan intensamente. Me chocó la intensidad de su imaginación. ¿Quizá existía un nexo entre esas visiones y la larga enfermedad que había sufrido? Parecía poco dispuesto a hablar de esto, pero al cabo de un rato lo hizo, algo inseguro, en un lenguaje inconexo. Era a mí a quien correspondía unir las piezas de los acontecimientos que me relataba.
La historia comenzó cuando tenía cuarenta y nueve años. Fue entonces cuando sobrevino su enfermedad. Estaba asistiendo a una representación de La carta de Maugham, cuando, a mitad del segundo acto, se desmayó. Le llevaron a la oficina del empresario y se esforzaron por reanimarle. Fue inútil y al fin le trasladaron a su casa en una ambulancia de la policía. De nuevo los médicos estuvieron un buen rato intentando reanimarle. Fracasaron en su intento y Piper fue hospitalizado. Estuvo en estado de coma durante tres días, transcurridos los cuales recobró el conocimiento.
Se observó de inmediato que ya no era «el mismo». Su personalidad había sufrido un profundo desequilibrio. Se creyó al principio que había sido víctima de un ataque de algún tipo, pero al no apreciarse síntomas que lo corroboraran, esta tesis hubo de ser abandonada. Tan profundo era el achaque que incluso algunas elementales actividades del ser humano las realizaba él con extrema dificultad. Por ejemplo, en seguida se apreció que tenía dificultad para coger objetos; sin embargo, físicamente no tenía ningún defecto y sus articulaciones funcionaban normalmente. Sus intentos de agarrar algún objeto hacían pensar en la maniobra ejecutada por una criatura sin dedos; o sea, que apartaba los dedos y el pulgar como si formaran una pinza rígida, en un movimiento que hacía pensar más en las
garras de un animal que en el movimiento de una mano humana. No era este el único aspecto sorprendente de su «recuperación». Tuvo que aprender a caminar otra vez, pues parecía avanzar como si careciera de capacidad motriz. Le fue también extraordinariamente difícil aprender a hablar: sus primeros intentos los hizo con las manos, como si fuesen garras que intentasen coger objetos; al mismo tiempo emitía curiosos sonidos, como silbidos, cuya falta de significado le irritaba. Pero su inteligencia no parecía haber sufrido ningún daño, pues en menos de una semana dominaba todos los actos vulgares que componen la vida cotidiana de un hombre.
Pero si bien su inteligencia no se había visto afectada, se había borrado cuanto componía el pasado de su propia vida. No había reconocido a su hermana, ni a ninguno de sus compañeros de Facultad y miembros del cuerpo docente de la Universidad de Miskatonic. Decía no saber nada de Arkham, Massachusetts, y poca cosa de los Estados Unidos. Fue necesario enseñarle todo esto otra vez. Necesitó poco tiempo —menos de un mes— para asimilar cuanto se le puso delante. Redescubrió el conocimiento humano en un tiempo sorprendentemente corto, y demostró una memoria excepcional, pues asimiló con exactitud todo lo que se le dijo y todo lo que leyó. Con el cambio —una vez completado el adoctrinamiento— se puso de manifiesto durante su enfermedad que la parte de su cerebro que alojaba la memoria era infinitamente más valiosa que antes.
Fue después de hacer todos estos ajustes a su nueva situación cuando Piper comenzó a actuar de una forma que él mismo denomina «inexplicable». Obtuvo una excedencia por tiempo indefinido de la Universidad de Miskatonic, y comenzó a viajar extensamente. Pero no le quedaba ningún recuerdo directo o personal de estos viajes cuando me visitó en la consulta, o de ningún momento tras su «recuperación», durante la enfermedad que había sufrido durante tres años. No había nada en su relato de estos viajes que se pareciese a un recuerdo; y tampoco era capaz de decir lo que había hecho durante los mismos: esto era algo extraordinario, si se pensaba en la fabulosa memoria que demostró durante su enfermedad. Le habían dicho cuando se «recuperó» que había ido a extraños y lejanos lugares del mundo —el Desierto Arábigo, las extensiones de Mongolia, el Círculo Ártico, las Islas de Polinesia, las Marquesas y el antiguo país Inca del Perú. No recordaba en absoluto lo que había hecho allí, ni tampoco había nada en su equipaje que probase sus recorridos, excepto uno o dos curiosos trozos de piedra cubiertos de lo que podría ser escritura jeroglífica antigua, adecuados para formar parte de la colección de un turista.
Cuando no estaba ocupado en estos viajes extraños, pasaba su tiempo leyendo, con inconcebible rapidez, en las grandes bibliotecas del mundo. Su recorrido le había llevado desde la biblioteca de la Universidad de Miskatonic en Arkham —muy conocida por sus manuscritos y libros prohibidos, acumulados a lo largo de siglos, a partir de los tiempos coloniales—, hasta El Cairo. Pero la mayor parte del tiempo lo había pasado en el Museo Británico de Londres y en la Biblioteca Nacional de París. Había consultado innumerables bibliotecas privadas, cuando se lo permitían sus dueños.
De todas formas, los datos que había comprobado durante su breve semana de «normalidad» —usando de todos los medios disponibles: cables, telegrama, radio, a causa de la urgencia, decía— demostraban que había leído, devorado, mejor dicho, ciertos libros muy antiguos que antes de caer enfermo desconocía por completo o conocía únicamente a través de las más vagas referencias. Estos libros, relacionados con remotas sabidurías, eran Los Manuscritos Pnakóticos, el Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred, los Unaussprechlichen Kulten de von Juntz, los Cultes des Goules del conde d'Erlette, De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn, el Texto de R’lyeh, los Siete libros Crípticos de Hsan, los Cánticos de Dhol; el Liber Ivonis; los Fragmentos de Celaeno y muchos otros similares, alguno de los cuales existían sólo en forma fragmentaria, esparcidos por toda la superficie de la tierra. Por supuesto, había también otros de historia, pero de acuerdo con las fichas de retirada, las lecturas de Piper habían comenzado siempre con libros de leyendas o que trataban de cuestiones sobrenaturales. A partir de ahí seguía sus estudios de historia y antropología, en progresión directa, como si Piper asumiese que la historia de la humanidad había empezado, no en los tiempos antiguos, sino en un mundo increíblemente viejo, que ya existía antes de que el hombre midiese el tiempo según lo conocen los historiadores, y del que se habla en algunos temibles libros de ciencias ocultas.
También se sabía que había tenido contactos con otras personas a las que no conocía previamente, pero que al encontrarse, en el lugar que fuese, parecían tenerlo todo preparado; personas unidas por los mismos propósitos, relacionadas con investigaciones macabras, o miembros del cuerpo profesoral de alguna Universidad o escuela. Siempre existían puntos comunes entre ellos, según dedujo Piper en sus averiguaciones telefónicas intercontinentales, tras haber encontrado entre sus papeles, cuando volvió a la normalidad, algunos mensajes. Todos y cada uno habían sufrido un idéntico o muy similar estado de postración al que había pasado Piper a partir de la noche del teatro.
Aunque esta forma de actuar no tenía nada que ver con la vida de Piper antes de su enfermedad, una vez adoptada se mantuvo bastante consistente durante todo el tiempo en que estuvo enfermo. Los extraños e inexplicables viajes que había hecho poco después de haberse acostumbrado de nuevo, tras su «recuperación», a vivir entre sus colegas y familiares, habían continuado durante los tres años en que no había sido «el mismo». Dos meses en Ponapé, un mes en Angkor-Vat, tres meses en las tierras antárticas, una conferencia con un colega experimentado en París, y cortos períodos en Arkham entre un viaje y otro. Este era el patrón de su vida; de esta forma pasó los tres años anteriores a su completo restablecimiento. Este período había sido seguido por otro de profundo desequilibrio, que no permitía a Amos Piper conservar la memoria de lo que había hecho en esos tres años, y le esclavizaba el terror de no cerrar los ojos para no ver aquello que sugería a su mente subconsciente algo espantoso y aterrador, ligado estrechamente a sus sueños.

2
Al cabo de tres visitas, logré convencer a Amos Piper para que me contase algún fragmento de sus extraños y gráficos sueños, esas aventuras nocturnas de su subconsciente que le torturaban. Se parecían mucho unos a otros en esencia: no existía una fase de transición entre el momento de estar despierto y el momento de estar dormido. Pero, a la luz de la enfermedad de Piper, eran desafiadoramente significativos. El más común de ellos repetía un lugar; esto, con algunas variaciones, ocurría repetidamente en la secuencia que Piper me expuso. Reproduzco aquí su propio relato del sueño que se repetía:
«Yo era un erudito que trabajaba en la biblioteca de un edificio colosal. La habitación en la que estaba sentado, y en la que transcribía algo de un libro escrito en un idioma que no era el inglés, era tan grande que las mesas tenían la altura de una habitación normal. Las paredes no eran de madera, sino de basalto, y los estantes que cubrían las paredes eran de una clase de madera negra que no conocía. Los libros no estaban impresos, sino totalmente holografiados, algunos escritos en el mismo extraño idioma en que yo escribía. Pero había algunos idiomas que podía reconocer —este reconocimiento, sin embargo, se remontaba a ancestrales recuerdos—, sánscrito, griego, latín, francés, incluso inglés, pero un inglés muy mezclado, desde el inglés de Piers Plowman hasta el de hoy. Las mesas aparecían iluminadas por grandes globos de cristal, unidos a extrañas máquinas hechas de tubos de vidrio y barras de metal, sin cables que las conectasen.
»Aparte de los libros en los estantes, el lugar daba la impresión de un austero vacío. En la piedra se veían extraños grabados, todos ellos dibujos matemáticos curvilíneos, junto con inscripciones en la misma escritura jeroglífica estampada en los libros. La mampostería era megalítica: en bloques convexos se encajaban las hiladas cóncavas que descansaban en ellos; se elevaban de un suelo compuesto por grandes losas octogonales de un basalto similar al de las paredes. Nada había colgado en ellas, y nada decoraba los suelos. Las estanterías iban desde el suelo hasta el techo, y entre las paredes solamente había las mesas en las que trabajábamos de pie, pues no había nada ante nuestra vista que se pareciese a una silla, ni tampoco sentía necesidad de sentarme.
»Durante el día podía mirar afuera, a un vasto bosque de árboles como helechos. Durante la noche podía mirar las estrellas, pero no reconocía ninguna: ni una sola constelación de esos cielos se parecía siquiera remotamente a las estrellas familiares, a las acompañantes nocturnas de la tierra. Esto me llenaba de terror, pues sabía que estaba en un lugar muy extraño, alejado de los lugares terrestres que había conocido y que ahora aparecían como recuerdos de una existencia increíblemente lejana. Tenía conciencia de que formaba parte integral de aquel mundo y a la vez de que no tenía nada que ver con él; era como si una parte de mí perteneciese a este medio y otra parte no. Estaba muy aturdido, y en especial me confundía darme cuenta de que estaba escribiendo una historia de la tierra de un tiempo que me parecía haber vivido, es decir, del siglo XX. Estaba transcribiéndolo en sus detalles más nimios, como si fuese para estudiarla, pero no sabía con qué propósito. Quizá para añadir una opresora acumulación de saber
a todo el saber que se concentraba en los innumerables libros de la habitación en que estaba, y en las habitaciones que la rodeaban, ya que el edificio entero al que pertenecía esta habitación era un gran almacén del saber. Tampoco era el único: por las conversaciones oídas en torno a mí, sabía que había otros más lejanos, y que en ellos había otros escribanos como nosotros, con tareas similares, y que el trabajo que realizábamos era vital para el retorno de la Gran Raza —raza a la que pertenecíamos— a los lugares de los universos donde una vez, hacía mucho, estuvo nuestro hogar, hasta que la guerra con los Primordiales nos obligó a huir.
»Trabajaba siempre con mucho miedo. Todo me inspiraba terror. Tenía miedo de mirarme a mí mismo. Tenía omnipresentemente un miedo terrorífico a un extraño descubrimiento intrínseco en la más fugaz ojeada a mi cuerpo, derivado de la convicción de que me había mirado con anterioridad y me había asustado profundamente al verme. Quizá tenía miedo de ser como los demás, puesto que mis compañeros, que me rodeaban, eran todos iguales. Aparentaban grandes conos de un material rugoso, como la estructura de un vegetal; medían más de diez pies de alto; su cabeza, así como sus manos, en forma de garras, estaban unidas a unas anchas extremidades que salían del vértice del cono. Caminaban merced a la expansión y contracción de la capa viscosa que formaba su base, y aunque no hablaban un lenguaje reconocible, podía entender los sonidos que emitían, pues, en mi sueño, me sabía instruido en ese idioma desde el momento en que llegué a aquel lugar. No hablaban con algo parecido a una voz humana, ni yo tampoco, sino con una extraña combinación de silbidos y golpes y rasguños de las grandes garras con que finalizaban sus cuatro extremidades enraizadas en lo que supuestamente podían ser sus cuellos, aunque esa parte de sus cuerpos no se veía.
»Parte de mi miedo sobrevino al entender ligeramente que era un prisionero dentro de un prisionero, que aun cuando estaba preso dentro de un cuerpo similar a los que me rodeaban, este cuerpo estaba, a su vez, preso dentro de la gran biblioteca. Buscaba en vano cosas que me fueran familiares. Nada de lo que allí había me recordaba a la Tierra que había conocido desde la niñez, y todo indicaba que nos encontrábamos en un punto lejano del espacio. Comprendía que todos mis compañeros eran también cautivos de alguna forma, aunque algunos hacían el oficio de guardianes. Muy similares a los otros en forma, tenían un cierto aire de autoridad, y caminaban entre nosotros muchas veces para ayudarnos. Estos guardianes no amenazaban, sino que se comportaban de un modo cortés y a la vez firme.
»Aunque nuestros guardianes no tenían por qué hablarnos, uno de ellos actuaba sin ningún género de restricciones. Era evidentemente el instructor; se movía entre nosotros con más soltura que los demás y me di cuenta que incluso los otros guardianes eran diferentes a él. Esto no se debía exclusivamente al hecho de que fuera instructor, sino también a que le sabían condenado a muerte, porque la Gran Raza no estaba aún preparada para moverse y el cuerpo en que habitaba estaba destinado a morir antes de que tuviese lugar la migración. Había conocido a otros hombres, y tenía la costumbre de detenerse ante mi mesa: al principio sólo me decía unas palabras para darme ánimo, y más tarde hablaba durante largos ratos.
»Por él supe que la Gran Raza había existido en la Tierra y en otros planetas de nuestro universo, así como de otros universos, billones de años antes de que se escribiese la historia. Los conos rugosos que les daban la apariencia actual los habían ocupado hacía sólo algunos siglos, y estaban lejos de ser su propia forma, que se asemejaba más a un rayo de luz, pues eran una raza de mentes libres, capaces de invadir cualquier cuerpo y de desplazar la mente que lo habitaba anteriormente. Habían habitado la Tierra hasta que se vieron envueltos en la titánica batalla entre los Dioses Arquetípicos y los Primordiales por la dominación del cosmos. De aquella batalla, según me dijo, se derivaba la explicación del Mito Cristiano para la humanidad, pues las mentes simples de los hombres primitivos habían concebido sus recuerdos ancestrales como una batalla entre el Bien y el Mal. Desde la Tierra, la Gran Raza escapó al espacio, en un principio al planeta Júpiter, y luego más lejos, a esa estrella en la que ahora se encontraban, una estrella oscura de Tauro, donde se quedaron a esperar la siempre pendiente invasión de la región del Lago de Hali, que era el lugar del destierro de Hastur —uno de los Primordiales— después de la derrota de los Primordiales por los Dioses Arquetípicos. Pero ahora su estrella agonizaba, y se estaban preparando para una migración masiva a otra estrella, ya fuese hacia adelante o hacia atrás en el tiempo, y para ocupar los cuerpos de otras criaturas de vida mas larga que los conos rugosos donde ahora se alojaban.
»La preparación consistía en el desplazamiento de mentes a criaturas que existían en varias épocas y en muchos lugares del universo. Había entre mis compañeros, afirmó, no sólo hombres-árboles de Venus, sino también miembros de la raza medio vegetal de la Antártica paleógena; no sólo representantes de la gran raza Inca del Perú, sino también miembros de la raza de hombres que vivirían la era post-atómica de la Tierra, horriblemente alterados por las mutaciones causadas por el desprendimiento de materiales radioactivos de las bombas de hidrógeno y cobalto de las guerras atómicas; no sólo seres como hormigas de Marte, sino también hombres de la antigua Roma, y hombres de un mundo de cincuenta mil años después. Había muchos más, de todas las razas, de todos los tipos de vida, de mundos que conocía y de mundos separados de mi tiempo por miles y miles de años. Era así porque la Gran Raza podía viajar cuando lo deseaba en el tiempo y en el espacio. Los conos rugosos que ahora constituían su cuerpo no eran sino un hábitat temporal, más breve que la mayoría de los que habían ocupado. Y el lugar en el cual desarrollaban ahora sus investigaciones, llenando sus archivos con la historia de la vida en todos los tiempos y en todos los lugares, era para ellos una esporádica residencia hasta emprender una existencia nueva y más duradera en otro lugar, en otra forma, en algún otro mundo.
»Todos los que trabajábamos en la gran biblioteca les ayudábamos a recopilar datos, puesto que cada uno de nosotros escribía la historia de su propio tiempo. Con el envío de sus miembros al vacío sideral, la Gran Raza podía ver por sí misma cómo era la vida en otros tiempos y lugares, y conocerla a través de los seres que en ese determinado momento vivían allí, porque de éstos eran las mentes que habían sido enviadas para ocupar el lugar de los miembros ausentes de la Gran Raza, hasta el momento en que se hallasen preparados para volver. La
Gran Raza había construido una máquina para ayudarles en sus vuelos a través del tiempo y del espacio, pero no una de esas máquinas que puede imaginarse la humanidad, sino una que funcionaba en un cuerpo para separar y proyectar la mente; y cada vez que intentaba un viaje hacia adelante o hacia atrás en el tiempo, el viajero se sometía a la máquina y el viaje proyectado se realizaba. Así se trasladaban, sin traba alguna, a dondequiera que dirigieran sus migraciones en masa; todo lo accesorio, los aviones, los inventos, incluso la gran biblioteca, se dejaría atrás; la Gran Raza empezaría a construir su civilización, siempre esperando escapar de la destrucción que vendría cuando los Primordiales —el Gran Hastur, el Inefable, y Cthulhu que yace en las profundidades del agua, y Nyarlathotep el Mensajero, y Azathoth y Yog-Sothoth y toda su terrible progenie— escapasen a sus ataduras y se enzarzasen otra vez en una titánica batalla con los Dioses Arquetípicos en sus remotas fortalezas entre las estrellas distantes.»
Este era el sueño más corriente de Piper. De hecho, era probable que no se tratase de un sueño seguido, en el sentido de que se desarrollase en la misma ocasión, sino de uno que se repetía con detalles añadidos, hasta llegar a la versión final que había expuesto y que a él le parecía un mismo sueño repetido, cuando en realidad había sido una acumulación de diversas situaciones. Su forma de actuar en su breve período de «normalidad» en relación con su sueño era clara, pues representaba el reverso de la realidad: en la vida él imitaba las acciones de lo que posteriormente describió como conos rugosos, que habitaban sueños que luego se convertían en realidad. El orden tenía que ser, normalmente, el contrario; si sus acciones —sus intentos de agarrar objetos como si tuviese garras, y de hablar con las manos, y demás— hubiesen tenido lugar después de estos intensos sueños, la progresión normal habría podido ser observada. Era significativo que no hubiese ocurrido de esta forma.
Un segundo sueño parecía ser una simple continuación del primero. De nuevo Piper se encontraba trabajando en la alta mesa de la gran biblioteca, sin poder sentarse, ya que no había sillas, y además la forma de cono rugoso no permitía estar sentado. De nuevo el instructor que iba a morir se había parado a hablar con él, y Piper le había preguntado acerca de la vida de la Gran Raza.
«Le pregunté que cómo podía esperar la Gran Raza mantener sus planes en secreto, si reemplazaba a las mentes que se habían desplazado a otro lugar. Dijo que se conseguiría de dos formas. Primero, todo rastro de recuerdo de este sitio sería cuidadosamente borrado antes de que cualquiera de las mentes desplazadas regresase, bien fuese enviada hacia atrás o hacia adelante en el espacio y en el tiempo. Segundo, si quedase alguna señal, resultaría ser tan difusa e inconexa que carecería de sentido. Cualquier reconstrucción sería tan increíble para los demás, que la considerarían un invento de la imaginación, o incluso una enfermedad.
»Continuó diciéndome que a las mentes de la Gran Raza se les autorizaba para que eligiesen su hábitat. No se les enviaba fortuitamente a ocupar la primera «vivienda» con la que tropezaban, sino que tenían el poder de elegir entre las criaturas que divisaban aquella que deseaban ocupar. La mente desplazada era trasladada al lugar actual de residencia de la Gran Raza, mientras que el miembro
de la raza se adaptaba a la vida de la civilización a la que había ido hasta encontrar los rastros de la vieja cultura que había culminado en el gran levantamiento entre los Dioses Arquetípicos y los Primordiales. Incluso tras el regreso, cuando la Gran Raza había aprendido cuanto deseaba acerca de la forma de vida y los puntos de contacto con los Primordiales —particularmente con sus servidores, que podrían oponerse a la Gran Raza, amante de la paz y de la soledad, y más allegada a los Dioses Arquetípicos que a los Primordiales—, en ocasiones se enviaban mentes para asegurarse de que las mentes desplazadas habían quedado limpias de todo recuerdo, o para emprender un nuevo desplazamiento, caso de que no hubiera sido así.
»Me llevó a las habitaciones subterráneas de la gran biblioteca. Había libros por todas partes, todos holografiados. Grupos de ellos estaban empaquetados en cámaras rectangulares alineadas, labradas en un desconocido metal brillante. Los archivos se ordenaban según las formas de vida, y tomé nota del hecho de que los conos rugosos de la estrella negra estaban considerados como superiores al hombre, puesto que el hombre no aparecía muy separado de los reptiles, que inmediatamente le precedían en la tierra. Cuando le interrogué acerca de esto, el instructor respondió que estaba en lo cierto. Explicó que el contacto con la Tierra sólo se mantenía porque en su día había sido el centro de las batallas entre los Dioses Arquetípicos y los Primordiales, y los servidores de estos últimos vivían allí, desconocidos para la mayoría de los hombres: los Profundos en las profundidades del océano, los batracios de Polinesia y área de Innsmouth en Massachusetts, el temible Pueblo Tcho-Tcho del Tíbet, los Shantaks de Kadath en el Desierto de Hielo, y muchos otros, y quién sabe si ahora resultaría necesario para la Gran Raza regresar otra vez al planeta verde que había sido su primer hogar. Me dijo que ayer mismo —un tiempo que parecía infinitamente largo, pues la duración de los días y las noches allí era equivalente a una semana en la Tierra— había regresado una de las mentes de Marte y comunicado que el planeta estaba tan cerca de la muerte, o más, que su propia estrella, y que se había perdido, por tanto, otra de las alternativas.
»De este subterráneo me llevó a la parte de arriba del edificio. Era una gran torre con una cúpula de una sustancia como el cristal, a través de la cual podía mirar el paisaje exterior. El bosque de helechos que había visto era de hojas verdes secas, no frescas, y lejos del borde del bosque se extendía un gran desierto interminable que descendía a un oscuro golfo: la cuenca ya seca de un gran océano, según explicó mi guía. La estrella negra había entrado en la órbita mas alejada de una nova y ahora moría lenta e implacablemente. ¡Qué extraño parecía el paisaje! Los árboles se veían enanos en comparación con los grandes edificios de piedras megalíticas desde donde los contemplábamos; ningún pájaro volaba por el cielo gris; no había ninguna nube, ni niebla en el abismo; y la luz del lejano sol que iluminaba la estrella negra venía indirectamente del espacio, de modo que el paisaje estaba siempre bañado en una irrealidad gris.
»Me estremecí al mirar.»
Los sueños de Piper aparecían cada vez más inmersos en el terror. Este miedo se materializaba en dos planos: uno que le ataba a la Tierra, y otro a la
estrella negra. Había pocas variaciones. Un segundo tema, que se produjo dos o tres veces en una misma secuencia, era que se le permitía acompañar al guardián instructor a un curioso cuarto circular, que debía estar en la parte baja de la colosal torre. En cada uno de esos casos, uno de los conos rugosos se hallaba tendido en una mesa entre cúpulas de resplandeciente cristal de una máquina que emitía una luz intermitente, como si se tratase de una especie de electricidad, aunque, al igual que las lámparas de las mesas de trabajo, no había cables que fuesen hacia ellas o saliesen de ellas.
A medida que aumentaban las vibraciones de la luz y la intensidad de su brillo, el cono rugoso que estaba en la mesa entraba en estado de coma, y permanecía así por un tiempo, hasta que la luz oscilaba y el zumbido de la máquina se detenía. Entonces el cono volvía a la vida otra vez, e inmediatamente empezaba a emitir un torrente de silbidos y sonidos. La escena no variaba. Piper comprendía lo que decían, y creía que lo que presenciaba cada vez era el regreso de una mente perteneciente a la Gran Raza, y el envío de la mente desplazada que había ocupado el cono rugoso en su ausencia. La sustancia de la rápida charla del cono revivido era siempre muy similar: venía a ser un resumen de la estancia de la gran mente lejos de la estrella negra. En una ocasión la gran mente había venido de Inglaterra después de una estancia de cinco años como antropólogo inglés, y pretendía haber visto los lugares en que los sicarios de los Primordiales aguardaban. Algunos habían sido parcialmente destruidos —como, por ejemplo, cierta isla no lejos de Ponapé, en el Pacífico, y el Arrecife del Diablo, cerca de Innsmouth, y una montaña de cavernas y un lago cerca de Machu Pichu. Otros servidores estaban dispersos, sin ninguna organización, y los Primordiales que permanecían en la Tierra estaban prisioneros bajo la estrella de cinco puntas que era el sello de los Dioses Arquetípicos. De los lugares que se nombraron como lugares potenciales para un futuro de la Gran Raza, la Tierra era siempre el que figuraba en cabeza, a pesar de los peligros de una guerra atómica.
Estaba claro, a medida que Piper progresaba en el relato de sus sueños, y a pesar de su confusión, que la Gran Raza pretendía volar a otro planeta o estrella muy distante de la estrella moribunda que ahora ocupaba, y las extensas regiones del planeta verde donde vivían pocos hombres —lugares cubiertos de hielo, regiones arenosas en los países cálidos— se presentaban como un paraíso para la Gran Raza. Básicamente los sueños de Piper eran todos muy similares. Existía siempre la enorme estructura de bloques megalíticos de basalto, siempre el interminable trabajo de esos seres extraños que no necesitaban dormir invariablemente la sensación de estar preso y, en la vida real, concomitante, el miedo siempre presente del que Piper no podía liberarse.
Llegué a la conclusión de que Piper, incapaz de relacionar los sueños con la realidad, era, víctima de una profunda confusión, uno de esos hombres desdichados que han perdido la capacidad de distinguir si el mundo real es el de los sueños o aquel en que habla y se mueve durante el día. Pero esta conclusión no me satisfacía del todo. Pronto supe que acertaba al poner en duda la veracidad de mi juicio.

3
Amos Piper fue mi paciente por un corto período de tres semanas. Pude observar durante ese tiempo, para mi pesar y para descrédito del tratamiento aplicado, que su condición se deterioraba paulatinamente. Empezaron a producirse alucinaciones, o al menos lo parecían, particularmente según el proceso típico de las ilusiones paranoicas de ser perseguido y observado. Este proceso llegó a su punto álgido en una carta que Piper me escribió y me envío por un mensajero. Sin duda, la carta había sido escrita precipitadamente...
«Querido Dr. Corey: Como es posible que no le vea más, quiero decirle que ya no tengo duda alguna respecto a mi situación. Sé que alguien me ha estado vigilando durante algún tiempo, y no es un ser terrestre, sino una de las mentes de la Gran Raza. Ahora estoy convencido de que todas mis visiones y sueños se derivan de ese período de tres años durante el cual estuve desplazado, o “no era yo” según decía mi hermana. La Gran Raza existe aparte de mis sueños. Ha existido durante más tiempo que la medida humana del tiempo. No sé dónde está. En la estrella negra de Tauro o aún más lejos. Pero se preparan para trasladarse otra vez, y uno de ellos está muy cerca.
»No he estado ocioso entre visita y visita a su consulta. He tenido tiempo de hacer más investigaciones por mi cuenta. Muchos hilos atados a mis sueños me habían alarmado y me desconcertaban. ¿Qué ocurrió, por ejemplo, en Innsmouth en el año 1928 para que el gobierno federal hiciese explotar grandes cargas en el Arrecife del Diablo, en la costa atlántica, cerca de esa ciudad? ¿Qué es lo que había en ese pueblo de la costa que dio lugar a la detención y consecuente desaparición de casi todos los ciudadanos? ¿Y qué lazo unía a los polinesios y a la gente de Innsmouth? Además, ¿qué fue lo que descubrió la expedición Miskatonic Antartic de 1930-31 en las Montañas de la Locura, de tal naturaleza que se ha mantenido en secreto para todo el mundo excepto para los sabios de la universidad? ¿Cómo explicar la narración de Johannsen sino como un relato corroborativo de la leyenda de la Gran Raza? ¿Y no ocurre lo mismo con las antiguas ciencias de las naciones Incas y Aztecas?
»Podría continuar así durante muchas páginas, pero no hay tiempo. He descubierto datos de esos inquietantes incidentes, muchos de ellos acallados para no perturbar a un mundo cargado de problemas. El hombre, después de todo, es sólo una pequeña manifestación en la faz de un solo planeta en uno solo de los muchos universos que llenan el espacio. Solamente la Gran Raza conoce el secreto de la vida eterna, moviéndose en el tiempo y en el espacio, ocupando un lugar después de otro, convirtiéndose en animal, vegetal o insecto, según las circunstancias.
»Debo darme prisa. Tengo tan poco tiempo... Créame, mi querido doctor, sé lo que escribo...»
No me sorprendió mucho recibir esta carta, pues sabía por la señorita Abigail Piper que su hermano había sufrido una «recaída», al parecer pocas horas después de escribir esta carta. Me apresuré a ir a casa de los Piper. En la puerta me encontré a mi paciente. Estaba completamente cambiado.
Demostró tener una seguridad en sí mismo que no había tenido durante su visita a mi consulta ni en ningún momento desde el día que le conocí. Me aseguró que por fin había logrado el control sobre sí mismo, que las visiones a las que había estado expuesto habían desaparecido, y que ahora podía dormir libre de esos sueños que tanto le habían molestado. Desde luego, no podía dudar que se había recuperado, y no me era posible comprender por qué la señorita Piper me había escrito esa nota desesperada, a menos que se hubiese acostumbrado a que su hermano se hallase en un estado desconcertante y que hubiese confundido su mejoría con una «recaída». Esta recuperación era extraordinaria, ya que el incremento de su miedo, sus alucinaciones, su intenso nerviosismo y finalmente su rápida carta indicaban, con la misma evidencia que un síntoma físico indicaría una enfermedad, el derrumbe de su precario estado mental.
Me satisfacía esta recuperación; y le felicité. Aceptó mi felicitación con una sonrisa débil, y luego se excusó diciendo que tenía mucho que hacer. Le prometí telefonear una vez a la semana, más o menos, para vigilar cualquier retorno a la sintomatología de su desesperado estado anterior.
Diez días después le vi por última vez. Le encontré amable y cortés. La señorita Abigail Piper estaba delante, algo turbada, pero sin lamentarse. Piper no había vuelto a tener visiones o sueños, y era capaz de hablar con franqueza de su «enfermedad», desaprobando cualquier mención de «desorientación» o «desplazamiento» con una insistencia que sólo podía interpretar como un ansioso deseo por su parte de que yo borrara de mi mente todas aquellas impresiones. Pasé una hora muy agradable con él; pero no podía escapar a la convicción de que, mientras el hombre preocupado que había conocido en mi consulta era un hombre de una inteligencia pareja a la mía, el «recuperado» Amos Piper era un hombre de una inteligencia muy superior.
En el momento de mi visita, me impresionó el hecho de que se estaba preparando para unirse a una expedición a la región del Desierto Arábigo. No se me ocurrió entonces relacionar sus planes con los curiosos viajes que había realizado durante sus tres años de enfermedad. Pero los hechos posteriores me hicieron recordarlo.
Dos noches después, entraron en mi consulta y la saquearon. Todos los documentos originales pertenecientes al caso Amos Piper habían sido robados de los archivos. Afortunadamente, movido por una intuición que no podría explicar, había hecho copias de los más importantes relatos de sus sueños, así como de la carta que me escribió al final, que también había desaparecido. Los documentos no podían tener valor para alguien que no fuese Amos Piper, y Piper estaba ya supuestamente curado de su obsesión, así que la única explicación de este extraño hurto era tan rara que me resistía a admitirla. Además, me enteré de que Piper salía para su viaje al día siguiente, lo que establecía la posibilidad de ser el instrumento —escribo «instrumento» deliberadamente— del robo.
Ahora bien, un Piper curado no podía tener razón alguna para desear de forma tan manifiesta que los datos permaneciesen en su poder. Y en cambio, un Piper «recaído» tendría todos los motivos para desear que estos papeles fuesen destruidos. ¿Cabía suponer que Piper había sido desplazado nuevamente? En
este caso, el hecho no habría sido tan obvio como la vez anterior, porque la mente que desplazaba la suya para cobijarse en su cuerpo lo conocía ya y no habría tenido necesidad de acostumbrarse otra vez a los hábitos y formas de comportamiento del hombre...
Por increíble que pareciera esta hipótesis, trabajé en ella iniciando unas investigaciones por mi cuenta. Mi intención era, en principio, pasar una semana —posiblemente dos— buscando respuesta a algunas de las preguntas que Amos Piper me había hecho en su carta. Pero unas semanas no fueron suficientes; el trabajo se prolongó durante meses, y a finales de año estaba más confundido que nunca. Además me encontraba en el borde del mismo abismo en el que había caído Piper.
Pues algo había pasado en Innsmouth en 1928, algo que había ocupado al gobierno federal, y acerca de lo cual nada podía averiguarse, excepto los vagos y terroríficos indicios de una relación con los batracios de Ponapé. Y había extraños y alarmantes descubrimientos en algunos de los templos de Angkor-Vat, descubrimientos que estaban relacionados con la cultura de los polinesios así como de algunas tribus indias del noroeste americano, y de otros descubrimientos hechos en las Montañas de la Locura por una expedición de la Universidad de Miskatonic.
Había relatos de incidentes similares, todos ocultos en misterio y oscuridad. Y los libros —los libros prohibidos que Amos Piper había consultado— estaban en la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic, y lo que en esas páginas leí resultaba horriblemente sugestivo a la luz de lo que había dicho Amos Piper, y de todo lo que posteriormente comprobé. Lo que allí se exponía, aunque indirectamente, era que en algún lugar existió una raza de seres infinitamente superiores —llamémoslos dioses o la Gran Raza, o con cualquier otro nombre— que trasladaban sus mentes libres a través del tiempo y del espacio. Y si esto era aceptado como una premisa, entonces podía ser también cierto que la mente de Amos Piper había sido de nuevo desplazada por una mente de la Gran Raza, enviada a investigar si todos los recuerdos de su estancia entre ellos habían sido borrados.
Pero los hechos más inquietantes de todos son los que han ido saliendo a la luz gradualmente. Me tomé la molestia de indagar cuanto podía descubrir acerca de los miembros de la expedición al Desierto Arábigo a la que Amos Piper se había unido. Venían de todos los rincones del mundo, y eran todos hombres de los que podía esperarse que tuvieran un interés especial en una expedición de esta naturaleza: un antropólogo inglés, un paleontólogo francés, un sabio chino, un egiptólogo, y muchos más. Y supe que cada uno de ellos, al igual que Amos Piper, había sufrido en algún momento durante la última década algún tipo de ataque, descrito variadamente, pero que innegablemente consistía en un desplazamiento de la personalidad, lo mismo que Piper.
En alguna parte de esas remotas tierras del Desierto Arábigo ¡la expedición entera desapareció de la faz de la tierra!
Fue quizá inevitable que mis persistentes investigaciones provocasen interés en sectores ajenos a mí. Ayer un paciente vino a mi consulta. Había algo en sus ojos que me hizo pensar en Amos Piper, la última vez que le vi: una superioridad condescendiente, altiva, que me hizo encogerme de miedo, así como cierta torpeza en sus manos. Y ayer por la noche volví a verle, pasando bajo la farola de la calle de mi casa. Otra vez esta mañana, como un hombre que estudia a otro, y a sus hábitos, por alguna razón enrevesada para ser conocida por su víctima...
Y ahora cruzando la calle...
Las hojas sueltas del anterior manuscrito fueron encontradas en el suelo de la consulta del doctor Nathaniel Corey, cuando su enfermera acudió a la policía a causa de unos ruidos alarmantes tras la puerta de la consulta, que estaba cerrada. Cuando irrumpió la policía, el doctor Corey y un paciente no identificado estaban arrodillados, intentando en vano empujar las hojas hacia las llamas de la chimenea situada en la pared norte de la habitación.
Los dos hombres parecían incapaces de agarrar las hojas, pero las empujaban hacia delante con un movimiento similar al de los cangrejos. Ajenos a la presencia de la policía, se ocupaban sólo de la destrucción del manuscrito y persistían en sus esfuerzos poco naturales para conseguirlo con histérica precipitación... Ninguno fue capaz de dar una explicación inteligible a la policía o a los médicos asistentes, ni era coherente lo que decían.
En vista de que, tras un examen minucioso, ambos parecen haber sufrido un profundo cambio de personalidad, han sido trasladados para internamiento indefinido al Instituto Larkin, el famoso sanatorio privado para dementes...
F I N
Nota: Esta narración nace a partir de escritos dejados por el autor y recopilados por Derleth, quien hace una colaboración póstuma de la obra del maestro. Por primera vez publicada en julio de 1954 por Weird Tales, teniendo el copyright August Derleth y Arkham House.


H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH - EL SUPERVIVIENTE






H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH
EL SUPERVIVIENTE


Algunas casas, al igual que ciertas personas, delatan a primera vista su predilección por
lo maligno. Quizá sea el efluvio de hechos perversos ocurridos bajo determinado techo,
que permanece mucho tiempo después de que sus realizadores se hayan ido, lo que hace
que se le pongan a uno la carne de gallina y los pelos de punta. Algo de la pasión del
ejecutor del acto, y del horror sentido por su víctima, entra en el corazón del inocente
espectador, quien repentinamente se vuelve consciente de un hormigueo nervioso, de un
escalofrío en la piel y en la sangre...
Algernon Blackwood
Me había propuesto no volver a hablar o escribir sobre la casa Charriere tras mi
huida de Providence en la noche del horrible descubrimiento -hay recuerdos
que todo el mundo desea suprimir, creer que no son ciertos, borrarlos de su
existencia- pero me veo obligado a transcribir ahora mi breve estancia en la casa
de la calle Benefit, y mi precipitada huida de ella. Lo hago por si algún inocente
fuese sometido a presiones injustas por parte de la policía, deseosa de hallar
alguna explicación a su horrible descubrimiento. Ese horror lo experimenté,
antes que cualquier otro humano, ante la vista de algo ciertamente mucho más
terrible que cuanto haya podido verse después, al cabo de tantos años, tras
pasar la casa a ser propiedad municipal, como sabía que ocurriría algún día.
Ciertamente, no cabe esperar de un anticuario que esté tan instruido en lo que
respecta a ciertas antiguas sendas del conocimiento humano como en lo que
concierne a casas antiguas. Sin embargo, cabe pensar que, inmerso en la
investigación del hábitat humano, tropiece en ocasiones con ciertos misterios
considerablemente más complejos que la fecha de un pabellón o la procedencia
de un techo estilo holandés, y logre sacar de ellos determinadas conclusiones,
por increíbles, horribles, espantosas o aun condenables -¡sí, condenables!- que
sean. En los lugares frecuentados por los anticuarios es bien conocido el nombre
de Alijah Atwood; no digo más por modestia, pero cualquier persona que tenga
interés en buscar referencias encontrará, en esos directorios dedicados a la
información para anticuarios, más de un párrafo que trata de mí.
Vine a Providence, Rhode Island, en 1930, con la intención de visitarla
brevemente y seguir luego hacia Nueva Orleáns. Pero vi la casa Charriere en la
calle Benefit, y me atrajo como sólo un anticuario puede ser atraído por una
casa extraña y solitaria en una calle de Nueva Inglaterra, que no era de la
misma época, una casa de cierta antigüedad, con un aura indescriptible que
atraía y repelía al mismo tiempo.
Se decía de la casa Charriere que estaba embrujada, pero eso suele decirse de
cualquier casa vieja y abandonada del nuevo o del viejo mundo, e incluso -si he
de fiarme de los solemnes artículos del Journal of American Folklore- de las
viviendas de los indios americanos, australianos, polinesios y muchos otros. No
es mi intención escribir sobre fantasmas; me bastará decir que ha habido, en el
ámbito de mi experiencia, ciertas revelaciones sin explicación científica alguna,
aunque soy lo suficientemente racional como para pensar que dicha explicación
puede llegar a encontrarse alguna vez, cuando el hombre utilice para su
interpretación un procedimiento científico correcto.
En este sentido, estoy seguro de que la casa Charriere no estaba embrujada.
Ningún fantasma transitaba por sus habitaciones haciendo sonar sus cadenas,
ninguna voz exhalaba lamentos a la medianoche, ninguna figura sepulcral
aparecía a la hora de las brujas para anunciar una muerte próxima. Pero nadie
podía negar que la casa estaba rodeada por un halo no sé si de terror, de
perversión o de horribles misterios; si llego a ser un hombre menos insensible,
esa casa, sin duda, me hubiese hecho perder la razón. El halo resultaba menos
corpóreo que en otras casas que he conocido, pero sugería la existencia de
secretos inconfesables no percibidos en mucho tiempo por ningún ser humano.
Sobre todo, transmitía una poderosa sensación del paso de los siglos, pero de
siglos muy anteriores a la propia edad de la casa; sugería edades remotas,
cuando el mundo era joven. Y era curioso, porque la casa, aunque vieja, tenía
menos de tres siglos.
La observé primero como anticuario, encantado de descubrir una casa, entre
otras características de Nueva Inglaterra, perteneciente al estilo de Quebec del
siglo XVII. Era, por tanto, tan diferente de las vecinas que habría llamado la
atención de cualquier viandante. Había visitado muchas veces Quebec, lo
mismo que otras ciudades viejas del continente americano, pero en esta primera
visita a Providence no venía particularmente en busca de antiguas viviendas,
sino para ver a un colega anticuario de renombre. Fue camino de su casa,
situada en la calle Barnes, cuando pasé por la casa Charriere. Al observar que
no estaba habitada, decidí alquilarla para mí. De todos modos, puede que no lo
hubiese hecho de no haberme incitado la peculiar aversión de mi amigo a
hablar de la casa y el hecho de mostrarse reacio a que yo me acercase a aquel
lugar. Quizá sea injusto con él, ahora que miro hacia atrás y recuerdo que el
pobre hombre, sin saberlo ninguno de los dos, estaba ya en su lecho de muerte.
Sea como sea, hablé con él en su habitación, sentado al borde de la cama, en
lugar de hacerlo en su despacho. Fue allí donde le pregunté acerca de la casa,
describiéndosela para que no hubiese dudas respecto a cuál me refería, ya que
por entonces yo no sabía el nombre ni nada acerca de ella.
Un hombre llamado Charriere, un cirujano francés venido de Quebec, había
sido su dueño. Pero mi amigo Gamwell no sabía quién la había construido. A
Charriere sí le había conocido. «Un hombre alto, de piel áspera. Le vi poco, pero
nadie lo vio mucho más. Se había retirado de la medicina» dijo Gamwell.
Cuando éste conoció la casa, el doctor Charriere ya vivía en ella, como debieron
hacerlo sus antepasados, aunque esto Gamwell no podía asegurarlo. El doctor
Charriere había llevado una vida recluida y había muerto hacía tres años, en
1927, según la noticia oficial aparecida en su día en el Journal de Providence. La
fecha de la muerte del doctor Charriere fue la única que Gamwell pudo
indicarme; todo lo demás se mantenía a oscuras. La casa sólo había sido
alquilada una vez: la había ocupado durante un corto período de tiempo un
profesional y su familia, pero la dejaron después de un mes, quejándose de la
humedad y de los malos olores del vetusto edificio. Desde entonces se
encontraba vacía, pero no podía ser destruida, ya que el doctor Charriere había
dejado en su testamento una considerable suma de dinero para pagar los
impuestos durante muchos años -algunos decían que veinte- y garantizar que la
casa estaría allí en el caso de que los herederos del cirujano la reclamasen. El
doctor Charriere, en una carta, había hecho vagas referencias a un sobrino que
hacía su servicio militar en Indochina. Todos los intentos para encontrar al
sobrino habían sido inútiles, y ahora se dejaba que la casa siguiese en pie hasta
que expirase el período de tiempo que el doctor Charriere había estipulado en
su testamento.
-Voy a alquilarla -le dije a Gamwell.
Enfermo como estaba, mi colega anticuario se apoyó sobre un codo para
incorporarse en el lecho y expresar su disconformidad.
-Un capricho pasajero, Atwood. Olvídelo. He oído cosas inquietantes acerca de
esa casa.
-¿Qué cosas? -le pregunté llanamente.
Pero de esto no quiso hablar; movió la cabeza ligeramente y cerró los ojos.
-Pienso verla mañana -continué.
-No encontrará en ella nada que no pueda encontrar en Quebec, créame -recalcó
Gamwell.
Pero, como dije antes, su extraña manera de oponerse a mi deseo de visitar la
casa no contribuyó sino a aumentar tal deseo. No pensaba quedarme allí para
siempre: solamente alquilarla por seis meses más o menos, como centro de
operaciones mientras visitaba los alrededores de la ciudad y los caminos y
paseos de Providence en busca de antigüedades de esa región. Finalmente
Gamwell accedió a darme el nombre de la firma de abogados en cuyas manos
Charriere había dejado su testamentaría. Después de haber solicitado una
entrevista con ellos y vencido el escaso entusiasmo con que acogieron mi
proposición, me convertí en el amo de la vieja casa Charriere por un período de
no más de seis meses, que podían ser menos, si así lo decidía.
Tomé posesión de la casa en seguida, aunque me dejó algo perplejo comprobar
que se había instalado agua corriente, pero en cambio carecía de corriente
eléctrica. Entre el mobiliario de la casa, que permanecía tal como quedó a la
muerte del doctor Charriere, encontré para alumbrado una docena de lámparas
de varias formas y épocas, algunas aparentemente con más de un siglo de
antigüedad. Esperaba hallar la casa llena de telarañas y de polvo, pero cuál no
sería mi sorpresa cuando comprobé que no era así. Y eso que, según tenía
entendido, los abogados -la firma Baker & Greenbaugh- no estaban encargados
de la limpieza de la casa durante ese medio siglo que -según lo estipulado en el
testamento del doctor Charriere- podía transcurrir hasta que se presentara a
tomar posesión su único heredero.
La casa correspondía exactamente a la imagen que me había hecho de ella.
Abundaba la madera. En algunas habitaciones cuyas paredes habían sido
empapeladas el papel se había despegado, y en otras, el yeso había ido
adquiriendo, con el paso de los años, un tono amarillento. Las habitaciones eran
irregulares y daban la impresión de ser o muy grandes o demasiado pequeñas.
Había dos plantas, pero se veía que el piso de arriba no había sido utilizado
nunca. El de abajo, sin embargo, conservaba las huellas de su antiguo ocupante,
el cirujano. Una de las habitaciones le había servido de laboratorio, y otra anexa,
de despacho. Ambos cuartos parecían haber sido abandonados recientemente
en el curso de alguna investigación, como si su último y efímero ocupante -postmortem
Charriere- no hubiese penetrado en ellos. No me causó extrañeza, ya
que la casa era suficientemente grande como para poder vivir en ella sin
necesidad de utilizar aquellos dos cuartos. Tanto el despacho como el
laboratorio se hallaban en la parte de atrás de la casa y daban sobre un jardín
frondoso, lleno de arbustos y árboles. Extendido a lo largo de toda la parte
posterior de la casa, este jardín era de un tamaño muy considerable, ya que
ocupaba el ancho de tres solares y en profundidad equivalía a uno. Remataba
en un muro de piedra muy alto que lindaba con la calle de atrás.
El estado en que se habían quedado el laboratorio y el estudio indicaban que,
sin lugar a duda, el doctor Charriere se hallaba en plena investigación cuando le
llegó su hora. Por mi parte, confieso que la naturaleza de su trabajo me intrigó
desde el primer momento. Parecía evidente que no se trataba de algo ordinario.
La vista de los extraños y casi cabalísticos dibujos, que parecían cuadros
fisiológicos de diversas especies de saurios, me indujo a pensar que la labor de
investigación emprendida por el doctor Charriere iba más allá del simple
estudio del hombre. Entre aquellos saurios, los más destacados eran del orden
Loricata y de los géneros Crocodylus y Osteolaemus, pero había también otros
dibujos representando el Gavialis, el Tomistoma, el Gaiman y el Alligator, así como
algunos otros reptiles de esta misma especie, aunque anteriores y que
correspondían al período Jurásico. De todas maneras, sé que no fue esa primera
ojeada y la curiosidad que despertó en mí lo que me impulsó a profundizar mi
estudio de la extraña investigación del doctor Charriere. Lo que me arrastró
realmente fue ese halo de misterio -perceptible para un anticuario- que se
desprendía de toda la casa.
La casa Charriere me impresionó desde el primer momento, pues era una casa
totalmente de su época, salvo en el hecho de la posterior instalación de agua
corriente. Tenía la impresión de que había sido el doctor Charriere quien la
había construido. Gamwell, en el curso de la conversación curiosamente elíptica
que habíamos mantenido, no me había dado a entender lo contrario. Pero
tampoco había mencionado la edad que tenía el cirujano el día de su muerte.
Suponiendo que hubiera muerto a los ochenta años, no podía haber sido él
quien había edificado la casa, ya que ésta había sido construida alrededor de
1700, ¡dos siglos antes de la muerte del doctor Charriere! Pensé, por lo tanto,
que el nombre que llevaba la casa era el del último propietario y no el del
constructor. Buscando una explicación racional respecto a este punto, descubrí
algunos hechos desagradablemente inverosímiles.
Por un lado, la fecha del nacimiento del doctor Charriere no aparecía en ningún
sitio. Busqué su tumba: curiosamente, se hallaba en la propia finca. Había
solicitado y obtenido permiso para ser enterrado en el jardín. La sepultura
estaba junto a un viejo y gracioso pozo que parecía haber sido construido más o
menos al mismo tiempo que la casa y permanecía intacto, con su techo, su cubo
y otros accesorios, sin duda tal como habían estado desde que se construyó la
casa. Eché una ojeada a la lápida en busca de la fecha de nacimiento, pero con
desazón observé que en la piedra sólo aparecían su nombre: Jean-François
Charriere; su profesión: cirujano; los lugares en los que había residido o
trabajado: Bayona, París, Pondichérry, Quebec, Providence; y el año de su
muerte: 1927. No había nada más, pero era suficiente para permitirme seguir
investigando más a fondo. Escribí en el acto a amistades de varios lugares en
donde podían investigarse los hechos.
Dos semanas después tenía ante mí los resultados de dichas investigaciones.
Pero lejos de quedar satisfecho, me hallaba más perplejo que nunca. Había
empezado por dirigirme a un corresponsal de Bayona, dando por supuesto que,
ya que éste era el primer lugar mencionado en la lápida, Charriere había nacido
allí. Luego pedí informes a París, después a un amigo de Londres que podía
tener acceso a los archivos de los asuntos británicos en la India, y finalmente a
Quebec. Salvo una relación de fechas, no obtuve ninguna información
interesante. Un Jean-François Charriere había nacido, efectivamente, en Bayona
¡en el año 1636! El nombre no era desconocido en París, ya que un joven de
diecisiete años, llamado Jean-François Charriere, había estudiado con el exiliado
monárquico Richard Wiseman, en 1653, y durante los tres años siguientes. En
Pondichérry, y luego en Caronmandall, en la costa india, un tal doctor JeanFrançois
Charriere, cirujano del ejército francés, había prestado servicio desde
1674 en adelante. Y en Quebec, el dato más antiguo que aparecía del doctor
Charriere se remontaba a 1691. Había practicado en esa ciudad durante seis
años, y abandonó posteriormente la ciudad con destino desconocido
Evidentemente, sólo podía llegarse a una conclusión: el doctor Jean-François
Charriere, nacido en Bayona en 1636 y cuyo último paradero conocido había
sido Quebec, precisamente el mismo año en que se construyó la casa Charriere
de la calle Benefit, era un antepasado del cirujano que había vivido en la casa y
llevaba el mismo nombre. Pero, y aunque así fuese, había una laguna absoluta
entre el año 1697 y la vida del último habitante de la casa, pues en ningún sitio
aparecían datos relativos a la familia de ese primer Jean-François Charriere. No
había ningún dato respecto a la existencia de una señora Charriere o de hijos,
que necesariamente debieron existir para que continuase su descendencia hasta
el presente siglo. Todavía cabía suponer que el viejo señor que había venido de
Quebec era soltero y que, al llegar a Providence, había contraído matrimonio.
Tendría entonces sesenta y un años, Pero la lectura del registro no revelaba que
ese matrimonio se hubiese realizado. Aquello me desconcertó, aunque sabía,
como anticuario, las dificultades que representaba la búsqueda de datos. La
desilusión, pues, no fue tan grande como para hacerme abandonar mis
investigaciones.
Opté por un nuevo procedimiento, y me dirigí a la firma Baker & Greenbaugh
para solicitar información acerca del doctor Charriere. Allí tropecé con algo más
extraño todavía, pues al preguntar acerca del aspecto físico del cirujano francés,
ambos abogados se vieron obligados a admitir que nunca lo habían visto. Todas
sus instrucciones habían llegado por carta, junto con unos cheques por un valor
muy elevado. Habían trabajado para el doctor Charriere durante los seis años
que precedieron a su muerte, y desde entonces hasta la fecha. No habían sido
empleados por él anteriormente.
Les pregunté acerca de ese «sobrino», puesto que la existencia de un sobrino
implicaba la existencia, por lo menos en alguna época, de un hermano o una
hermana de Charriere. Pero por ese camino tampoco conseguí la menor
información. Gamwell me había informado mal: Charriere no había
especificado que se refería a un sobrino, sino que había dicho: «el único varón
superviviente de mi familia». Se había pensado que este superviviente podía ser
un sobrino, pero toda pesquisa había sido inútil. De todas maneras, el
testamento del doctor Charriere decía que no era preciso buscar a su heredero
porque él mismo se dirigiría a la firma Baker & Greenbaugh, bien por carta o
personándose en unos términos inconfundibles que no darían lugar a dudas.
Ciertamente había algo misterioso. Los abogados no lo negaban. Pero también
resultaba evidente que habían sido muy bien recompensados por la confianza
que había sido depositada en ellos y que no iban a traicionarla contándome más
de lo que me habían contado. Después de todo, según dijo razonablemente uno
de los abogados, sólo habían transcurrido tres años desde la muerte del doctor
Charriere, y quedaba aún tiempo suficiente para que el heredero superviviente
se presentase.
Después de aquel fracaso, recurrí de nuevo a mi viejo amigo Gamwell, que
seguía en cama y se encontraba aún más débil. Su médico de cabecera, con
quien me crucé cuando salía de la casa, me dio a entender por primera vez que
Gamwell quizá no volvería a levantarse, y me pidió que procurara no excitarle,
ni cansarle con muchas preguntas. Sin embargo, estaba decidido a averiguar
todo lo que pudiese acerca de Charriere, pese a que la primera sorpresa me la
llevé yo ante el escrutinio al que me sometió Gamwell. Parecía como si mi
amigo esperara que una estancia de menos de tres semanas en la casa Charriere
me hubieran alterado incluso mi aspecto físico.
Charlamos un rato, y le expuse el motivo de mi visita; expliqué que había
encontrado la casa muy interesante y que, por lo tanto, deseaba conocer algo
más de su último ocupante. Gamwell había mencionado que le vio alguna vez.
-Fue hace muchos años -dijo Gamwell-. Si han pasado tres años después de su
muerte, déjame pensar... debió de ser en 1907.
-¡Pero eso fue veinte años antes de que muriese! -exclamé asombrado.
De todas formas, Gamwell insistió en que ésa era la fecha.
¿Y qué aspecto tenía? Insistí con la pregunta.
Desgraciadamente, la senilidad y la enfermedad habían invadido el vivo
intelecto del viejo.
-Coges un tritón, lo haces crecer un poco, le enseñas a andar sobre sus patas
traseras, lo vistes con ropas elegantes -dijo Gamwell- y ya tienes al doctor Jean-
François Charriere. Sólo que su piel era áspera, casi callosa. Un hombre frío.
Vivía en otro mundo.
-¿Cuántos años tenía? -le pregunté- ¿Ochenta?
-¿Ochenta? -se quedó pensativo-. La primera vez que le vi, yo no tenía más de
veinte años y él no aparentaba más de ochenta. Y hace veinte años, mi querido
Atwood, no había cambiado. Parecía tener ochenta años aquella primera vez.
¿O sería la perspectiva de mi juventud? Quizá. Parecía tener ochenta años en
1907. Y murió veinte años después.
-Es decir, a los cien.
-Tal vez.
En fin, tampoco Gamwell pudo proporcionarme gran ayuda. De nuevo, nada
específico, nada concreto, no se perfilaba ningún hecho. Sólo una impresión, un
recuerdo de alguien, pensaba yo, hacia el cual Gamwell sentía antipatía, aunque
él mismo no hubiese sabido decir por qué. Tal vez celos de tipo profesional, que
Gamwell no quería reconocer, falseaban sus propios elementos de juicio.
A continuación me dirigí a los vecinos. Casi todos eran jóvenes y sus recuerdos
del doctor Charriere eran escasos. Sólo le recordaban como un tipo indeseable
porque coleccionaba lagartos, así como otros bichos de esa clase, y se rumoreó
que realizaba diabólicos experimentos en su laboratorio. La única anciana era
una tal señora Hepzibah Cobbett. Vivía en una casita de dos plantas justo detrás
de la valla que limitaba el jardín de la casa Charriere. La encontré muy apagada.
Estaba en una silla de ruedas que empujaba su hija, una mujer de nariz aguileña
y fríos ojos azules, inquisidores detrás de sus quevedos. Pero la anciana se
animó cuando mencioné el nombre del doctor Charriere, y cuando supo que yo
vivía en la casa, empezó a hablar.
-No vivirá ahí mucho tiempo, acuérdese de mis palabras. Es una casa
endemoniada -dijo con una fuerza que, de pronto, degeneró para convertirse en
un parloteo senil-. Más de una vez le he observado. Un hombre alto, jorobado
como una hoz, con una perilla pequeña, igual que la de una cabra. ¿Y qué era
aquello que reptaba entre sus pies? Una cosa negra y larga, demasiado grande
para ser una serpiente; pero yo pensaba en serpientes cada vez que miraba al
doctor Charriere. ¿Y qué eran esos gritos durante la noche? ¿Y qué era lo que
ladraba ante el pozo? ¿Un zorro? Ya. Yo sé lo que es un perro y lo que es un
zorro. Era como un alarido de una foca. He visto cosas, eso sí, pero nadie cree a
una anciana con un pie en la tumba. Y usted, usted tampoco me hará caso,
porque nadie lo hace.
¿Qué podía deducir de todo esto? Quizá la hija tenía razón cuando dijo, al
despedirme: -No haga caso de las divagaciones de mi madre. Padece
arteriosclerosis, lo que, en ciertas ocasiones, le debilita la mente-. Pero yo no
pensaba que la señora Cobbett fuera una débil mental. Recordaba el brillo tan
vivo de sus ojos mientras estaba hablando. Parecía estar en posesión de un
secreto tan prodigioso que ni su guardián, la severa e inflexible hija que
permanecía inmóvil junto a ella, hubiera podido percibir o imaginar siquiera
sus contornos.
Los desengaños me esperaban a la vuelta de cada esquina. La suma de los datos
que había conseguido reunir basta entonces no me proporcionaba mayor
información que cada dato aislado. Archivos de periódicos, bibliotecas,
registros, lo intenté todo. Pero lo único que podía encontrarse era la fecha en
que se había construido la casa: 1697, y la de la muerte del doctor Jean-François
Charriere. Si algún otro Charriere había muerto en esta ciudad, no había señal
de ello en ningún sitio. Me parecía inconcebible que todos los miembros de la
familia Charriere, anteriores al antiguo inquilino de la casa de la calle Benefit,
hubiesen muerto fuera de Providence, y sin embargo debía de haber sucedido
así, ya que no encontraba otra explicación posible.
En la casa descubrí un retrato. Pese a que no llevaba ningún nombre inscrito,
por las iniciales J. F. C. supuse que se trataba del doctor Charriere. El cuadro,
que estaba colgado en un rincón apartado y casi inaccesible del piso superior,
representaba una cara delgada y ascética, con una barba desordenada; lo que
más resaltaba en ese rostro eran los pómulos salientes que acentuaban el
hundimiento de las mejillas y el brillo de los ojos negros. En general, su aspecto
era desvaído y siniestro.
En vista de la imposibilidad de obtener más información por otros medios,
decidí dedicarme de nuevo al examen de los papeles y libros dejados en el
despacho y el laboratorio del doctor Charriere. Hasta entonces me había
ausentado mucho de la casa en busca de información acerca del pasado del
doctor Charriere, y ahora me había recluido en ella casi con la misma
obstinación. Quizá debido a esta reclusión percibí con mayor fuerza el halo
misterioso de la casa -a nivel psíquico tanto como físico-. Ahora, por vez
primera, llegaba a notar la extraña mezcla de olores que habían decidido al
efímero inquilino y a su familia a abandonar la casa apenas alquilada. Algunos
de ellos eran los aromas típicos y comunes de todas las casas viejas, pero otros
me eran totalmente desconocidos. Sin embargo, logré identificar fácilmente el
olor predominante: lo había percibido ya en otras ocasiones, en jardines
zoológicos y en las proximidades de ciertos pantanos de aguas estancadas. Se
trataba de un miasma que, con una fuerza increíble, sugería la presencia
cercana de reptiles. Cabía admitir la posibilidad de que ciertos reptiles hubiesen
llegado, a través de la ciudad, hasta el refugio que les podía proporcionar el
jardín de la casa Charriere. En cambio, lo que sí parecía inconcebible era que
hubiese llegado hasta allí una cantidad tan grande de ellos como para llenar la
casa entera de su hedor. Pero por mucho que busqué no logré encontrar el lugar
de donde emanaba ese olor a reptil, ni dentro ni fuera de la casa. Cuando se me
ocurrió que podía provenir del pozo, pensé que sin duda se trataba de una
ilusión mía, provocada por mi deseo de encontrar alguna explicación racional.
El olor persistía. Noté también que aumentaba con la lluvia, pues es bien sabido
que con la humedad se acentúan los olores. Como la casa también estaba
húmeda, la brevedad de la estancia del último inquilino era comprensible. Lo
cierto era que éste no se había equivocado. A mí, personalmente, si bien aquel
hedor llegó a desagradarme en ocasiones, no me inquietaba -al menos no tanto
como me inquietaban otros aspectos de la casa.
Parecía que la vieja casa había empezado a protestar contra mi intromisión en el
despacho y en el laboratorio. En efecto, empecé a tener ciertas alucinaciones que
se hicieron cada vez más frecuentes. Por una parte, durante la noche oía un
extraño ladrido que parecía provenir del jardín. Por otra parte, y también
durante la noche, veía algo como una extraña y encorvada figura de reptil
rondando por el jardín, cerca de las ventanas del despacho. Pese a que esta y
otras visiones se repetían, me empeñé en considerarlas como meras
alucinaciones personales. Lo conseguí hasta aquella fatídica noche en que oí un
ruido esta vez inconfundible: era como si alguien se estuviera bañando en el
jardín. Me desperté de mi sueño convencido de que ya no estaba solo en la casa.
Me levanté, me puse la bata y las zapatillas, encendí una lámpara y corrí hacia
el despacho.
Lo que mis ojos presenciaron allí me indujo a creer que estaba soñando aún. Mi
pesadilla parecía generada directamente por la naturaleza de ciertas lecturas
que acababa de hacer indagando entre los papeles del doctor Charriere. Porque
se trataba de una pesadilla, en ese momento no me cabía la menor duda,
aunque apenas pude divisar al intruso, el intruso que había penetrado en el
despacho, llevándose unos papeles del doctor Charriere. La luz amarillenta y
tenue de la lámpara que mantenía en alto me cegaba parcialmente. Tan sólo
veía brillar algo negro y como viscoso. Luego, en el momento en que saltaba por
la ventana abierta hacia la oscuridad del jardín, pude verlo entero. Aquello no
duró más que un instante, pero me pareció que llevaba un traje muy ajustado al
cuerpo y hecho de un extraño material áspero y oscuro. No habría dudado en
perseguirlo si no hubiera visto, a la luz de la lámpara, una serie de cosas
inquietantes.
El intruso había dejado sus huellas en el suelo. Eran pisadas irregulares y
mojadas. Pero lo más extraño era la forma misma de los pies que dibujaban:
unos pies anormalmente anchos, con uñas tan largas que habían dejado su
marca delante de cada dedo. En el lugar en que el intruso había permanecido
inclinado sobre los papeles había charcos de agua. El ambiente estaba saturado
de ese fuerte olor a reptil, el mismo que yo había comenzado a aceptar como
parte integrante de la casa, pero tan fuerte ahora que me sentí tambalear y
estuve a punto de desmayarme.
Sin embargo, mi interés por los documentos era más fuerte que el miedo o la
curiosidad. En ese momento la única explicación racional que se me ocurrió fue
que uno de los vecinos que atribuían ciertos poderes maléficos a la casa
Charriere -y habían decidido no abandonar sus gestiones hasta conseguir que
fuese destruida-, había estado nadando antes de venir a invadir el estudio.
Aquella circunstancia me parecía poco convincente pero si la rechazaba ¿cómo
explicar entonces lo que yo mismo acababa de presenciar?
Fijándome en los documentos, noté inmediatamente la desaparición de varios
de ellos. Afortunadamente, los que faltaban eran los que había leído ya y que
había dejado amontonados en una pila, sin ordenarlos siquiera. No lograba
entender el valor que aquellos papeles podían tener para nadie, a no ser que
alguna otra persona estuviera tan interesada como yo, quizá con el fin de
reclamar para sí la propiedad de la casa y los terrenos. Todos ellos eran apuntes
relativos a la longevidad de los cocodrilos, los caimanes y otros reptiles. Para
mí, era ya evidente desde hacía algún tiempo que el doctor Charriere se había
volcado de forma obsesiva en el estudio de la longevidad de los reptiles y de
sus causas con el fin de aprender cómo el hombre podría llegar a alargar su
propia vida. Hasta entonces nada en esos apuntes me había inducido a pensar
que el doctor Charriere hubiera descubierto los secretos de esa longevidad. Tan
sólo algunos párrafos alarmantes sugerían la posibilidad de que hubiera
sometido a «operaciones» a alguien -no especificaba quién- con el fin de
alargarle la vida.
En realidad, existía también otra clase de notas escritas, según me pareció a mí,
por el doctor Charriere. Sin embargo, en su contenido se apartaban de la
investigación más o menos científica seguida por éste en torno a la longevidad
de los reptiles. Se trataba de una serie de enigmáticas referencias a ciertas
criaturas mitológicas, entre las cuales dos eran frecuentemente citadas:
«Cthulhu» y «Dagon». Eran, por lo visto, deidades del mar en alguna mitología
muy antigua y de la que nunca había oído hablar hasta entonces. Los
misteriosos apuntes se referían también a otros seres (¿hombres?), llamados
‘Los Profundos’, que gozaban de una longevidad muy larga y estaban al
servicio de esos dioses antiguos. Eran evidentemente unos seres anfibios que
vivían e las profundidades de los océanos. Entre aquellos apuntes se
encontraban las fotografías de una estatua monolítica particularmente horrenda
y con marcados rasgos saurios. Estaban acompañadas del texto siguiente:
«Costa Este de la Isla de Hivaoa, Marquesas. ¿Ídolo?» En otras fotografías
aparecía un tótem de los indios de la costa noroeste. Su parecido con la primera
estatua era inquietante: la misma anchura, los mismos rasgos acusados de
reptil. Sobre una de esas fotos, el doctor Charriere había anotado: «Tótem de los
indios Kwakiutl. Estrecho de Quatsino. Parecido a los construidos por ind.
Tlingit.» Estas extrañas anotaciones demostraban claramente que su autor
estaba dispuesto a estudiar cualquier antiguo rito de brujería, cualquier
superstición religiosa primitiva, con tal de que aquello le sirviera para alcanzar
su objetivo.
No tardé mucho en darme cuenta de cuál era la naturaleza de ese objetivo. El
doctor Charriere, evidentemente, no se había volcado en el estudio de la
longevidad por puro amor al estudio. No, lo que él pretendía con ello era
conseguir alargar su propia vida. Y en sus apuntes ciertos indicios
espeluznantes daban a entender que, al menos parcialmente, había tenido éxito.
Este era un descubrimiento desagradable, que me impedía apartar de mi mente
el recuerdo del extraño misterio que envolvía los últimos años y la muerte del
primer Jean-François Charriere, cirujano también, así como el nacimiento del
último doctor Jean-François Charriere, muerto en Providence en el año 1927.
Aunque los acontecimientos de aquella noche no me habían asustado
excesivamente, opté por comprar una pistola Luger de segunda mano y una
linterna. La lámpara me había impedido ver durante la noche, cosa que, en
idénticas circunstancias, no me ocurriría con una linterna. Si el visitante
nocturno había sido uno de los vecinos, estaba seguro de que esos papeles no
harían otra cosa que llamar su atención y, tarde o temprano, volvería. Ante esa
posibilidad deseaba estar preparado. En caso de que sorprendiera nuevamente
al merodeador en la casa que yo había alquilado, estaba decidido a disparar si
no obedecía a mi orden de alto. Por supuesto, era un caso extremo al que no
deseaba llegar.
La noche siguiente reanudé mi lectura de los libros y papeles del doctor
Charriere. Era indudable que muchos de los libros habían pertenecido a
antepasados suyos, pues databan de siglos atrás. Una de las obras, escrita por R.
Wiseman y traducida del inglés al francés, apoyaba la tesis de una relación
existente entre el doctor Jean-François Charriere, alumno de Wiseman en París,
y ese otro cirujano del mismo nombre que había vivido hasta hacía poco en
Providence, Rhode Island.
En conjunto, era un curioso batiburrillo de libros. Los había en casi todos los
idiomas conocidos, desde el francés hasta el árabe. Me era imposible traducir la
mayor parte de los títulos, aunque leía francés y tenía ciertas nociones de otras
lenguas románicas. Me era totalmente incomprensible el significado de un título
como Unaussprechlichen Kulten, de Von Junzt, y si sospechaba que se trataba de
un libro del mismo estilo que el Cultes des Goules, del conde d'Erlette, era porque
se hallaba colocado junto a él. Libros de zoología estaban mezclados con
gruesos tomos que trataban de antiguas culturas. Y en esa mezcolanza se
encontraban publicaciones como Un Estudio sobre la Relación Existente entre los
Habitantes de Polinesia y las Culturas del Continente Suramericano con Especial
Referencia a Perú; Los Manuscritos Pnakóticos; De Furtivis Literarum Notis, de
Giambattista Porta; la Criptografía, de Thicknesse; el Daemonolatreia, de
Remigius; La Era de los Saurios, de Banfort; una colección del Transcript, de
Aylesbury, Massachusetts, etcétera. Era indudable que, por su antigüedad,
muchos de estos libros eran valiosísimos. Gran cantidad de ellos habían sido
editados entre 1670 y 1820 y se encontraban en perfecto estado de conservación,
pese a haber sido constantemente manipulados.
Sin embargo, aquellas obras tenían poco interés para mí. A veces pienso que
por no haber dedicado un poco más de tiempo a su examen perdí en esa
ocasión la oportunidad de aprender aún más de lo que aprendería luego; pero
el dicho afirma que tener demasiados conocimientos acerca de temas que el
hombre haría mejor en ignorar es más pernicioso que tener pocos. Otro de los
motivos que me impulsaron a abandonar tan pronto el examen de todos
aquellos libros fue un descubrimiento que hice. Oculto entre ellos encontré algo
que, a primera vista, me pareció un diario. Un examen más minucioso me
convenció de que aquello no era tal cosa, sino una simple libreta, porque las
primeras fechas apuntadas en ella eran tan remotas que no podían
corresponder a ningún momento de la vida del doctor Charriere, por muchos
años que hubiese logrado vivir. Y sin embargo, era evidente que, desde las
primeras y más antiguas hojas hasta las últimas y más recientes, todas las
anotaciones habían sido escritas por la misma mano. En todas ellas se reconocía
la pequeña y angulosa letra del difunto cirujano. Supuse entonces que,
recopilando viejos papeles, el doctor Charriere había encontrado ciertas notas
de su interés y decidido copiarlas en su libreta para poder tenerlas reunidas y
ordenadas por orden cronológico. Además de las anotaciones, en aquellas
páginas figuraban también unos dibujos que producían indudablemente una
gran impresión, pese a la poca maestría con que habían sido realizados. En
cierto sentido, recordaban a las primeras obras de ciertos artistas autodidactas.
La primera página del manuscrito empezaba con la nota siguiente: «1851.
Arkham. Aseph Goade, P.» A continuación venía lo que me pareció ser el
retrato de Aseph Goade. Era un dibujo en el que determinados rasgos de su
fisonomía -más propios de un batracio que de un hombre- habían sido
intencionadamente realzados. Tenía la boca anormalmente ancha, los labios
como de cuero cuarteado, la frente muy baja y ojos que parecían recubiertos por
una membrana; era una fisonomía chata, claramente similar a la de una rana. El
dibujo ocupaba casi la totalidad de la página. Del texto que le acompañaba
deduje que se trataba del relato del descubrimiento -en el campo de la pura
investigación intelectual, pues era imposible de toda evidencia que existiera
semejante criatura- de una especie subhumana (¿podía la inicial «P» referirse a
«Los Profundos», cuyo nombre había leído en notas anteriores?) Para el doctor
Charriere, en cambio, aquel ejemplar de esa especie subhumana era una
realidad, una verificación en el curso de su investigación, que le permitiría
demostrar la existencia de un parentesco entre el batracio y el hombre y, por lo
tanto, entre éste y el saurio.
A continuación venían otros apuntes de la misma naturaleza. La mayoría de
ellos eran un tanto ambiguos -quizá a propósito- y, a primera vista, parecían no
tener ningún sentido. ¿Qué podía yo sacar de una página como ésta?:
1857 San Agustín. Henry Bishop. Piel cubierta de escamas aunque no
ictiológicas. Debe tener 107 años. Ningún proceso de degeneración. Todos los
sentidos muy agudos. Origen incierto, algunos antepasados dedicados al
comercio en Polinesia.
1861. Charleston. Familia Balzac. Piel de las manos cubierta de costras.
Mandíbula doble. Toda la familia presenta las mismas características. Anton 117
años. Anna 109 años. Infelices lejos del agua.
1863. Innsmouth. Familias Marsh, Waite, Eliot y Gilman. El Capitán Obed
Marsh, comerciante en Polinesia, contrajo matrimonio con una nativa. Todos
con características faciales similares a las de Aseph Goade. Vida apartada. Las
mujeres raras veces vistas por las calles, pero mucha natación durante la noche -
familias enteras nadando en dirección al Arrecife del Diablo, mientras el resto
de la ciudad permanecía en sus casas-. Notable relación con P. Tráfico
considerable entre Innsmouth y Ponapé. Algunas ceremonias religiosas
secretas.
1871. Jed Price, atracción de ferias. Conocido como el «Hombre Caimán».
Aparece en estanques llenos de caimanes. Aspecto saurio. Mandíbula hundida.
Reputado por sus dientes puntiagudos, pero imposible determinar si eran
naturalmente así o si habían sido afilados.
Esta era en general la sustancia de las anotaciones reunidas en la libreta.
Aquellas notas hacían referencia a diversos puntos del continente, desde el
Canadá hasta México, pasando por la Costa Este de Norteamérica. Desde aquel
momento se hizo patente la extraña obsesión del doctor Jean-François
Charriere, que le empujaba a comprobar la longevidad de ciertos seres
humanos que, en sus mismos rasgos, parecían mostrar algún parentesco con
antepasados saurios o batracios.
Indudablemente, si se conseguía admitir la realidad de aquellos hechos -sin
interpretarlos como una pintoresca y colorida descripción de personas
marcadas por ciertos acusados defectos físicos- cabía reconocer el peso de la
evidencia buscada por el doctor Charriere para corroborar extraña y
provocativamente su propia creencia. Sin embargo, y en muchos aspectos, el
cirujano no había pasado de hacer puras conjeturas. Parecía que lo único que
pretendía era establecer una relación entre los datos recopilados. Esa relación la
había buscado en las doctrinas de tres civilizaciones distintas. La más conocida
estaba contenida en las leyendas vudús de la cultura negra. Inmediatamente
después, la doctrina que había generado los cultos a los animales en el antiguo
Egipto. Finalmente, la tercera y la más importante de todas, según las
anotaciones del cirujano, era una cultura completamente extraña y tan vieja
como la tierra misma, o más aún. Era la civilización de unos Dioses
Arquetípicos, de su terrible e incesante conflicto con los Primigenios, tan
primitivos como ellos mismos y que se llamaban Cthulhu, Hastur, Yog-Sothoth,
Shub-Niggurath, Nyarlathotep y nombres similares. Esos tenían a su servicio
unos seres tan extraños como podían serlo el Pueblo Tcho-Tcho, los Profundos,
los Shantaks, los Abominables Hombres de las Nieves, y otros más. Al parecer,
algunos de ellos eran seres subhumanos; en cuanto a los demás, o eran criaturas
en vía de transformación, o no eran humanos en absoluto. El resultado de la
investigación del doctor Charriere era fascinante, pero en ningún momento
había establecido y menos aún comprobado una relación definitiva. Se
encontraban ciertas referencias a los saurios en el culto vudú; existían relaciones
similares con la cultura religiosa del antiguo Egipto; y aparecían oscuras y
sugerentes referencias a una relación con los saurios representados por el mítico
Cthulhu, en una época anterior al Crocodilus y al Gavialis; y aún antes del
Tyrannosaurus y del Brontosaurus, del Megalosaurus y otros reptiles de la era
mesozoica.
Además de estas interesantes notas, había diagramas de lo que parecían ser
extrañísimas operaciones y cuya naturaleza no comprendía en ese momento.
Aparentemente habían sido copiados de antiguos textos, entre ellos una obra de
Ludvig Prinn, titulada De Vermis Mysteriis, frecuentemente citada como fuente
de referencias y que me era también totalmente desconocida. Las operaciones
en sí mismas sugerían una raison d’être demasiado aterradora para poder
aceptarla; una de ellas, por ejemplo, cuyo propósito era estirar la piel, consistía
en realizar muchas incisiones para «permitir el crecimiento». Otra explicaba
cómo un sencillo corte en cruz en la base de la columna vertebral era suficiente
para lograr «una extensión del hueso de la cola». Lo que estos fantásticos
diagramas sugerían era demasiado horrible para ser contemplado, pero sin
duda formaba parte de la extraña investigación realizada por el doctor
Charriere. A partir de ese momento, su reclusión me pareció sobradamente
justificada: un estudio como éste no podía llevarse a cabo más que en secreto si
se quería evitar la burla de todos los científicos.
En estos papeles pude leer también la descripción de esas experiencias. Estaban
relatadas de tal modo que no podía tratarse más que de experiencias vividas
por el propio narrador. Sin embargo, eran anteriores a 1850 -en algunos casos
en varias décadas- aunque, como todas las demás notas, estaban escritas de
puño y letra del doctor Charriere. En este caso preciso, era indudable que no se
trataba del relato de experiencias ajenas. No me quedaba ya otra opción que la
de admitir que era más que octogenario en el momento de su muerte, y
muchísimo más, tanto que empecé a sentirme molesto y a no poder apartar de
mi mente a ese otro doctor Charriere que había existido antes que él
La suma total del credo del doctor Charriere tenía como resultado la poderosa e
hipotética convicción de que el ser humano podía, por medio de operaciones y
otras prácticas tan extrañas como macabras, obtener algo de la longevidad
característica de los saurios; que a la vida de un hombre se le podía añadir tanto
como siglo y medio, o quizá dos siglos. Al finalizar ese período, el individuo se
retiraba a algún lugar húmedo para dejarse caer en un estado de
semiinconsciencia, que venía a ser una especie de gestación, hasta el momento
en que se despertaba, con ciertas alteraciones en su aspecto y comenzaba otra
larga vida. Dados los cambios fisiológicos que sufría durante aquellos períodos
de gestación, el individuo se adaptaba a un modelo de existencia distinto en
cada una de sus vidas. Para justificar esta teoría, el doctor Charriere se había
apoyado únicamente en un gran número de leyendas, algunos datos de
naturaleza similar, y relatos especulativos de curiosas mutaciones humanas que
se habían dado en los últimos doscientos noventa y un años. Esa cifra cobró un
significado mayor para mí cuando caí en la cuenta de que ese era justo el
tiempo que había transcurrido desde la fecha de nacimiento del primer doctor
Charriere hasta el día de la muerte del otro cirujano. No obstante, en todo ese
material no había nada que sugiriera un procedimiento concreto de tipo
científico, con pruebas aducibles. Sólo se daban indicios y vagas sugerencias,
quizá suficientes para llenar de horribles dudas y de un convencimiento
espantoso y a medio cuajar a un lector fortuito, pero que no podían llegar a
satisfacer el rigor de cualquier hombre de ciencia.
¿Hasta qué punto habría seguido profundizando en la investigación del doctor
Charriere? Lo ignoro.
Quizá habría ido mucho más lejos si no hubiera ocurrido aquello que me hizo
gritar de horror y huir de la casa de Benefit Street, dejando que ella y su
contenido siguiesen esperando al superviviente que, ahora sí lo sé, no se
presentará nunca. Ahora ya no tiene remedio; la casa es propiedad municipal y
será destruida.
Estaba examinando estos «hallazgos» del doctor Charriere, cuando me di
menta, con eso que la gente llama el «sexto sentido», de que estaba siendo
observado detenidamente. No queriendo volverme, hice lo siguiente: abrí mi
reloj de bolsillo y colocándolo delante de mí utilicé el pulido y brillante interior
del estuche a modo de espejo, para que en él se reflejaran las ventanas que
estaban a mis espaldas. Y vi ahí, reflejada difusamente, la más horrible
caricatura que pueda imaginarse de un rostro humano. Me dejó tan estupefacto
que, sin pensarlo, volví la cabeza para observarlo directamente. Pero no había
nada en la ventana, excepto la sombra de un movimiento. Me levanté, apagué la
luz, y me acerqué a la ventana. Una silueta alta, curiosamente encorvada que,
medio agachada y arrastrando los pies, se dirigía hacia la oscuridad del jardín:
¿fue realmente eso lo que vi? Creo que sí. Pero no estaba tan loco como para
perseguirle. Quienquiera que fuese, vendría otra vez, como había venido la
noche anterior.
De modo que, mientras esperaba, me puse a sopesar las distintas explicaciones
que me venían a la mente. Impresionado aún por mi visitante nocturno,
confieso que coloqué, encabezando la lista de sospechosos, a los vecinos que se
oponían a que la casa Charriere siguiese en pie. Posiblemente pretendían
asustarme para que me marchara, pues ignoraban que mi estancia en la casa iba
a ser tan breve. Cabía pensar también en la posibilidad de que hubiese algo en
el estudio que deseaban obtener. Pero esa eventualidad no me pareció muy
convincente, porque si tal era su intención, habían tenido tiempo de sobra para
conseguirlo durante el largo período en que la casa estuvo deshabitada. Lo
cierto es que en ningún momento se me ocurrió pensar en la verdadera
explicación de los hechos. No soy más escéptico que cualquier otro anticuario;
pero la aparición de mi visitante, lo confieso, no me sugirió nada que hubiera
podido relacionar con su verdadera identidad, a pesar de todas las
circunstancias coincidentes que podían tener cierto significado para mentes
menos científicas que la mía.
Sentado allí en la oscuridad, me sentía más impresionado que nunca por la
atmósfera de la vieja casa. La misma oscuridad parecía tener vida propia; no le
influía la vida de Providence que la rodeaba y que, sin embargo, se hallaba tan
lejos. Estaba poblada de residuos psíquicos dejados por el paso de los años: el
olor persistente de la humedad, sumado a ese otro tan peculiar y característico
de ciertas zonas en los parques zoológicos donde viven los reptiles; el olor a
madera vieja mezclado con ese otro que desprendía la piedra de las paredes en
el sótano, aroma de material descompuesto porque, con el tiempo, la madera
tanto como la piedra habían ido deteriorándose. Pero había algo más: el
vaporoso indicio de una presencia animal, que parecía incrementarse de minuto
en minuto.
Estuve esperando así cerca de una hora, antes de percibir algún ruido.
Cuando lo oí, fue irreconocible. Al principio me pareció que era un ladrido,
algo muy similar al sonido emitido por los caimanes; pero pensé que sería mi
imaginación febril, y que no había sido más que el ruido de una puerta al
cerrarse. Pasó algún tiempo antes de que volviese a oír algún otro sonido: el
crujido de unos papeles. ¡El intruso había logrado entrar en el estudio delante
de mis propias narices sin que lo advirtiera! Estaba estupefacto y encendí la
linterna que tenía enfocada hacia la mesa.
Lo que vi fue algo increíble, espantoso. Lo que allí había no era un hombre, sino
la absoluta desfiguración de un hombre. Sé que en ese mismo instante pensé
que perdería el conocimiento. Pero el sentido de la necesidad ante el eminente
peligro me invadió y, sin pensarlo, disparé cuatro veces. Por la poca distancia
que nos separaba, sabía positivamente que cada disparo había dado en el
cuerpo bestial que se inclinaba sobre la mesa del doctor Charriere en el oscuro
estudio.
De lo que sucedió inmediatamente después, afortunadamente recuerdo muy
poco: un cuerpo revolcándose, la huida del intruso, y mi confusa carrera en
persecución. Era evidente que le había herido, porque había manchado el suelo
de sangre, desde la mesa del estudio hasta la ventana por la que había saltado,
atravesando y rompiendo el cristal. Salí afuera y, a la luz de mi linterna, seguí
las huellas sangrientas. Aunque no hubiera estado desangrándose, el fuerte olor
que despedía y que se percibía en el aire de la noche me habría permitido
seguirle.
Me llevó por el jardín, no muy lejos de la casa, directamente al borde del pozo
que estaba detrás de ella. Desde allí, las huellas seguían hacia el interior del pozo.
A la luz de la linterna, vi entonces, y por primera vez, los escalones, hábilmente
construidos, que bajaban al oscuro interior. Era tan grande la pérdida de sangre
que encharcaba el borde del pozo, que estaba seguro de haber herido
mortalmente al intruso. La confianza de que así había sido me impulsó a
seguirle más adentro, a pesar del eminente peligro.
¡Ojalá hubiese dado media vuelta y me hubiese alejado de aquel maldito lugar!
Pero seguí adelante y bajé por las escaleras situadas contra la pared del pozo,
que no conducían a la superficie del agua, sino a un agujero, el cual comunicaba
con un túnel que atravesaba el muro del pozo y se adentraba profundamente en
el jardín. Movido ahora por un ardiente deseo de conocer la identidad de mi
víctima, me introduje en el túnel, sin apenas darme cuenta de la húmeda tierra
que manchaba mi ropa. Con la linterna alumbraba hacia delante, y tenía mi
arma preparada. Más allá había una especie de caverna -lo suficientemente
grande como para que cupiera un hombre arrodillado- y, en medio de la luz
emitida por mi linterna, apareció un ataúd. Al verlo dudé un instante, pues me
di cuenta que la desviación del túnel conducía a la tumba del doctor Charriere.
Pero había llegado demasiado lejos para poder retroceder.
El hedor en este espacio era indescriptible. La atmósfera del túnel entero estaba
impregnada de ese nauseabundo olor a reptil, pero ahora se había vuelto tan
denso que tuve que hacer un gran esfuerzo para acercarme al ataúd. Llegué a él
y vi que estaba destapado. Los charcos de sangre llegaban hasta el mismo
féretro que habían manchado. Con una mezcla de curiosidad y de temor ante lo
que iba a ver, me incorporé cuanto pude. Temblando, alumbré con la linterna el
interior del ataúd...
Habrá quien diga que mi memoria no es muy de fiar, dada la cantidad de años
que han transcurrido, pero lo que vi allí ha quedado grabado para siempre en
mi memoria. Bajo la luz de mi linterna yacía un ser que acababa de morir, y
cuya existencia implicaba una serie de cosas espeluznantes. Esta era la criatura
que yo había matado. Mitad hombre, mitad saurio, era el macabro recuerdo de
lo que una vez había sido un ser humano. Sus ropas estaban rotas, desgarradas
por las horribles mutaciones de su cuerpo; la piel, cubierta de costras; sus
manos y sus pies descalzos eran planos, de aspecto fuertes, parecidos a unas
garras. Aterrado, noté también el apéndice en forma de cola que había crecido
en la base de la columna vertebral, y su mandíbula horriblemente alargada, una
mandíbula de cocodrilo en la que aún crecía una mota de pelo, como la barba
de una cabra...
Todo esto fue lo que vi antes de poder abandonarme a un desmayo bienhechor,
pues ya había reconocido lo que yacía en el ataúd. Había permanecido allí
desde 1927 en una semiinconsciencia cataléptica, esperando el momento de
volver a la vida, con un aspecto horrorosamente alterado. Era el doctor Jean-
François Charriere, cirujano, nacido en Bayona en el año 1636 y «muerto» en
Providence en 1927. ¡Ahora ya sabía que el superviviente de quien hablaba en
su testamento no era otro que él mismo, nacido otra vez, devuelto a la vida por
el conocimiento endemoniado de ritos más antiguos que la propia humanidad,
y ya olvidados, tan antiguos como los primeros días de la tierra, cuando las
grandes bestias luchaban y se destruían entre sí!