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miércoles, 6 de marzo de 2013

EL SABUESO - H. P. Lovecraft




EL SABUESO
H. P. Lovecraft

En mis torturados oídos resuenan incesantemente un chirrido y un aleteo de pesadilla, y un breve ladrido lejano como el de un gigantesco sabueso. No es un sueño... y temo que ni siquiera sea locura, ya que son muchas las cosas que me han sucedido para que pueda permitirme esas misericordiosas dudas.
St. John es un cadáver destrozado; únicamente yo sé por qué, y la índole de mi conocimiento es tal que estoy a punto de saltarme la tapa de los sesos por miedo a ser destrozado del mismo modo. En los oscuros e interminables pasillos de la horrible fantasía vagabundea Némesis, la diosa de la venganza negra y disforme que me conduce a aniquilarme a mí mismo.
¡Que perdone el cielo la locura y la morbosidad que atrajeron sobre nosotros tan monstruosa suerte! Hartos ya con los tópicos de un mundo prosaico, donde incluso los placeres del romance y de la aventura pierden rápidamente su atractivo, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo todos los movimientos estéticos e intelectuales que prometían terminar con nuestro insoportable aburrimiento. Los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los prerrafaelistas fueron nuestros en su época, pero cada nueva moda quedaba vaciada demasiado pronto de su atrayente novedad.
Nos apoyamos en la sombría filosofía de los decadentes, y a ella nos dedicamos aumentando paulatinamente la profundidad y el diabolismo de nuestras penetraciones. Baudelaire y Huysmans no tardaron en hacerse pesados, hasta que finalmente no quedó ante nosotros más camino que el de los estímulos directos provocados por anormales experiencias y aventuras «personales». Aquella espantosa necesidad de emociones nos condujo eventualmente por el detestable sendero que incluso en mi actual estado de desesperación menciono con vergüenza y timidez: el odioso sendero de los saqueadores de tumbas.
No puedo revelar los detalles de nuestras impresionantes expediciones, ni catalogar siquiera en parte el valor de los trofeos que adornaban el anónimo museo que preparamos en la enorme casa donde vivíamos St. John y yo, solos y sin criados. Nuestro museo era un lugar sacrílego, increíble, donde con el gusto satánico de neuróticos «dilettanti» habíamos reunido un universo de terror y de putrefacción para excitar nuestras viciosas sensibilidades. Era una estancia secreta, subterránea, donde unos enormes demonios alados esculpidos en basalto y ónice vomitaban por sus bocas abiertas una extraña luz verdosa y anaranjada, en tanto que unas tuberías ocultas hacían llegar hasta nosotros los olores que nuestro estado de ánimo apetecía: a veces el aroma de pálidos lirios fúnebres, a veces el narcótico incienso de unos funerales en un imaginario templo
oriental, y a veces —¡cómo me estremezco al recordarlo!— la espantosa fetidez de una tumba descubierta.
Alrededor de las paredes de aquella repulsiva estancia había féretros de antiguas momias alternando con hermosos cadáveres que tenían una apariencia de vida, perfectamente embalsamados por el arte del moderno taxidermista, y con lápidas mortuorias arrancadas de los cementerios más antiguos del mundo. Aquí y allá, unas hornacinas contenían cráneos de todas las formas, y cabezas conservadas en diversas fases de descomposición. Allí podían encontrarse las podridas y calvas coronillas de famosos nobles, y las tiernas cabecitas doradas de niños recién enterrados.
Había allí estatuas y cuadros, todos de temas perversos y algunos realizados por St. John y por mí mismo. Un portafolio cerrado, encuadernado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos atribuidos a Goya y que el artista no se había atrevido a publicar. Había allí nauseabundos instrumentos musicales, de cuerda, de metal y de viento, en los cuales St. John y yo producíamos a veces disonancias de exquisita morbosidad y diabólica lividez; y en una multitud de armarios de caoba reposaba la más increíble colección de objetos sepulcrales nunca reunidos por la locura y perversión humanas. Acerca de esa colección debo guardar un especial silencio. Afortunadamente, tuve el valor de destruirla mucho antes de pensar en destruirme a mí mismo.
Las expediciones, en el curso de las cuales recogíamos nuestros nefandos tesoros, eran siempre memorables acontecimientos desde el punto de vista artístico. No éramos vulgares vampiros, sino que trabajábamos únicamente bajo determinadas condiciones de humor, paisaje, medio ambiente, tiempo, estación del año y claridad lunar. Aquellos pasatiempos eran para nosotros la forma más exquisita de expresión estética, y concedíamos a sus detalles un minucioso cuidado técnico. Una hora inadecuada, un pobre efecto de luz o una torpe manipulación del húmedo césped, destruían para nosotros la extasiante sensación que acompañaba a la exhumación de algún ominoso secreto de la tierra. Nuestra búsqueda de nuevos escenarios y condiciones excitantes era febril e insaciable. St. John abría siempre la marcha, y fue él quien descubrió el maldito lugar que acarreó sobre nosotros una espantosa e inevitable fatalidad.
¿Qué desdichado destino nos atrajo hasta aquel horrible cementerio holandés? Creo que fue el oscuro rumor, la leyenda acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que en su época fue un saqueador de tumbas y había robado un valioso objeto del sepulcro de un poderoso. Recuerdo la escena en aquellos momentos finales: la pálida luna otoñal sobre las tumbas, proyectando sombras alargadas y horribles; los grotescos árboles, cuyas ramas descendían tristemente hasta unirse con el descuidado césped y las estropeadas losas; las legiones de murciélagos que volaban contra la luna; la antigua capilla cubierta de hiedra y apuntando con un dedo espectral al pálido cielo; los fosforescentes insectos que danzaban como fuegos fatuos bajo las tejas de un alejado rincón; los olores a moho, a vegetación y a cosas menos explicables que se mezclaban débilmente con la brisa nocturna procedente de lejanos mares y pantanos; y, lo peor de todo, el triste aullido de algún gigantesco sabueso al cual no podíamos ver
ni situar de un modo concreto. Al oírlo nos estremecimos, recordando las leyendas de los campesinos, ya que el hombre que tratábamos de localizar había sido encontrado hacía siglos en aquel mismo lugar, destrozado por las zarpas y los colmillos de un execrable animal.
Recuerdo cómo excavamos la tumba del vampiro con nuestras azadas, y cómo nos estremecimos ante el cuadro de nosotros mismos, la tumba, la pálida luna vigilante, las horribles sombras, los grotescos árboles, los murciélagos, la antigua capilla, los danzantes fuegos fatuos, los nauseabundos olores, la gimiente brisa nocturna y el extraño aullido cuya existencia objetiva apenas podíamos estar seguros.
Luego, nuestros azadones chocaron contra una sustancia dura, y no tardamos en descubrir una enmohecida caja de forma oblonga. Era increíblemente recia, pero tan vieja que finalmente conseguimos abrirla y regalar nuestros ojos con su contenido.
Mucho —sorprendentemente mucho— era lo que quedaba del cadáver a pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque aplastado en algunos lugares por las mandíbulas de la cosa que le había producido la muerte, se mantenía unido con asombrosa firmeza, y nos inclinamos sobre el descarnado cráneo con sus largos dientes y sus cuencas vacías en las cuales habían brillado unos ojos con una fiebre semejante a la nuestra. En el ataúd había un amuleto de exótico diseño que, al parecer, estuvo colgado del cuello del durmiente. Representaba a un sabueso alado, o a una esfinge con un rostro semicanino, y estaba exquisitamente tallado al antiguo gusto oriental en un pequeño trozo de jade verde. La expresión de sus rasgos era sumamente repulsiva, sugeridora de muerte, de bestialidad y de odio. Alrededor de la base llevaba una inscripción en unos caracteres que ni St. John ni yo pudimos identificar; y en el fondo, como un sello de fábrica, aparecía grabado un grotesco y formidable cráneo.
En cuanto echamos la vista encima al amuleto supimos que debíamos poseerlo; que aquel tesoro era evidentemente nuestro botín. Aun en el caso que nos hubiera resultado completamente desconocido lo hubiéramos deseado, pero al mirarlo de más cerca nos dimos cuenta que nos parecía algo familiar. En realidad, era ajeno a todo arte y literatura conocida por lectores cuerdos y equilibrados, pero nosotros reconocimos en el amuleto la cosa sugerida en el prohibido Necronomicon del árabe loco Adbul Alhazred; el horrible símbolo del culto de los devoradores de cadáveres de la inaccesible Leng, en el Asia Central. No nos costó ningún trabajo localizar los siniestros rasgos descritos por el antiguo demonólogo árabe; unos rasgos extraídos de alguna oscura manifestación sobrenatural de las almas de aquellos que fueron vejados y devorados después de muertos.
Apoderándonos del objeto de jade verde, dirigimos una última mirada al cavernoso cráneo de su propietario y cerramos la tumba, volviendo a dejarla tal como la habíamos encontrado. Mientras nos marchábamos apresuradamente del horrible lugar, con el amuleto robado en el bolsillo de St. John, nos pareció ver que los murciélagos descendían en tropel hacía la tumba que acabábamos de
profanar, como si buscaran en ella algún repugnante alimento. Pero la luna de otoño brillaba muy débilmente, y no pudimos saberlo a ciencia cierta.
Al día siguiente, cuando embarcábamos en un puerto holandés para regresar a nuestro hogar, nos pareció oír el leve y lejano aullido de algún gigantesco sabueso. Pero el viento de otoño gemía tristemente, y no pudimos saberlo con seguridad.
Menos de una semana después de nuestro regreso a Inglaterra comenzaron a suceder cosas muy extrañas. St. John y yo vivíamos como reclusos; sin amigos, solos y en unas cuantas habitaciones de una antigua mansión, en una región pantanosa y poco frecuentada; de modo que en nuestra puerta resonaba muy raramente la llamada de un visitante.
Ahora, sin embargo, estábamos preocupados por lo que parecía ser un frecuente roce en medio de la noche, no sólo alrededor de las puertas, sino también alrededor de las ventanas, lo mismo en las de la planta baja que en las de los pisos superiores. En cierta ocasión imaginamos que un cuerpo voluminoso y opaco oscurecía la ventana de la biblioteca cuando la luna brillaba contra ella, y en otra ocasión creímos oír un aleteo no muy lejos de la casa. Una minuciosa investigación no nos permitió descubrir nada, y empezamos a atribuir aquellos hechos a nuestra imaginación, turbada aún por el leve y lejano aullido que nos pareció haber oído en el cementerio holandés. El amuleto de jade reposaba ahora en una hornacina de nuestro museo, y a veces encendíamos una vela extrañamente aromada delante de él. Leímos mucho en el Necronomicon de Alhazred acerca de sus propiedades y acerca de las relaciones de las almas con los objetos que las simbolizan y quedamos desasosegados por lo que leímos.
Luego llegó el terror.
La noche del 24 de septiembre de 19... oí una llamada en la puerta de mi dormitorio. Creyendo que se trataba de St. John le invité a entrar, pero sólo me respondió una espantosa risotada. En el pasillo no había nadie. Cuando desperté a St. John y le conté lo ocurrido, manifestó una absoluta ignorancia del hecho y se mostró tan preocupado como yo. Aquella misma noche, el leve y lejano aullido sobre las soledades pantanosas se convirtió en una espantosa realidad.
Cuatro días más tarde, mientras nos encontrábamos en el museo, oímos un cauteloso arañar en la única puerta que conducía a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestra alarma aumentó, ya que, además de nuestro temor a lo desconocido, siempre nos había preocupado la posibilidad que nuestra extraña colección pudiera ser descubierta. Apagando todas las luces, nos acercamos a la puerta y la abrimos bruscamente de par en par; se produjo una extraña corriente de aire y oímos, como si se alejara precipitadamente, una rara mezcla de susurros, risitas entre dientes y balbuceos articulados. En aquel momento no tratamos de decidir si estábamos locos, si soñábamos o si nos enfrentábamos con una realidad. De lo único que sí nos dimos cuenta, con la más negra de las aprensiones, fue que los balbuceos aparentemente incorpóreos habían sido proferidos en idioma holandés.
Después de aquello vivimos en medio de un creciente horror, mezclado con cierta fascinación. La mayor parte del tiempo nos ateníamos a la teoría que estábamos enloqueciendo a causa de nuestra vida de excitaciones anormales, pero a veces nos complacía más dramatizar acerca de nosotros mismos y considerarnos víctimas de alguna misteriosa y aplastante fatalidad. Las manifestaciones extrañas eran ahora demasiado frecuentes para ser contadas. Nuestra casa solitaria parecía sorprendentemente viva con la presencia de algún ser maligno cuya naturaleza no podíamos intuir, y cada noche aquel demoníaco aullido llegaba hasta nosotros, cada vez más claro y audible. El 29 de octubre encontramos en la tierra blanda debajo de la ventana de la biblioteca una serie de huellas de pisadas completamente imposibles de describir. Resultaban tan desconcertantes como las bandadas de enormes murciélagos que merodeaban por los alrededores de la casa en número creciente.
El horror alcanzó su culminación el 18 de noviembre, cuando St. John, regresando a casa al oscurecer, procedente de la estación del ferrocarril, fue atacado por algún espantoso animal y murió destrozado. Sus gritos habían llegado hasta la casa y yo me había apresurado a dirigirme al terrible lugar: llegué a tiempo de oír un extraño aleteo y de ver una vaga forma negra siluetada contra la luna que se alzaba en aquel momento.
Mi amigo estaba muriéndose cuando me acerqué a él y no pudo responder a mis preguntas de un modo coherente. Lo único que hizo fue susurrar:
—El amuleto..., aquel maldito amuleto...
Y exhaló el último suspiro, convertido en una masa inerte de carne lacerada.
Lo enterré al día siguiente en uno de nuestros descuidados jardines, y murmuré sobre su cadáver uno de los extraños ritos que él había amado en vida. Y mientras pronunciaba la última frase, oí a lo lejos el débil aullido de algún gigantesco sabueso. La luna estaba alta, pero no me atreví a mirarla. Y cuando vi sobre el marjal una ancha y nebulosa sombra que volaba de otero en otero, cerré los ojos y me dejé caer al suelo, boca abajo. No sé el tiempo que pasé en aquella posición. Sólo recuerdo que me dirigí temblando hacia la casa y me prosterné delante del amuleto de jade verde.
Temeroso de vivir solo en la antigua mansión, al día siguiente me marché a Londres, llevándome el amuleto, después de quemar y enterrar el resto de la impía colección del museo. Pero al cabo de tres noches oí de nuevo el aullido, y antes de una semana comencé a notar unos extraños ojos fijos en mí en cuanto oscurecía. Una noche, mientras paseaba por el Victoria Embankment, vi que una sombra negra oscurecía uno de los reflejos de las lámparas en el agua. Sopló un viento más fuerte que la brisa nocturna y, en aquel momento, supe que lo que había atacado a St. John no tardaría en atacarme a mí.
Al día siguiente empaqueté cuidadosamente el amuleto de jade verde y embarqué hacia Holanda. Ignoraba lo que podía ganar devolviendo el objeto a su silencioso y durmiente propietario; pero me sentía obligado a intentarlo todo con tal de desvanecer la amenaza que pesaba sobre mi cabeza. Lo que pudiera ser el
sabueso, y los motivos para que me hubiera perseguido, eran preguntas todavía vagas; pero yo había oído por primera vez el aullido en aquel antiguo cementerio, y todos los acontecimientos subsiguientes, incluido el moribundo susurro de St. John, habían servido para relacionar la maldición con el robo del amuleto. En consecuencia, me hundí en los abismos de la desesperación cuando, en una posada de Rotterdam, descubrí que los ladrones me habían despojado de aquel único medio de salvación.
Aquella noche, el aullido fue más audible, y por la mañana leí en el periódico un espantoso suceso acaecido en el barrio más pobre de la ciudad. En una miserable vivienda habitada por unos ladrones, toda una familia había sido despedazada por un animal desconocido que no dejó ningún rastro. Los vecinos habían oído durante toda la noche un leve, profundo e insistente sonido, semejante al aullido de un gigantesco sabueso.
Al anochecer me dirigí de nuevo al cementerio, donde una pálida luna invernal proyectaba espantosas sombras, y los árboles sin hojas inclinaban tristemente sus ramas hacia la marchita hierba y las estropeadas losas. La capilla cubierta de hiedra apuntaba al cielo un dedo burlón y la brisa nocturna gemía de un modo monótono procedente de helados marjales y frígidos mares. El aullido era ahora muy débil y cesó por completo mientras me acercaba a la tumba que unos meses antes había profanado, ahuyentando a los murciélagos que habían estado volando curiosamente alrededor del sepulcro.
No sé por qué había acudido allí, a menos que fuera para rezar o para murmurar dementes explicaciones y disculpas al tranquilo y blanco esqueleto que reposaba en su interior; pero, cualesquiera que fueran mis motivos, ataqué el suelo medio helado con una desesperación parcialmente mía y parcialmente de una voluntad dominante ajena a mí mismo. La excavación resultó mucho más fácil de lo que había esperado, aunque en un momento determinado me encontré con una extraña interrupción: un esquelético buitre descendió del frío cielo y picoteó frenéticamente en la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de azada. Finalmente dejé al descubierto la caja oblonga y saqué la enmohecida tapa.
Aquél fue el último acto racional que realicé.
Ya que en el interior del viejo ataúd, rodeado de enormes y soñolientos murciélagos, se encontraba lo mismo que mi amigo y yo habíamos robado. Pero ahora no estaba limpio y tranquilo como lo habíamos visto entonces, sino cubierto de sangre reseca y de jirones de carne y de pelo, mirándome fijamente con sus cuencas fosforescentes. Sus colmillos ensangrentados brillaban en su boca entreabierta en un rictus burlón, como si se mofara de mi inevitable ruina. Y cuando aquellas mandíbulas dieron paso a un sardónico aullido, semejante al de un gigantesco sabueso, y vi que en sus sucias garras empuñaba el perdido y fatal amuleto de jade verde, eché a correr; gritando estúpidamente, hasta que mis gritos se disolvieron en estallidos de risa histérica.
La locura cabalga a lomos del viento..., garras y colmillos afilados en siglos de cadáveres..., la muerte en una bacanal de murciélagos procedentes de las
ruinas de los templos enterrados de Belial... Ahora, a medida que oigo mejor el aullido de la descarnada monstruosidad y el maldito aleteo resuena cada vez más cercano, yo me hundo con mi revólver en el olvido, mi único refugio contra lo desconocido.
F I N 7

H. P. Lovecraft - EL VIEJO TERRIBLE






H. P. Lovecraft
EL VIEJO TERRIBLE

Fue una ocurrencia de Angelo Ricci y Joe Czanek y Manuel Silva el pasar visita al
Viejo Terrible. Este anciano vivía solo en una casa realmente antigua de Water Street, cerca
del mar, y tenía fama de ser sumamente rico y sumamente achacoso, lo que resultaba una
situación de lo más atractiva para los señores Ricci, Czanek y Silva, ya que su profesión no
era ni más ni menos que la del latrocinio.
Los habitantes de Kingsport dicen y piensan muchas cosas sobre el Viejo Terrible que
suelen ocultar al conocimiento de gentes como el señor Rice¡ y sus colegas, a pesar del hecho
casi probado de que guarda una fortuna de magnitud indefinida en algún lugar de su mohosa
y venerable morada. Se trata, verdaderamente, de un personaje muy extraño, al que se supone
que fue en su día capitán de los clipers de las Indias Orientales, tan viejo que nadie puede
recordar ya cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos conocen su verdadero nombre. Entre
los nudosos árboles del patio delantero de su vetusta y abandonada morada, alberga una
extraña colección de grandes piedras, curiosamente agrupadas y pintadas de tal forma que
recuerdan a los ídolos de algún oscuro templo oriental. Esta colección ahuyenta a los
muchachos, que acostumbran a burlarse del Viejo Terrible a causa de sus largos cabellos y
barbas blancas, o a romper las ventanas hechas de pequeños cuadrados de cristal de su casa
con sus crueles proyectiles; pero hay otra cosa que espanta a personas más viejas y curiosas,
que a veces rondan la casa para atisbar a través de los cristales polvorientos. Esas personas
dicen que, en una mesa, en una habitación desnuda, en la planta baja, se halla una multitud de
curiosas botellas, cada una con un trozo de plomo suspendido de un cordel en su interior, a
manera de péndulos. Y dicen que el Viejo Terrible habla con esas botellas dirigiéndose a ellas
por nombres tales como Jack, Cara Marcada, Long Tom, Spanish Joe, Peter y Oficial Ellis, y
que cada vez que habla con una botella el pequeño péndulo del interior oscila claramente a
modo de respuesta. Aquellos que han visto al Viejo Terrible, alto y enjuto, en esos peculiares
diálogos, no han vuelto a espiarle. Pero Angelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no tenían
sangre de Kingsport; pertenecían a ese contingente nuevo y forastero que vive fuera del
encantado círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y en el Viejo Terrible tan sólo
veían a un carcamal tambaleante y casi indefenso, que no podía dar un paso sin ayuda de su
nudoso bastón, y cuyas manos enflaquecidas y debilitadas temblaban de forma patética. A su
manera, se compadecían sinceramente de aquel viejo solitario e impopular, al que todos
evitaban y a quien los perros ladraban de una forma especial. Pero el negocio es el negocio, y
para un ladrón de casta resulta una tentación y un reto un tipo tan viejo y débil, que no tiene
cuenta en el banco y que paga sus pocos gastos en el almacén del pueblo con plata y oro
españoles acuñados dos siglos antes.
Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del 11 de abril para girar su
visita. El señor Ricci y el señor Silva cambiarían unas palabras con el desdichado y anciano
caballero mientras el señor Czanek esperaba por ellos y por su presumible cargamento en
metálico en un coche cubierto, en Ship Street, junto a la puerta del muro trasero de la finca de
su anfitrión. El deseo de no tener que dar innecesarias explicaciones en caso de una
inesperada intrusión policial aceleró los preparativos de una retirada tranquila y discreta.
Como habían planeado, los tres aventureros obraron por separado para evitarse
posteriores sospechas maliciosas. Los señores Ricci y Silva se reunieron en Water Street,
frente a la puerta del anciano, y aunque les disgustó la forma en que la luna iluminaba las
piedras pintadas a través de las ramas de los nudosos árboles, cubiertas de brotes, tenían
cosas más importantes en que pensar que en simples supersticiones ociosas. Temían que el
desatar la lengua del Viejo Terrible acerca de su provisión de oro y plata les resultase una
faena desagradable, ya que los viejos capitanes de barco son notablemente testarudos y
perversos. Pero, aun así, él estaba muy viejo y achacoso, y ellos eran dos a visitarle. Los
señores Ricci y Silva eran expertos en doblegar la voluntad de gentes poco dispuestas, y los
gritos de un hombre tan excepcionalmente débil y venerable podían ser fácilmente
silenciados. Así que se allegaron a una ventana iluminada y escucharon al Viejo Terrible
hablar de manera pueril con sus botellas de péndulos. Entonces se enmascararon y llamaron
cortésmente a la deslucida puerta de roble.
La espera resultó muy larga para el señor Czanek mientras se removía inquieto en el
coche cubierto, junto a la puerta trasera del Viejo Terrible, en Ship Street. Era más aprensivo
de lo ordinario, y no le habían gustado los espantosos gritos que había oído en la vieja casa
momentos después de la hora fijada para el asalto. ¿No les había dicho a sus colegas que
fueran lo más considerados que pudieran con el patético y anciano capitán? Observó muy
nervioso la estrecha puerta de roble en el muro alto y cubierto de hiedra. Con frecuencia
consultaba el reloj, extrañado por el retraso. ¿Había muerto el viejo sin revelar el escondrijo
de su tesoro, obligando a una búsqueda exhaustiva? Al señor Czanek no le gustaba esperar
tanto tiempo en la oscuridad en un sitio así. Entonces sintió un ruido amortiguado de pasos o
un tabaleo en el sendero tras la puerta, escuchó un leve manipular del herrumbroso pestillo y
vio cómo la puerta pesada y angosta se abría. Y al pálido resplandor de una única y débil
lámpara callejera aguzó la vista para distinguir qué habían logrado sus colegas en esa casa
siniestra que parecía amenazarle tan de cerca. Pero cuando vio algo, no fue lo que esperaba;
ya- que sus colegas no estaban allí, sino sólo el Viejo Terrible, apoyado tranquilamente en su
nudoso bastón y sonriendo de forma horrible. El señor Czanek, que no se había fijado nunca
antes en el color de ojos de ese hombre, vio ahora que eran amarillos.
Los pequeños incidentes despiertan considerable revuelo en las poblaciones pequeñas,
por lo que la gente de Kingsport habló toda la primavera y el verano sobre los tres cuerpos
imposibles de identificar que la marea había arrojado a la costa; horriblemente acuchillados,
como por multitud de cortes, y horriblemente destrozados, como pateados por multitud de
tacones. Y algunos aún comentaban sucesos tan triviales como el coche abandonado,
descubierto en Ship Street, o sobre ciertos gritos especialmente inhumanos, probablemente de
algún animal perdido o un pájaro migratorio, escuchados durante la noche por algunos
ciudadanos insomnes. Pero el Viejo Terrible no prestaba ninguna atención a todo este ocioso
chismorreo pueblerino. Era de natural reservado, y, cuando uno es viejo y enfermizo, la
reserva se hace aún mayor. Además, un capitán tan anciano debía haber asistido a montones
de cosas mucho más interesantes en los lejanos días de su olvidada juventud.

H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH - EL SUPERVIVIENTE






H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH
EL SUPERVIVIENTE


Algunas casas, al igual que ciertas personas, delatan a primera vista su predilección por
lo maligno. Quizá sea el efluvio de hechos perversos ocurridos bajo determinado techo,
que permanece mucho tiempo después de que sus realizadores se hayan ido, lo que hace
que se le pongan a uno la carne de gallina y los pelos de punta. Algo de la pasión del
ejecutor del acto, y del horror sentido por su víctima, entra en el corazón del inocente
espectador, quien repentinamente se vuelve consciente de un hormigueo nervioso, de un
escalofrío en la piel y en la sangre...
Algernon Blackwood
Me había propuesto no volver a hablar o escribir sobre la casa Charriere tras mi
huida de Providence en la noche del horrible descubrimiento -hay recuerdos
que todo el mundo desea suprimir, creer que no son ciertos, borrarlos de su
existencia- pero me veo obligado a transcribir ahora mi breve estancia en la casa
de la calle Benefit, y mi precipitada huida de ella. Lo hago por si algún inocente
fuese sometido a presiones injustas por parte de la policía, deseosa de hallar
alguna explicación a su horrible descubrimiento. Ese horror lo experimenté,
antes que cualquier otro humano, ante la vista de algo ciertamente mucho más
terrible que cuanto haya podido verse después, al cabo de tantos años, tras
pasar la casa a ser propiedad municipal, como sabía que ocurriría algún día.
Ciertamente, no cabe esperar de un anticuario que esté tan instruido en lo que
respecta a ciertas antiguas sendas del conocimiento humano como en lo que
concierne a casas antiguas. Sin embargo, cabe pensar que, inmerso en la
investigación del hábitat humano, tropiece en ocasiones con ciertos misterios
considerablemente más complejos que la fecha de un pabellón o la procedencia
de un techo estilo holandés, y logre sacar de ellos determinadas conclusiones,
por increíbles, horribles, espantosas o aun condenables -¡sí, condenables!- que
sean. En los lugares frecuentados por los anticuarios es bien conocido el nombre
de Alijah Atwood; no digo más por modestia, pero cualquier persona que tenga
interés en buscar referencias encontrará, en esos directorios dedicados a la
información para anticuarios, más de un párrafo que trata de mí.
Vine a Providence, Rhode Island, en 1930, con la intención de visitarla
brevemente y seguir luego hacia Nueva Orleáns. Pero vi la casa Charriere en la
calle Benefit, y me atrajo como sólo un anticuario puede ser atraído por una
casa extraña y solitaria en una calle de Nueva Inglaterra, que no era de la
misma época, una casa de cierta antigüedad, con un aura indescriptible que
atraía y repelía al mismo tiempo.
Se decía de la casa Charriere que estaba embrujada, pero eso suele decirse de
cualquier casa vieja y abandonada del nuevo o del viejo mundo, e incluso -si he
de fiarme de los solemnes artículos del Journal of American Folklore- de las
viviendas de los indios americanos, australianos, polinesios y muchos otros. No
es mi intención escribir sobre fantasmas; me bastará decir que ha habido, en el
ámbito de mi experiencia, ciertas revelaciones sin explicación científica alguna,
aunque soy lo suficientemente racional como para pensar que dicha explicación
puede llegar a encontrarse alguna vez, cuando el hombre utilice para su
interpretación un procedimiento científico correcto.
En este sentido, estoy seguro de que la casa Charriere no estaba embrujada.
Ningún fantasma transitaba por sus habitaciones haciendo sonar sus cadenas,
ninguna voz exhalaba lamentos a la medianoche, ninguna figura sepulcral
aparecía a la hora de las brujas para anunciar una muerte próxima. Pero nadie
podía negar que la casa estaba rodeada por un halo no sé si de terror, de
perversión o de horribles misterios; si llego a ser un hombre menos insensible,
esa casa, sin duda, me hubiese hecho perder la razón. El halo resultaba menos
corpóreo que en otras casas que he conocido, pero sugería la existencia de
secretos inconfesables no percibidos en mucho tiempo por ningún ser humano.
Sobre todo, transmitía una poderosa sensación del paso de los siglos, pero de
siglos muy anteriores a la propia edad de la casa; sugería edades remotas,
cuando el mundo era joven. Y era curioso, porque la casa, aunque vieja, tenía
menos de tres siglos.
La observé primero como anticuario, encantado de descubrir una casa, entre
otras características de Nueva Inglaterra, perteneciente al estilo de Quebec del
siglo XVII. Era, por tanto, tan diferente de las vecinas que habría llamado la
atención de cualquier viandante. Había visitado muchas veces Quebec, lo
mismo que otras ciudades viejas del continente americano, pero en esta primera
visita a Providence no venía particularmente en busca de antiguas viviendas,
sino para ver a un colega anticuario de renombre. Fue camino de su casa,
situada en la calle Barnes, cuando pasé por la casa Charriere. Al observar que
no estaba habitada, decidí alquilarla para mí. De todos modos, puede que no lo
hubiese hecho de no haberme incitado la peculiar aversión de mi amigo a
hablar de la casa y el hecho de mostrarse reacio a que yo me acercase a aquel
lugar. Quizá sea injusto con él, ahora que miro hacia atrás y recuerdo que el
pobre hombre, sin saberlo ninguno de los dos, estaba ya en su lecho de muerte.
Sea como sea, hablé con él en su habitación, sentado al borde de la cama, en
lugar de hacerlo en su despacho. Fue allí donde le pregunté acerca de la casa,
describiéndosela para que no hubiese dudas respecto a cuál me refería, ya que
por entonces yo no sabía el nombre ni nada acerca de ella.
Un hombre llamado Charriere, un cirujano francés venido de Quebec, había
sido su dueño. Pero mi amigo Gamwell no sabía quién la había construido. A
Charriere sí le había conocido. «Un hombre alto, de piel áspera. Le vi poco, pero
nadie lo vio mucho más. Se había retirado de la medicina» dijo Gamwell.
Cuando éste conoció la casa, el doctor Charriere ya vivía en ella, como debieron
hacerlo sus antepasados, aunque esto Gamwell no podía asegurarlo. El doctor
Charriere había llevado una vida recluida y había muerto hacía tres años, en
1927, según la noticia oficial aparecida en su día en el Journal de Providence. La
fecha de la muerte del doctor Charriere fue la única que Gamwell pudo
indicarme; todo lo demás se mantenía a oscuras. La casa sólo había sido
alquilada una vez: la había ocupado durante un corto período de tiempo un
profesional y su familia, pero la dejaron después de un mes, quejándose de la
humedad y de los malos olores del vetusto edificio. Desde entonces se
encontraba vacía, pero no podía ser destruida, ya que el doctor Charriere había
dejado en su testamento una considerable suma de dinero para pagar los
impuestos durante muchos años -algunos decían que veinte- y garantizar que la
casa estaría allí en el caso de que los herederos del cirujano la reclamasen. El
doctor Charriere, en una carta, había hecho vagas referencias a un sobrino que
hacía su servicio militar en Indochina. Todos los intentos para encontrar al
sobrino habían sido inútiles, y ahora se dejaba que la casa siguiese en pie hasta
que expirase el período de tiempo que el doctor Charriere había estipulado en
su testamento.
-Voy a alquilarla -le dije a Gamwell.
Enfermo como estaba, mi colega anticuario se apoyó sobre un codo para
incorporarse en el lecho y expresar su disconformidad.
-Un capricho pasajero, Atwood. Olvídelo. He oído cosas inquietantes acerca de
esa casa.
-¿Qué cosas? -le pregunté llanamente.
Pero de esto no quiso hablar; movió la cabeza ligeramente y cerró los ojos.
-Pienso verla mañana -continué.
-No encontrará en ella nada que no pueda encontrar en Quebec, créame -recalcó
Gamwell.
Pero, como dije antes, su extraña manera de oponerse a mi deseo de visitar la
casa no contribuyó sino a aumentar tal deseo. No pensaba quedarme allí para
siempre: solamente alquilarla por seis meses más o menos, como centro de
operaciones mientras visitaba los alrededores de la ciudad y los caminos y
paseos de Providence en busca de antigüedades de esa región. Finalmente
Gamwell accedió a darme el nombre de la firma de abogados en cuyas manos
Charriere había dejado su testamentaría. Después de haber solicitado una
entrevista con ellos y vencido el escaso entusiasmo con que acogieron mi
proposición, me convertí en el amo de la vieja casa Charriere por un período de
no más de seis meses, que podían ser menos, si así lo decidía.
Tomé posesión de la casa en seguida, aunque me dejó algo perplejo comprobar
que se había instalado agua corriente, pero en cambio carecía de corriente
eléctrica. Entre el mobiliario de la casa, que permanecía tal como quedó a la
muerte del doctor Charriere, encontré para alumbrado una docena de lámparas
de varias formas y épocas, algunas aparentemente con más de un siglo de
antigüedad. Esperaba hallar la casa llena de telarañas y de polvo, pero cuál no
sería mi sorpresa cuando comprobé que no era así. Y eso que, según tenía
entendido, los abogados -la firma Baker & Greenbaugh- no estaban encargados
de la limpieza de la casa durante ese medio siglo que -según lo estipulado en el
testamento del doctor Charriere- podía transcurrir hasta que se presentara a
tomar posesión su único heredero.
La casa correspondía exactamente a la imagen que me había hecho de ella.
Abundaba la madera. En algunas habitaciones cuyas paredes habían sido
empapeladas el papel se había despegado, y en otras, el yeso había ido
adquiriendo, con el paso de los años, un tono amarillento. Las habitaciones eran
irregulares y daban la impresión de ser o muy grandes o demasiado pequeñas.
Había dos plantas, pero se veía que el piso de arriba no había sido utilizado
nunca. El de abajo, sin embargo, conservaba las huellas de su antiguo ocupante,
el cirujano. Una de las habitaciones le había servido de laboratorio, y otra anexa,
de despacho. Ambos cuartos parecían haber sido abandonados recientemente
en el curso de alguna investigación, como si su último y efímero ocupante -postmortem
Charriere- no hubiese penetrado en ellos. No me causó extrañeza, ya
que la casa era suficientemente grande como para poder vivir en ella sin
necesidad de utilizar aquellos dos cuartos. Tanto el despacho como el
laboratorio se hallaban en la parte de atrás de la casa y daban sobre un jardín
frondoso, lleno de arbustos y árboles. Extendido a lo largo de toda la parte
posterior de la casa, este jardín era de un tamaño muy considerable, ya que
ocupaba el ancho de tres solares y en profundidad equivalía a uno. Remataba
en un muro de piedra muy alto que lindaba con la calle de atrás.
El estado en que se habían quedado el laboratorio y el estudio indicaban que,
sin lugar a duda, el doctor Charriere se hallaba en plena investigación cuando le
llegó su hora. Por mi parte, confieso que la naturaleza de su trabajo me intrigó
desde el primer momento. Parecía evidente que no se trataba de algo ordinario.
La vista de los extraños y casi cabalísticos dibujos, que parecían cuadros
fisiológicos de diversas especies de saurios, me indujo a pensar que la labor de
investigación emprendida por el doctor Charriere iba más allá del simple
estudio del hombre. Entre aquellos saurios, los más destacados eran del orden
Loricata y de los géneros Crocodylus y Osteolaemus, pero había también otros
dibujos representando el Gavialis, el Tomistoma, el Gaiman y el Alligator, así como
algunos otros reptiles de esta misma especie, aunque anteriores y que
correspondían al período Jurásico. De todas maneras, sé que no fue esa primera
ojeada y la curiosidad que despertó en mí lo que me impulsó a profundizar mi
estudio de la extraña investigación del doctor Charriere. Lo que me arrastró
realmente fue ese halo de misterio -perceptible para un anticuario- que se
desprendía de toda la casa.
La casa Charriere me impresionó desde el primer momento, pues era una casa
totalmente de su época, salvo en el hecho de la posterior instalación de agua
corriente. Tenía la impresión de que había sido el doctor Charriere quien la
había construido. Gamwell, en el curso de la conversación curiosamente elíptica
que habíamos mantenido, no me había dado a entender lo contrario. Pero
tampoco había mencionado la edad que tenía el cirujano el día de su muerte.
Suponiendo que hubiera muerto a los ochenta años, no podía haber sido él
quien había edificado la casa, ya que ésta había sido construida alrededor de
1700, ¡dos siglos antes de la muerte del doctor Charriere! Pensé, por lo tanto,
que el nombre que llevaba la casa era el del último propietario y no el del
constructor. Buscando una explicación racional respecto a este punto, descubrí
algunos hechos desagradablemente inverosímiles.
Por un lado, la fecha del nacimiento del doctor Charriere no aparecía en ningún
sitio. Busqué su tumba: curiosamente, se hallaba en la propia finca. Había
solicitado y obtenido permiso para ser enterrado en el jardín. La sepultura
estaba junto a un viejo y gracioso pozo que parecía haber sido construido más o
menos al mismo tiempo que la casa y permanecía intacto, con su techo, su cubo
y otros accesorios, sin duda tal como habían estado desde que se construyó la
casa. Eché una ojeada a la lápida en busca de la fecha de nacimiento, pero con
desazón observé que en la piedra sólo aparecían su nombre: Jean-François
Charriere; su profesión: cirujano; los lugares en los que había residido o
trabajado: Bayona, París, Pondichérry, Quebec, Providence; y el año de su
muerte: 1927. No había nada más, pero era suficiente para permitirme seguir
investigando más a fondo. Escribí en el acto a amistades de varios lugares en
donde podían investigarse los hechos.
Dos semanas después tenía ante mí los resultados de dichas investigaciones.
Pero lejos de quedar satisfecho, me hallaba más perplejo que nunca. Había
empezado por dirigirme a un corresponsal de Bayona, dando por supuesto que,
ya que éste era el primer lugar mencionado en la lápida, Charriere había nacido
allí. Luego pedí informes a París, después a un amigo de Londres que podía
tener acceso a los archivos de los asuntos británicos en la India, y finalmente a
Quebec. Salvo una relación de fechas, no obtuve ninguna información
interesante. Un Jean-François Charriere había nacido, efectivamente, en Bayona
¡en el año 1636! El nombre no era desconocido en París, ya que un joven de
diecisiete años, llamado Jean-François Charriere, había estudiado con el exiliado
monárquico Richard Wiseman, en 1653, y durante los tres años siguientes. En
Pondichérry, y luego en Caronmandall, en la costa india, un tal doctor JeanFrançois
Charriere, cirujano del ejército francés, había prestado servicio desde
1674 en adelante. Y en Quebec, el dato más antiguo que aparecía del doctor
Charriere se remontaba a 1691. Había practicado en esa ciudad durante seis
años, y abandonó posteriormente la ciudad con destino desconocido
Evidentemente, sólo podía llegarse a una conclusión: el doctor Jean-François
Charriere, nacido en Bayona en 1636 y cuyo último paradero conocido había
sido Quebec, precisamente el mismo año en que se construyó la casa Charriere
de la calle Benefit, era un antepasado del cirujano que había vivido en la casa y
llevaba el mismo nombre. Pero, y aunque así fuese, había una laguna absoluta
entre el año 1697 y la vida del último habitante de la casa, pues en ningún sitio
aparecían datos relativos a la familia de ese primer Jean-François Charriere. No
había ningún dato respecto a la existencia de una señora Charriere o de hijos,
que necesariamente debieron existir para que continuase su descendencia hasta
el presente siglo. Todavía cabía suponer que el viejo señor que había venido de
Quebec era soltero y que, al llegar a Providence, había contraído matrimonio.
Tendría entonces sesenta y un años, Pero la lectura del registro no revelaba que
ese matrimonio se hubiese realizado. Aquello me desconcertó, aunque sabía,
como anticuario, las dificultades que representaba la búsqueda de datos. La
desilusión, pues, no fue tan grande como para hacerme abandonar mis
investigaciones.
Opté por un nuevo procedimiento, y me dirigí a la firma Baker & Greenbaugh
para solicitar información acerca del doctor Charriere. Allí tropecé con algo más
extraño todavía, pues al preguntar acerca del aspecto físico del cirujano francés,
ambos abogados se vieron obligados a admitir que nunca lo habían visto. Todas
sus instrucciones habían llegado por carta, junto con unos cheques por un valor
muy elevado. Habían trabajado para el doctor Charriere durante los seis años
que precedieron a su muerte, y desde entonces hasta la fecha. No habían sido
empleados por él anteriormente.
Les pregunté acerca de ese «sobrino», puesto que la existencia de un sobrino
implicaba la existencia, por lo menos en alguna época, de un hermano o una
hermana de Charriere. Pero por ese camino tampoco conseguí la menor
información. Gamwell me había informado mal: Charriere no había
especificado que se refería a un sobrino, sino que había dicho: «el único varón
superviviente de mi familia». Se había pensado que este superviviente podía ser
un sobrino, pero toda pesquisa había sido inútil. De todas maneras, el
testamento del doctor Charriere decía que no era preciso buscar a su heredero
porque él mismo se dirigiría a la firma Baker & Greenbaugh, bien por carta o
personándose en unos términos inconfundibles que no darían lugar a dudas.
Ciertamente había algo misterioso. Los abogados no lo negaban. Pero también
resultaba evidente que habían sido muy bien recompensados por la confianza
que había sido depositada en ellos y que no iban a traicionarla contándome más
de lo que me habían contado. Después de todo, según dijo razonablemente uno
de los abogados, sólo habían transcurrido tres años desde la muerte del doctor
Charriere, y quedaba aún tiempo suficiente para que el heredero superviviente
se presentase.
Después de aquel fracaso, recurrí de nuevo a mi viejo amigo Gamwell, que
seguía en cama y se encontraba aún más débil. Su médico de cabecera, con
quien me crucé cuando salía de la casa, me dio a entender por primera vez que
Gamwell quizá no volvería a levantarse, y me pidió que procurara no excitarle,
ni cansarle con muchas preguntas. Sin embargo, estaba decidido a averiguar
todo lo que pudiese acerca de Charriere, pese a que la primera sorpresa me la
llevé yo ante el escrutinio al que me sometió Gamwell. Parecía como si mi
amigo esperara que una estancia de menos de tres semanas en la casa Charriere
me hubieran alterado incluso mi aspecto físico.
Charlamos un rato, y le expuse el motivo de mi visita; expliqué que había
encontrado la casa muy interesante y que, por lo tanto, deseaba conocer algo
más de su último ocupante. Gamwell había mencionado que le vio alguna vez.
-Fue hace muchos años -dijo Gamwell-. Si han pasado tres años después de su
muerte, déjame pensar... debió de ser en 1907.
-¡Pero eso fue veinte años antes de que muriese! -exclamé asombrado.
De todas formas, Gamwell insistió en que ésa era la fecha.
¿Y qué aspecto tenía? Insistí con la pregunta.
Desgraciadamente, la senilidad y la enfermedad habían invadido el vivo
intelecto del viejo.
-Coges un tritón, lo haces crecer un poco, le enseñas a andar sobre sus patas
traseras, lo vistes con ropas elegantes -dijo Gamwell- y ya tienes al doctor Jean-
François Charriere. Sólo que su piel era áspera, casi callosa. Un hombre frío.
Vivía en otro mundo.
-¿Cuántos años tenía? -le pregunté- ¿Ochenta?
-¿Ochenta? -se quedó pensativo-. La primera vez que le vi, yo no tenía más de
veinte años y él no aparentaba más de ochenta. Y hace veinte años, mi querido
Atwood, no había cambiado. Parecía tener ochenta años aquella primera vez.
¿O sería la perspectiva de mi juventud? Quizá. Parecía tener ochenta años en
1907. Y murió veinte años después.
-Es decir, a los cien.
-Tal vez.
En fin, tampoco Gamwell pudo proporcionarme gran ayuda. De nuevo, nada
específico, nada concreto, no se perfilaba ningún hecho. Sólo una impresión, un
recuerdo de alguien, pensaba yo, hacia el cual Gamwell sentía antipatía, aunque
él mismo no hubiese sabido decir por qué. Tal vez celos de tipo profesional, que
Gamwell no quería reconocer, falseaban sus propios elementos de juicio.
A continuación me dirigí a los vecinos. Casi todos eran jóvenes y sus recuerdos
del doctor Charriere eran escasos. Sólo le recordaban como un tipo indeseable
porque coleccionaba lagartos, así como otros bichos de esa clase, y se rumoreó
que realizaba diabólicos experimentos en su laboratorio. La única anciana era
una tal señora Hepzibah Cobbett. Vivía en una casita de dos plantas justo detrás
de la valla que limitaba el jardín de la casa Charriere. La encontré muy apagada.
Estaba en una silla de ruedas que empujaba su hija, una mujer de nariz aguileña
y fríos ojos azules, inquisidores detrás de sus quevedos. Pero la anciana se
animó cuando mencioné el nombre del doctor Charriere, y cuando supo que yo
vivía en la casa, empezó a hablar.
-No vivirá ahí mucho tiempo, acuérdese de mis palabras. Es una casa
endemoniada -dijo con una fuerza que, de pronto, degeneró para convertirse en
un parloteo senil-. Más de una vez le he observado. Un hombre alto, jorobado
como una hoz, con una perilla pequeña, igual que la de una cabra. ¿Y qué era
aquello que reptaba entre sus pies? Una cosa negra y larga, demasiado grande
para ser una serpiente; pero yo pensaba en serpientes cada vez que miraba al
doctor Charriere. ¿Y qué eran esos gritos durante la noche? ¿Y qué era lo que
ladraba ante el pozo? ¿Un zorro? Ya. Yo sé lo que es un perro y lo que es un
zorro. Era como un alarido de una foca. He visto cosas, eso sí, pero nadie cree a
una anciana con un pie en la tumba. Y usted, usted tampoco me hará caso,
porque nadie lo hace.
¿Qué podía deducir de todo esto? Quizá la hija tenía razón cuando dijo, al
despedirme: -No haga caso de las divagaciones de mi madre. Padece
arteriosclerosis, lo que, en ciertas ocasiones, le debilita la mente-. Pero yo no
pensaba que la señora Cobbett fuera una débil mental. Recordaba el brillo tan
vivo de sus ojos mientras estaba hablando. Parecía estar en posesión de un
secreto tan prodigioso que ni su guardián, la severa e inflexible hija que
permanecía inmóvil junto a ella, hubiera podido percibir o imaginar siquiera
sus contornos.
Los desengaños me esperaban a la vuelta de cada esquina. La suma de los datos
que había conseguido reunir basta entonces no me proporcionaba mayor
información que cada dato aislado. Archivos de periódicos, bibliotecas,
registros, lo intenté todo. Pero lo único que podía encontrarse era la fecha en
que se había construido la casa: 1697, y la de la muerte del doctor Jean-François
Charriere. Si algún otro Charriere había muerto en esta ciudad, no había señal
de ello en ningún sitio. Me parecía inconcebible que todos los miembros de la
familia Charriere, anteriores al antiguo inquilino de la casa de la calle Benefit,
hubiesen muerto fuera de Providence, y sin embargo debía de haber sucedido
así, ya que no encontraba otra explicación posible.
En la casa descubrí un retrato. Pese a que no llevaba ningún nombre inscrito,
por las iniciales J. F. C. supuse que se trataba del doctor Charriere. El cuadro,
que estaba colgado en un rincón apartado y casi inaccesible del piso superior,
representaba una cara delgada y ascética, con una barba desordenada; lo que
más resaltaba en ese rostro eran los pómulos salientes que acentuaban el
hundimiento de las mejillas y el brillo de los ojos negros. En general, su aspecto
era desvaído y siniestro.
En vista de la imposibilidad de obtener más información por otros medios,
decidí dedicarme de nuevo al examen de los papeles y libros dejados en el
despacho y el laboratorio del doctor Charriere. Hasta entonces me había
ausentado mucho de la casa en busca de información acerca del pasado del
doctor Charriere, y ahora me había recluido en ella casi con la misma
obstinación. Quizá debido a esta reclusión percibí con mayor fuerza el halo
misterioso de la casa -a nivel psíquico tanto como físico-. Ahora, por vez
primera, llegaba a notar la extraña mezcla de olores que habían decidido al
efímero inquilino y a su familia a abandonar la casa apenas alquilada. Algunos
de ellos eran los aromas típicos y comunes de todas las casas viejas, pero otros
me eran totalmente desconocidos. Sin embargo, logré identificar fácilmente el
olor predominante: lo había percibido ya en otras ocasiones, en jardines
zoológicos y en las proximidades de ciertos pantanos de aguas estancadas. Se
trataba de un miasma que, con una fuerza increíble, sugería la presencia
cercana de reptiles. Cabía admitir la posibilidad de que ciertos reptiles hubiesen
llegado, a través de la ciudad, hasta el refugio que les podía proporcionar el
jardín de la casa Charriere. En cambio, lo que sí parecía inconcebible era que
hubiese llegado hasta allí una cantidad tan grande de ellos como para llenar la
casa entera de su hedor. Pero por mucho que busqué no logré encontrar el lugar
de donde emanaba ese olor a reptil, ni dentro ni fuera de la casa. Cuando se me
ocurrió que podía provenir del pozo, pensé que sin duda se trataba de una
ilusión mía, provocada por mi deseo de encontrar alguna explicación racional.
El olor persistía. Noté también que aumentaba con la lluvia, pues es bien sabido
que con la humedad se acentúan los olores. Como la casa también estaba
húmeda, la brevedad de la estancia del último inquilino era comprensible. Lo
cierto era que éste no se había equivocado. A mí, personalmente, si bien aquel
hedor llegó a desagradarme en ocasiones, no me inquietaba -al menos no tanto
como me inquietaban otros aspectos de la casa.
Parecía que la vieja casa había empezado a protestar contra mi intromisión en el
despacho y en el laboratorio. En efecto, empecé a tener ciertas alucinaciones que
se hicieron cada vez más frecuentes. Por una parte, durante la noche oía un
extraño ladrido que parecía provenir del jardín. Por otra parte, y también
durante la noche, veía algo como una extraña y encorvada figura de reptil
rondando por el jardín, cerca de las ventanas del despacho. Pese a que esta y
otras visiones se repetían, me empeñé en considerarlas como meras
alucinaciones personales. Lo conseguí hasta aquella fatídica noche en que oí un
ruido esta vez inconfundible: era como si alguien se estuviera bañando en el
jardín. Me desperté de mi sueño convencido de que ya no estaba solo en la casa.
Me levanté, me puse la bata y las zapatillas, encendí una lámpara y corrí hacia
el despacho.
Lo que mis ojos presenciaron allí me indujo a creer que estaba soñando aún. Mi
pesadilla parecía generada directamente por la naturaleza de ciertas lecturas
que acababa de hacer indagando entre los papeles del doctor Charriere. Porque
se trataba de una pesadilla, en ese momento no me cabía la menor duda,
aunque apenas pude divisar al intruso, el intruso que había penetrado en el
despacho, llevándose unos papeles del doctor Charriere. La luz amarillenta y
tenue de la lámpara que mantenía en alto me cegaba parcialmente. Tan sólo
veía brillar algo negro y como viscoso. Luego, en el momento en que saltaba por
la ventana abierta hacia la oscuridad del jardín, pude verlo entero. Aquello no
duró más que un instante, pero me pareció que llevaba un traje muy ajustado al
cuerpo y hecho de un extraño material áspero y oscuro. No habría dudado en
perseguirlo si no hubiera visto, a la luz de la lámpara, una serie de cosas
inquietantes.
El intruso había dejado sus huellas en el suelo. Eran pisadas irregulares y
mojadas. Pero lo más extraño era la forma misma de los pies que dibujaban:
unos pies anormalmente anchos, con uñas tan largas que habían dejado su
marca delante de cada dedo. En el lugar en que el intruso había permanecido
inclinado sobre los papeles había charcos de agua. El ambiente estaba saturado
de ese fuerte olor a reptil, el mismo que yo había comenzado a aceptar como
parte integrante de la casa, pero tan fuerte ahora que me sentí tambalear y
estuve a punto de desmayarme.
Sin embargo, mi interés por los documentos era más fuerte que el miedo o la
curiosidad. En ese momento la única explicación racional que se me ocurrió fue
que uno de los vecinos que atribuían ciertos poderes maléficos a la casa
Charriere -y habían decidido no abandonar sus gestiones hasta conseguir que
fuese destruida-, había estado nadando antes de venir a invadir el estudio.
Aquella circunstancia me parecía poco convincente pero si la rechazaba ¿cómo
explicar entonces lo que yo mismo acababa de presenciar?
Fijándome en los documentos, noté inmediatamente la desaparición de varios
de ellos. Afortunadamente, los que faltaban eran los que había leído ya y que
había dejado amontonados en una pila, sin ordenarlos siquiera. No lograba
entender el valor que aquellos papeles podían tener para nadie, a no ser que
alguna otra persona estuviera tan interesada como yo, quizá con el fin de
reclamar para sí la propiedad de la casa y los terrenos. Todos ellos eran apuntes
relativos a la longevidad de los cocodrilos, los caimanes y otros reptiles. Para
mí, era ya evidente desde hacía algún tiempo que el doctor Charriere se había
volcado de forma obsesiva en el estudio de la longevidad de los reptiles y de
sus causas con el fin de aprender cómo el hombre podría llegar a alargar su
propia vida. Hasta entonces nada en esos apuntes me había inducido a pensar
que el doctor Charriere hubiera descubierto los secretos de esa longevidad. Tan
sólo algunos párrafos alarmantes sugerían la posibilidad de que hubiera
sometido a «operaciones» a alguien -no especificaba quién- con el fin de
alargarle la vida.
En realidad, existía también otra clase de notas escritas, según me pareció a mí,
por el doctor Charriere. Sin embargo, en su contenido se apartaban de la
investigación más o menos científica seguida por éste en torno a la longevidad
de los reptiles. Se trataba de una serie de enigmáticas referencias a ciertas
criaturas mitológicas, entre las cuales dos eran frecuentemente citadas:
«Cthulhu» y «Dagon». Eran, por lo visto, deidades del mar en alguna mitología
muy antigua y de la que nunca había oído hablar hasta entonces. Los
misteriosos apuntes se referían también a otros seres (¿hombres?), llamados
‘Los Profundos’, que gozaban de una longevidad muy larga y estaban al
servicio de esos dioses antiguos. Eran evidentemente unos seres anfibios que
vivían e las profundidades de los océanos. Entre aquellos apuntes se
encontraban las fotografías de una estatua monolítica particularmente horrenda
y con marcados rasgos saurios. Estaban acompañadas del texto siguiente:
«Costa Este de la Isla de Hivaoa, Marquesas. ¿Ídolo?» En otras fotografías
aparecía un tótem de los indios de la costa noroeste. Su parecido con la primera
estatua era inquietante: la misma anchura, los mismos rasgos acusados de
reptil. Sobre una de esas fotos, el doctor Charriere había anotado: «Tótem de los
indios Kwakiutl. Estrecho de Quatsino. Parecido a los construidos por ind.
Tlingit.» Estas extrañas anotaciones demostraban claramente que su autor
estaba dispuesto a estudiar cualquier antiguo rito de brujería, cualquier
superstición religiosa primitiva, con tal de que aquello le sirviera para alcanzar
su objetivo.
No tardé mucho en darme cuenta de cuál era la naturaleza de ese objetivo. El
doctor Charriere, evidentemente, no se había volcado en el estudio de la
longevidad por puro amor al estudio. No, lo que él pretendía con ello era
conseguir alargar su propia vida. Y en sus apuntes ciertos indicios
espeluznantes daban a entender que, al menos parcialmente, había tenido éxito.
Este era un descubrimiento desagradable, que me impedía apartar de mi mente
el recuerdo del extraño misterio que envolvía los últimos años y la muerte del
primer Jean-François Charriere, cirujano también, así como el nacimiento del
último doctor Jean-François Charriere, muerto en Providence en el año 1927.
Aunque los acontecimientos de aquella noche no me habían asustado
excesivamente, opté por comprar una pistola Luger de segunda mano y una
linterna. La lámpara me había impedido ver durante la noche, cosa que, en
idénticas circunstancias, no me ocurriría con una linterna. Si el visitante
nocturno había sido uno de los vecinos, estaba seguro de que esos papeles no
harían otra cosa que llamar su atención y, tarde o temprano, volvería. Ante esa
posibilidad deseaba estar preparado. En caso de que sorprendiera nuevamente
al merodeador en la casa que yo había alquilado, estaba decidido a disparar si
no obedecía a mi orden de alto. Por supuesto, era un caso extremo al que no
deseaba llegar.
La noche siguiente reanudé mi lectura de los libros y papeles del doctor
Charriere. Era indudable que muchos de los libros habían pertenecido a
antepasados suyos, pues databan de siglos atrás. Una de las obras, escrita por R.
Wiseman y traducida del inglés al francés, apoyaba la tesis de una relación
existente entre el doctor Jean-François Charriere, alumno de Wiseman en París,
y ese otro cirujano del mismo nombre que había vivido hasta hacía poco en
Providence, Rhode Island.
En conjunto, era un curioso batiburrillo de libros. Los había en casi todos los
idiomas conocidos, desde el francés hasta el árabe. Me era imposible traducir la
mayor parte de los títulos, aunque leía francés y tenía ciertas nociones de otras
lenguas románicas. Me era totalmente incomprensible el significado de un título
como Unaussprechlichen Kulten, de Von Junzt, y si sospechaba que se trataba de
un libro del mismo estilo que el Cultes des Goules, del conde d'Erlette, era porque
se hallaba colocado junto a él. Libros de zoología estaban mezclados con
gruesos tomos que trataban de antiguas culturas. Y en esa mezcolanza se
encontraban publicaciones como Un Estudio sobre la Relación Existente entre los
Habitantes de Polinesia y las Culturas del Continente Suramericano con Especial
Referencia a Perú; Los Manuscritos Pnakóticos; De Furtivis Literarum Notis, de
Giambattista Porta; la Criptografía, de Thicknesse; el Daemonolatreia, de
Remigius; La Era de los Saurios, de Banfort; una colección del Transcript, de
Aylesbury, Massachusetts, etcétera. Era indudable que, por su antigüedad,
muchos de estos libros eran valiosísimos. Gran cantidad de ellos habían sido
editados entre 1670 y 1820 y se encontraban en perfecto estado de conservación,
pese a haber sido constantemente manipulados.
Sin embargo, aquellas obras tenían poco interés para mí. A veces pienso que
por no haber dedicado un poco más de tiempo a su examen perdí en esa
ocasión la oportunidad de aprender aún más de lo que aprendería luego; pero
el dicho afirma que tener demasiados conocimientos acerca de temas que el
hombre haría mejor en ignorar es más pernicioso que tener pocos. Otro de los
motivos que me impulsaron a abandonar tan pronto el examen de todos
aquellos libros fue un descubrimiento que hice. Oculto entre ellos encontré algo
que, a primera vista, me pareció un diario. Un examen más minucioso me
convenció de que aquello no era tal cosa, sino una simple libreta, porque las
primeras fechas apuntadas en ella eran tan remotas que no podían
corresponder a ningún momento de la vida del doctor Charriere, por muchos
años que hubiese logrado vivir. Y sin embargo, era evidente que, desde las
primeras y más antiguas hojas hasta las últimas y más recientes, todas las
anotaciones habían sido escritas por la misma mano. En todas ellas se reconocía
la pequeña y angulosa letra del difunto cirujano. Supuse entonces que,
recopilando viejos papeles, el doctor Charriere había encontrado ciertas notas
de su interés y decidido copiarlas en su libreta para poder tenerlas reunidas y
ordenadas por orden cronológico. Además de las anotaciones, en aquellas
páginas figuraban también unos dibujos que producían indudablemente una
gran impresión, pese a la poca maestría con que habían sido realizados. En
cierto sentido, recordaban a las primeras obras de ciertos artistas autodidactas.
La primera página del manuscrito empezaba con la nota siguiente: «1851.
Arkham. Aseph Goade, P.» A continuación venía lo que me pareció ser el
retrato de Aseph Goade. Era un dibujo en el que determinados rasgos de su
fisonomía -más propios de un batracio que de un hombre- habían sido
intencionadamente realzados. Tenía la boca anormalmente ancha, los labios
como de cuero cuarteado, la frente muy baja y ojos que parecían recubiertos por
una membrana; era una fisonomía chata, claramente similar a la de una rana. El
dibujo ocupaba casi la totalidad de la página. Del texto que le acompañaba
deduje que se trataba del relato del descubrimiento -en el campo de la pura
investigación intelectual, pues era imposible de toda evidencia que existiera
semejante criatura- de una especie subhumana (¿podía la inicial «P» referirse a
«Los Profundos», cuyo nombre había leído en notas anteriores?) Para el doctor
Charriere, en cambio, aquel ejemplar de esa especie subhumana era una
realidad, una verificación en el curso de su investigación, que le permitiría
demostrar la existencia de un parentesco entre el batracio y el hombre y, por lo
tanto, entre éste y el saurio.
A continuación venían otros apuntes de la misma naturaleza. La mayoría de
ellos eran un tanto ambiguos -quizá a propósito- y, a primera vista, parecían no
tener ningún sentido. ¿Qué podía yo sacar de una página como ésta?:
1857 San Agustín. Henry Bishop. Piel cubierta de escamas aunque no
ictiológicas. Debe tener 107 años. Ningún proceso de degeneración. Todos los
sentidos muy agudos. Origen incierto, algunos antepasados dedicados al
comercio en Polinesia.
1861. Charleston. Familia Balzac. Piel de las manos cubierta de costras.
Mandíbula doble. Toda la familia presenta las mismas características. Anton 117
años. Anna 109 años. Infelices lejos del agua.
1863. Innsmouth. Familias Marsh, Waite, Eliot y Gilman. El Capitán Obed
Marsh, comerciante en Polinesia, contrajo matrimonio con una nativa. Todos
con características faciales similares a las de Aseph Goade. Vida apartada. Las
mujeres raras veces vistas por las calles, pero mucha natación durante la noche -
familias enteras nadando en dirección al Arrecife del Diablo, mientras el resto
de la ciudad permanecía en sus casas-. Notable relación con P. Tráfico
considerable entre Innsmouth y Ponapé. Algunas ceremonias religiosas
secretas.
1871. Jed Price, atracción de ferias. Conocido como el «Hombre Caimán».
Aparece en estanques llenos de caimanes. Aspecto saurio. Mandíbula hundida.
Reputado por sus dientes puntiagudos, pero imposible determinar si eran
naturalmente así o si habían sido afilados.
Esta era en general la sustancia de las anotaciones reunidas en la libreta.
Aquellas notas hacían referencia a diversos puntos del continente, desde el
Canadá hasta México, pasando por la Costa Este de Norteamérica. Desde aquel
momento se hizo patente la extraña obsesión del doctor Jean-François
Charriere, que le empujaba a comprobar la longevidad de ciertos seres
humanos que, en sus mismos rasgos, parecían mostrar algún parentesco con
antepasados saurios o batracios.
Indudablemente, si se conseguía admitir la realidad de aquellos hechos -sin
interpretarlos como una pintoresca y colorida descripción de personas
marcadas por ciertos acusados defectos físicos- cabía reconocer el peso de la
evidencia buscada por el doctor Charriere para corroborar extraña y
provocativamente su propia creencia. Sin embargo, y en muchos aspectos, el
cirujano no había pasado de hacer puras conjeturas. Parecía que lo único que
pretendía era establecer una relación entre los datos recopilados. Esa relación la
había buscado en las doctrinas de tres civilizaciones distintas. La más conocida
estaba contenida en las leyendas vudús de la cultura negra. Inmediatamente
después, la doctrina que había generado los cultos a los animales en el antiguo
Egipto. Finalmente, la tercera y la más importante de todas, según las
anotaciones del cirujano, era una cultura completamente extraña y tan vieja
como la tierra misma, o más aún. Era la civilización de unos Dioses
Arquetípicos, de su terrible e incesante conflicto con los Primigenios, tan
primitivos como ellos mismos y que se llamaban Cthulhu, Hastur, Yog-Sothoth,
Shub-Niggurath, Nyarlathotep y nombres similares. Esos tenían a su servicio
unos seres tan extraños como podían serlo el Pueblo Tcho-Tcho, los Profundos,
los Shantaks, los Abominables Hombres de las Nieves, y otros más. Al parecer,
algunos de ellos eran seres subhumanos; en cuanto a los demás, o eran criaturas
en vía de transformación, o no eran humanos en absoluto. El resultado de la
investigación del doctor Charriere era fascinante, pero en ningún momento
había establecido y menos aún comprobado una relación definitiva. Se
encontraban ciertas referencias a los saurios en el culto vudú; existían relaciones
similares con la cultura religiosa del antiguo Egipto; y aparecían oscuras y
sugerentes referencias a una relación con los saurios representados por el mítico
Cthulhu, en una época anterior al Crocodilus y al Gavialis; y aún antes del
Tyrannosaurus y del Brontosaurus, del Megalosaurus y otros reptiles de la era
mesozoica.
Además de estas interesantes notas, había diagramas de lo que parecían ser
extrañísimas operaciones y cuya naturaleza no comprendía en ese momento.
Aparentemente habían sido copiados de antiguos textos, entre ellos una obra de
Ludvig Prinn, titulada De Vermis Mysteriis, frecuentemente citada como fuente
de referencias y que me era también totalmente desconocida. Las operaciones
en sí mismas sugerían una raison d’être demasiado aterradora para poder
aceptarla; una de ellas, por ejemplo, cuyo propósito era estirar la piel, consistía
en realizar muchas incisiones para «permitir el crecimiento». Otra explicaba
cómo un sencillo corte en cruz en la base de la columna vertebral era suficiente
para lograr «una extensión del hueso de la cola». Lo que estos fantásticos
diagramas sugerían era demasiado horrible para ser contemplado, pero sin
duda formaba parte de la extraña investigación realizada por el doctor
Charriere. A partir de ese momento, su reclusión me pareció sobradamente
justificada: un estudio como éste no podía llevarse a cabo más que en secreto si
se quería evitar la burla de todos los científicos.
En estos papeles pude leer también la descripción de esas experiencias. Estaban
relatadas de tal modo que no podía tratarse más que de experiencias vividas
por el propio narrador. Sin embargo, eran anteriores a 1850 -en algunos casos
en varias décadas- aunque, como todas las demás notas, estaban escritas de
puño y letra del doctor Charriere. En este caso preciso, era indudable que no se
trataba del relato de experiencias ajenas. No me quedaba ya otra opción que la
de admitir que era más que octogenario en el momento de su muerte, y
muchísimo más, tanto que empecé a sentirme molesto y a no poder apartar de
mi mente a ese otro doctor Charriere que había existido antes que él
La suma total del credo del doctor Charriere tenía como resultado la poderosa e
hipotética convicción de que el ser humano podía, por medio de operaciones y
otras prácticas tan extrañas como macabras, obtener algo de la longevidad
característica de los saurios; que a la vida de un hombre se le podía añadir tanto
como siglo y medio, o quizá dos siglos. Al finalizar ese período, el individuo se
retiraba a algún lugar húmedo para dejarse caer en un estado de
semiinconsciencia, que venía a ser una especie de gestación, hasta el momento
en que se despertaba, con ciertas alteraciones en su aspecto y comenzaba otra
larga vida. Dados los cambios fisiológicos que sufría durante aquellos períodos
de gestación, el individuo se adaptaba a un modelo de existencia distinto en
cada una de sus vidas. Para justificar esta teoría, el doctor Charriere se había
apoyado únicamente en un gran número de leyendas, algunos datos de
naturaleza similar, y relatos especulativos de curiosas mutaciones humanas que
se habían dado en los últimos doscientos noventa y un años. Esa cifra cobró un
significado mayor para mí cuando caí en la cuenta de que ese era justo el
tiempo que había transcurrido desde la fecha de nacimiento del primer doctor
Charriere hasta el día de la muerte del otro cirujano. No obstante, en todo ese
material no había nada que sugiriera un procedimiento concreto de tipo
científico, con pruebas aducibles. Sólo se daban indicios y vagas sugerencias,
quizá suficientes para llenar de horribles dudas y de un convencimiento
espantoso y a medio cuajar a un lector fortuito, pero que no podían llegar a
satisfacer el rigor de cualquier hombre de ciencia.
¿Hasta qué punto habría seguido profundizando en la investigación del doctor
Charriere? Lo ignoro.
Quizá habría ido mucho más lejos si no hubiera ocurrido aquello que me hizo
gritar de horror y huir de la casa de Benefit Street, dejando que ella y su
contenido siguiesen esperando al superviviente que, ahora sí lo sé, no se
presentará nunca. Ahora ya no tiene remedio; la casa es propiedad municipal y
será destruida.
Estaba examinando estos «hallazgos» del doctor Charriere, cuando me di
menta, con eso que la gente llama el «sexto sentido», de que estaba siendo
observado detenidamente. No queriendo volverme, hice lo siguiente: abrí mi
reloj de bolsillo y colocándolo delante de mí utilicé el pulido y brillante interior
del estuche a modo de espejo, para que en él se reflejaran las ventanas que
estaban a mis espaldas. Y vi ahí, reflejada difusamente, la más horrible
caricatura que pueda imaginarse de un rostro humano. Me dejó tan estupefacto
que, sin pensarlo, volví la cabeza para observarlo directamente. Pero no había
nada en la ventana, excepto la sombra de un movimiento. Me levanté, apagué la
luz, y me acerqué a la ventana. Una silueta alta, curiosamente encorvada que,
medio agachada y arrastrando los pies, se dirigía hacia la oscuridad del jardín:
¿fue realmente eso lo que vi? Creo que sí. Pero no estaba tan loco como para
perseguirle. Quienquiera que fuese, vendría otra vez, como había venido la
noche anterior.
De modo que, mientras esperaba, me puse a sopesar las distintas explicaciones
que me venían a la mente. Impresionado aún por mi visitante nocturno,
confieso que coloqué, encabezando la lista de sospechosos, a los vecinos que se
oponían a que la casa Charriere siguiese en pie. Posiblemente pretendían
asustarme para que me marchara, pues ignoraban que mi estancia en la casa iba
a ser tan breve. Cabía pensar también en la posibilidad de que hubiese algo en
el estudio que deseaban obtener. Pero esa eventualidad no me pareció muy
convincente, porque si tal era su intención, habían tenido tiempo de sobra para
conseguirlo durante el largo período en que la casa estuvo deshabitada. Lo
cierto es que en ningún momento se me ocurrió pensar en la verdadera
explicación de los hechos. No soy más escéptico que cualquier otro anticuario;
pero la aparición de mi visitante, lo confieso, no me sugirió nada que hubiera
podido relacionar con su verdadera identidad, a pesar de todas las
circunstancias coincidentes que podían tener cierto significado para mentes
menos científicas que la mía.
Sentado allí en la oscuridad, me sentía más impresionado que nunca por la
atmósfera de la vieja casa. La misma oscuridad parecía tener vida propia; no le
influía la vida de Providence que la rodeaba y que, sin embargo, se hallaba tan
lejos. Estaba poblada de residuos psíquicos dejados por el paso de los años: el
olor persistente de la humedad, sumado a ese otro tan peculiar y característico
de ciertas zonas en los parques zoológicos donde viven los reptiles; el olor a
madera vieja mezclado con ese otro que desprendía la piedra de las paredes en
el sótano, aroma de material descompuesto porque, con el tiempo, la madera
tanto como la piedra habían ido deteriorándose. Pero había algo más: el
vaporoso indicio de una presencia animal, que parecía incrementarse de minuto
en minuto.
Estuve esperando así cerca de una hora, antes de percibir algún ruido.
Cuando lo oí, fue irreconocible. Al principio me pareció que era un ladrido,
algo muy similar al sonido emitido por los caimanes; pero pensé que sería mi
imaginación febril, y que no había sido más que el ruido de una puerta al
cerrarse. Pasó algún tiempo antes de que volviese a oír algún otro sonido: el
crujido de unos papeles. ¡El intruso había logrado entrar en el estudio delante
de mis propias narices sin que lo advirtiera! Estaba estupefacto y encendí la
linterna que tenía enfocada hacia la mesa.
Lo que vi fue algo increíble, espantoso. Lo que allí había no era un hombre, sino
la absoluta desfiguración de un hombre. Sé que en ese mismo instante pensé
que perdería el conocimiento. Pero el sentido de la necesidad ante el eminente
peligro me invadió y, sin pensarlo, disparé cuatro veces. Por la poca distancia
que nos separaba, sabía positivamente que cada disparo había dado en el
cuerpo bestial que se inclinaba sobre la mesa del doctor Charriere en el oscuro
estudio.
De lo que sucedió inmediatamente después, afortunadamente recuerdo muy
poco: un cuerpo revolcándose, la huida del intruso, y mi confusa carrera en
persecución. Era evidente que le había herido, porque había manchado el suelo
de sangre, desde la mesa del estudio hasta la ventana por la que había saltado,
atravesando y rompiendo el cristal. Salí afuera y, a la luz de mi linterna, seguí
las huellas sangrientas. Aunque no hubiera estado desangrándose, el fuerte olor
que despedía y que se percibía en el aire de la noche me habría permitido
seguirle.
Me llevó por el jardín, no muy lejos de la casa, directamente al borde del pozo
que estaba detrás de ella. Desde allí, las huellas seguían hacia el interior del pozo.
A la luz de la linterna, vi entonces, y por primera vez, los escalones, hábilmente
construidos, que bajaban al oscuro interior. Era tan grande la pérdida de sangre
que encharcaba el borde del pozo, que estaba seguro de haber herido
mortalmente al intruso. La confianza de que así había sido me impulsó a
seguirle más adentro, a pesar del eminente peligro.
¡Ojalá hubiese dado media vuelta y me hubiese alejado de aquel maldito lugar!
Pero seguí adelante y bajé por las escaleras situadas contra la pared del pozo,
que no conducían a la superficie del agua, sino a un agujero, el cual comunicaba
con un túnel que atravesaba el muro del pozo y se adentraba profundamente en
el jardín. Movido ahora por un ardiente deseo de conocer la identidad de mi
víctima, me introduje en el túnel, sin apenas darme cuenta de la húmeda tierra
que manchaba mi ropa. Con la linterna alumbraba hacia delante, y tenía mi
arma preparada. Más allá había una especie de caverna -lo suficientemente
grande como para que cupiera un hombre arrodillado- y, en medio de la luz
emitida por mi linterna, apareció un ataúd. Al verlo dudé un instante, pues me
di cuenta que la desviación del túnel conducía a la tumba del doctor Charriere.
Pero había llegado demasiado lejos para poder retroceder.
El hedor en este espacio era indescriptible. La atmósfera del túnel entero estaba
impregnada de ese nauseabundo olor a reptil, pero ahora se había vuelto tan
denso que tuve que hacer un gran esfuerzo para acercarme al ataúd. Llegué a él
y vi que estaba destapado. Los charcos de sangre llegaban hasta el mismo
féretro que habían manchado. Con una mezcla de curiosidad y de temor ante lo
que iba a ver, me incorporé cuanto pude. Temblando, alumbré con la linterna el
interior del ataúd...
Habrá quien diga que mi memoria no es muy de fiar, dada la cantidad de años
que han transcurrido, pero lo que vi allí ha quedado grabado para siempre en
mi memoria. Bajo la luz de mi linterna yacía un ser que acababa de morir, y
cuya existencia implicaba una serie de cosas espeluznantes. Esta era la criatura
que yo había matado. Mitad hombre, mitad saurio, era el macabro recuerdo de
lo que una vez había sido un ser humano. Sus ropas estaban rotas, desgarradas
por las horribles mutaciones de su cuerpo; la piel, cubierta de costras; sus
manos y sus pies descalzos eran planos, de aspecto fuertes, parecidos a unas
garras. Aterrado, noté también el apéndice en forma de cola que había crecido
en la base de la columna vertebral, y su mandíbula horriblemente alargada, una
mandíbula de cocodrilo en la que aún crecía una mota de pelo, como la barba
de una cabra...
Todo esto fue lo que vi antes de poder abandonarme a un desmayo bienhechor,
pues ya había reconocido lo que yacía en el ataúd. Había permanecido allí
desde 1927 en una semiinconsciencia cataléptica, esperando el momento de
volver a la vida, con un aspecto horrorosamente alterado. Era el doctor Jean-
François Charriere, cirujano, nacido en Bayona en el año 1636 y «muerto» en
Providence en 1927. ¡Ahora ya sabía que el superviviente de quien hablaba en
su testamento no era otro que él mismo, nacido otra vez, devuelto a la vida por
el conocimiento endemoniado de ritos más antiguos que la propia humanidad,
y ya olvidados, tan antiguos como los primeros días de la tierra, cuando las
grandes bestias luchaban y se destruían entre sí!

H. P. Lovecraft EL ALQUIMISTA




H. P. Lovecraft
EL ALQUIMISTA
Allá en lo alto, coronando la herbosa cima un montículo escarpado, de falda cubierta
por los árboles nudosos de la selva primordial, se levanta la vieja mansión de mis
antepasados. Durante siglos sus almenas han contemplado ceñudas el salvaje y accidentado
terreno circundante, sirviendo de hogar y fortaleza para la casa altanera cuyo honrado linaje
es más viejo aún que los muros cubiertos de musgo del castillo. Sus antiguos torreones,
castigados durante generaciones por las tormentas, demolidos por el lento pero implacable
paso del tiempo, formaban en la época feudal una de las más temidas y formidables fortalezas
de toda Francia. Desde las aspilleras de sus parapetos y desde sus escarpadas almenas,
muchos barones, condes y aun reyes han sido desafiados, sin que nunca resonara en sus
espaciosos salones el paso del invasor.
Pero todo ha cambiado desde aquellos gloriosos años. Una pobreza rayana en la
indigencia, unida a la altanería que impide aliviarla mediante el ejercicio del comercio, ha
negado a los vástagos del linaje la oportunidad de mantener sus posesiones en su primitivo
esplendor; y las derruidas piedras de los muros, la maleza que invade los patios, el foso seco
y polvoriento, así como las baldosas sueltas, las tablazones comidas de gusanos y los
deslucidos tapices del interior, todo narra un melancólico cuento de perdidas grandezas. Con
el paso de las edades, primero una, luego otra, las cuatro torres fueron derrumbándose, hasta
que tan sólo una sirvió de cobijo a los tristemente menguados descendientes de los otrora
poderosos señores del lugar.
Fue en una de las vasta y lóbregas estancias de esa torre que aún seguía en pie donde
yo, Antoine, el último de los desdichados y maldecidos condes de C., vine al mundo, hace
diecinueve años. Entre esos muros, y entre las oscuras y sombrías frondas, los salvajes
barrancos y las grutas de la ladera, pasaron los primeros años de mi atormentada vida. Nunca
conocí a mis progenitores. Mi padre murió a la edad de treinta y dos, un mes después de mi
nacimiento, alcanzado por una piedra de uno de los abandonados parapetos del castillo; y,
habiendo fallecido mi madre al darme a luz, mi cuidado y educación corrieron a cargo del
único servidor que nos quedaba, un hombre anciano y fiel de notable inteligencia, que
recuerdo que se llamaba Pierre. Yo no era más que un chiquillo, y la carencia de compañía
que eso acarreaba se veía aumentada por el extraño cuidado que mi añoso guardián se tomaba
para privarme del trato de los muchachos campesinos, aquellos cuyas moradas se
desperdigaban por los llanos circundantes en la base de la colina. Por entonces, Pierre me
había dicho que tal restricción era debida a que mi nacimiento noble me colocaba por encima
del trato con aquellos plebeyos compañeros. Ahora sé que su verdadera intención era
ahorrarme los vagos rumores que corrían acerca de la espantosa maldición que afligía a mi
linaje, cosas que se contaban en la noche y eran magnificadas por los sencillos aldeanos
según hablaban en voz baja al resplandor del hogar en sus chozas.
Aislado de esa manera, librado a mis propios recursos, ocupaba mis horas de infancia
en hojear los viejos tomos que llenaban la biblioteca del castillo, colmada de sombras, y en
vagar sin ton ni son por el perpetuo crepúsculo del espectral bosque que cubría la falda de la
colina. Fue quizás merced a tales contornos el que mi mente adquiriera pronto tintes de
melancolía. Esos estudios y temas que tocaban lo oscuro y lo oculto de la naturaleza eran lo
que más llamaban mi atención.
Poco fue lo que me permitieron saber de mi propia ascendencia, y lo poco que supe
me sumía en hondas depresiones. Quizás, al principio, fue sólo la clara renuencia mostrada
por mi viejo preceptor a la hora de hablarme de mi línea paterna lo que provocó la aparición
de ese terror que yo sentía cada vez que se mentaba a mi gran linaje, aunque al abandonar la
infancia conseguí fragmentos inconexos de conversación, dejados escapar involuntariamente
por una lengua que ya iba traicionándolo con la llegada de la senilidad, y que tenían alguna
relación con un particular acontecimiento que yo siempre había considerado extraño, y que
ahora empezaba a volverse turbiamente terrible. A lo que me refiero es a la temprana edad en
la que los condes de mi linaje encontraban la muerte. Aunque hasta ese momento había
considerado un atributo de familia el que los hombres fueran de corta vida, más tarde
reflexioné en profundidad sobre aquellas muertes prematuras, y comencé a relacionarlas con
los desvaríos del anciano, que a menudo mencionaba una maldición que durante siglos había
impedido que las vidas de los portadores del título sobrepasasen la barrera de los treinta y dos
años. En mi vigésimo segundo cumpleaños, el añoso Pierre me entregó un documento
familiar que, según decía, había pasado de padre a hijo durante muchas generaciones y había
sido continuado por cada poseedor. Su contenido era de lo más inquietante, y una lectura
pormenorizada confirmó la gravedad de mis temores. En ese tiempo, mi creencia en lo
sobrenatural era firme y arraigada, de lo contrario hubiera hecho a un lado con desprecio el
increíble relato que tenía ante los ojos.
El papel me hizo retroceder a los tiempos del siglo XIII, cuando el viejo castillo en el
que me hallaba era una fortaleza temida e inexpugnable. En él se hablaba de cierto anciano
que una vez vivió en nuestras posesiones, alguien de no pocos talentos, aunque su rango
apenas rebasaba el de campesino; era de nombre Michel, de usual sobrenombre Mauvais, el
malhadado, debido a su siniestra reputación. A pesar de su clase, había estudiado, buscando
cosas tales como la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud, y tenía fama de ducho en
los terribles arcanos de la magia negra y la alquimia. Michel Mauvais tenía un hijo llamado
Charles, un mozo tan avezado como él mismo en las artes ocultas, habiendo sido por ello
apodado Le Sorcier, el brujo. Ambos, evitados por las gentes de bien, eran sospechosos de las
prácticas más odiosas. El viejo Michel era acusado de haber quemado viva a su esposa, a
modo de sacrificio al diablo, y, en lo tocante a las incontables desapariciones de hijos pequeños
de campesinos, se tendía a señalar su puerta. Pero, a través de las oscuras naturalezas de
padre e hijo brillaba un rayo de humanidad y redención; el malvado viejo quería a su retoño
con fiera intensidad, mientras que el mozo sentía por su padre una devoción más que filial.
Una noche el castillo de la colina se encontró sumido en la más tremenda de las
confusiones por la desaparición del joven Godfrey, hijo del conde Henri. Un grupo de
búsqueda, encabezado por el frenético padre, invadió la choza de los brujos, hallando al viejo
Michel Mauvais mientras trasteaba en un inmenso caldero que bullía violentamente. Sin más
demora, llevado de furia y desesperación desbocadas, el conde puso sus manos sobre el
anciano mago y, al aflojar su abrazo mortal, la víctima ya había expirado. Entretanto, los
alegres criados proclamaban el descubrimiento del joven Godfrey en una estancia lejana y
abandonada del edificio, anunciándolo muy tarde, ya que el pobre Michel había sido muerto
en vano. Al dejar el conde y sus amigos la mísera cabaña del alquimista, la figura de Charles
Le Sorcier hizo acto de presencia bajo los árboles. La charla excitada de los domésticos más
próximos le reveló lo sucedido, aunque pareció indiferente en un principio al destino de su
padre. Luego, yendo lentamente al encuentro del conde, pronunció con voz apagada pero
terrible la maldición que, en adelante, afligiría a la casa de C.
«Nunca sea que un noble de tu estirpe homicida
Viva para alcanzar mayor edad de la que ahora posees»
proclamó cuando, repentinamente, saltando hacia atrás al negro bosque, sacó de su túnica una
redoma de líquido incoloro que arrojó al rostro del asesino de su padre, desapareciendo al
amparo de la negra cortina de la noche. El conde murió sin decir palabra y fue sepultado al
día siguiente, con apenas treinta y dos años. Nunca descubrieron rastro del asesino, aunque
implacables bandas de campesinos batieron las frondas cercanas y las praderas que rodeaban
la colina.
El tiempo y la falta de recordatorios aminoraron la idea de la maldición de la mente de
la familia del conde muerto; así que cuando Godfrey, causante inocente de toda la tragedia y
ahora portador de un título, murió traspasado por una flecha en el transcurso de una cacería, a
la edad de treinta y dos años, no hubo otro pensamiento que el de pesar por su deceso. Pero
cuando, años después, el nuevo joven conde, de nombre Robert, fue encontrado muerto en un
campo cercano y sin mediar causa aparente, los campesinos dieron en murmurar acerca de
que su amo apenas sobrepasaba los treinta y dos cumpleaños cuando fue sorprendido por su
temprana muerte. Louis, hijo de Robert, fue descubierto ahogado en el foso a la misma
fatídica edad, y, desde ahí, la crónica ominosa recorría los siglos: Henris, Roberts, Antoines y
Armands privados de vidas felices y virtuosas cuando apenas rebasaban la edad que tuviera
su infortunado antepasado al morir.
Según lo leído, parecía cierto que no me quedaban sino once años. Mi vida, tenida
hasta entonces en tan poco, se me hizo ahora más preciosa a cada día que pasaba, y me fui
progresivamente sumergiendo en los misterios del oculto mundo de la magia negra. Solitario
como era, la ciencia moderna no me había perturbado y trabajaba como en la Edad Media, tan
empeñado como estuvieran el viejo Michel y el joven Charles en la adquisición de saber
demonológico y alquímico. Aunque leía cuanto caía en mis manos, no encontraba explicación
para la extraña maldición que afligía a mi familia. En los pocos momentos de pensamiento
racional, podía llegar tan lejos como para buscar alguna explicación natural, atribuyendo las
tempranas muertes de mis antepasados al siniestro Charles Le Sorcier y sus herederos; pero
descubriendo tras minuciosas investigaciones que no había descendientes conocidos del
alquimista, me volví nuevamente a los estudios ocultos y de nuevo me esforcé en encontrar
un hechizo capaz de liberar a mi estirpe de esa terrible carga. En algo estaba plenamente
resuelto. No me casaría jamás, y, ya que las ramas restantes de la familia se habían
extinguido, pondría fin conmigo a la maldición.
Cuando yo frisaba los treinta, el viejo Pierre fue reclamado por el otro mundo. Lo
enterré sin ayuda bajo las piedras del patio por el que tanto gustara de deambular en vida. Así
quedé para meditar en soledad, siendo el único ser humano de la gran fortaleza, y en el total
aislamiento mi mente fue dejando de rebelarse contra la maldición que se avecinaba para casi
llegar a acariciar ese destino con el que se habían encontrado tantos de mis antepasados.
Pasaba mucho tiempo explorando las torres y los salones ruinosos y abandonados del viejo
castillo, que el temor juvenil me había llevado a rehuir y que, al decir del viejo Pierre, no
habían sido hollados por ser humano durante casi cuatro siglos. Muchos de los objetos
hallados resultaban extraños y espantosos. Mis ojos descubrieron muebles cubiertos por
polvo de siglos, desmoronándose en la putridez de largas exposiciones a la humedad.
Telarañas en una profusión nunca antes vista brotaban por doquier, e inmensos murciélagos
agitaban sus alas huesudas e inmensas por todos lados en las, por otra parte, vacías tinieblas.
Guardaba el cálculo más cuidadoso de mi edad exacta, aun de los días y horas, ya que
cada oscilación del péndulo del gran reloj de la biblioteca desgranaba una pizca más de mi
condenada existencia. Al final estuve cerca del momento tanto tiempo contemplado con
aprensión. Dado que la mayoría de mis antepasados fueron abatidos poco después de llegar a
la edad exacta que tenía el conde Henri al morir, yo aguardaba en cualquier instante la
llegada de una muerte desconocida. En qué extraña forma me alcanzaría la maldición, eso no
sabía decirlo; pero estaba decidido a que, al menos, no me encontrara atemorizado o pasivo.
Con renovado vigor, me apliqué al examen del viejo castillo y cuanto contenía.
El suceso culminante de mi vida tuvo lugar durante una de mis exploraciones más
largas en la parte abandonada del castillo, a menos de una semana de la fatídica hora que yo
sabía había de marcar el límite final a mi estancia en la tierra, más allá de la cual yo no tenía
siquiera atisbos de esperanza de conservar el hálito. Había empleado la mejor parte de la
mañana yendo arriba y abajo por las escaleras medio en ruinas, en uno de los más castigados
de los antiguos torreones. En el transcurso de la tarde me dediqué a los niveles inferiores,
bajando a lo que parecía ser un calabozo medieval o quizás un polvorín subterráneo, más
bajo. Mientras deambulaba lentamente por los pasadizos llenos de incrustaciones al pie de la
última escalera, el suelo se tornó sumamente húmedo y pronto, a la luz de mi trémula
antorcha, descubrí que un muro sólido, manchado por el agua, impedía mi avance.
Girándome para volver sobre mis pasos, fui a poner los ojos sobre una pequeña trampilla con
anillo, directamente bajo mis pies. Deteniéndome, logré alzarla con dificultad, descubriendo
una negra abertura de la que brotaban tóxicas humaredas que hicieron chisporrotear mi
antorcha, a cuyo titubeante resplandor vislumbré una escalera de piedra. Tan pronto como la
antorcha, que yo había abatido hacia las repelentes profundidades, ardió libre y firmemente,
emprendí el descenso. Los peldaños eran muchos y llevaban a un angosto pasadizo de piedra
que supuse muy por debajo del nivel del suelo. Este túnel resultó de gran longitud y
finalizaba en una masiva puerta de roble, rezumante con la humedad del lugar, que resistió
firmemente cualquier intento mío de abrirla. Cesando tras un tiempo en mis esfuerzos, me
había vuelto un trecho hacia la escalera, cuando sufrí de repente una de las impresiones más
profundas y enloquecedoras que pueda concebir la mente humana. Sin previo aviso, escuché
crujir la pesada puerta a mis espaldas, girando lentamente sobre sus oxidados goznes. Mis
inmediatas sensaciones no son susceptibles de análisis. Encontrarme en un lugar tan
completamente abandonado como yo creía que era el viejo castillo, ante la prueba de la
existencia de un hombre o un espíritu, provocó a mi mente un horror de lo más agudo que
pueda imaginarse. Cuando al fin me volví y encaré la fuente del sonido, mis ojos debieron
desorbitarse ante lo que veían. En un antiguo marco gótico se encontraba una figura humana.
Era un hombre vestido con un casquete y una larga túnica medieval de color oscuro. Sus
largos cabellos y frondosa barba eran de un negro intenso y terrible, de increíble profusión.
Su frente, más alta de lo normal; sus mejillas, consumidas, llenas de arrugas; y sus manos
largas, semejantes a garras y nudosas, eran de una mortal y marmórea blancura como nunca
antes viera en un hombre. Su figura, enjuta hasta asemejarla a un esqueleto, estaba extrañamente
cargada de hombros y casi perdida dentro de los voluminosos pliegues de su peculiar
vestimenta. Pero lo más extraño de todo eran sus ojos, cavernas gemelas de negrura abisal,
profundas en saber, pero inhumanas en su maldad. Ahora se clavaban en mí, lacerando mi
alma con su odio, manteniéndome sujeto al sitio. Pon fin, la figura habló con una voz
retumbante que me hizo estremecer debido a su honda impiedad e implícita malevolencia. El
lenguaje empleado en su discurso era el decadente latín usado por los menos eruditos durante
la Edad Media, y pude entenderlo gracias a mis prolongadas investigaciones en los tratados
de los viejos alquimistas y demonólogos. Esa aparición hablaba de la maldición suspendida
sobre mi casa, anunciando mi próximo fin, e hizo hincapié en el crimen cometido por mi
antepasado contra el viejo Michel Mauvais, recreándose en la venganza de Charles le Sorcier.
Relató cómo el joven Charles había escapado al amparo de la noche, volviendo al cabo de los
años para matar al heredero Godfrey con una flecha, en la época en que éste alcanzó la edad
que tuviera su padre al ser asesinado; cómo había vuelto en secreto al lugar, estableciéndose
ignorado en la abandonada estancia subterránea, la misma en cuyo umbral se recortaba ahora
el odioso narrador. Cómo había apresado a Robert, hijo de Godfrey, en un campo, forzándolo
a ingerir veneno y dejándolo morir a la edad de treinta y dos, manteniendo así la loca profecía
de su vengativa maldición. Entonces me dejó imaginar cuál era la solución de la mayor de las
incógnitas: cómo la maldición había continuado desde el momento en que, según las leyes de
la naturaleza, Charles le Sorcier hubiera debido morir, ya que el hombre se perdió en
digresiones, hablándome sobre los profundos estudios de alquimia de los dos magos, padre e
hijo, y explayándose sobre la búsqueda de Charles le Sorcier del elixir que podría garantizarle
el goce de vida y juventud eternas.
Por un instante su entusiasmo pareció desplazar de aquellos ojos terribles el odio
mostrado en un principio, pero bruscamente volvió el diabólico resplandor y, con un
estremecedor sonido que recordaba el siseo de una serpiente, alzó una redoma de cristal con
evidente intención de acabar con mi vida, tal como hiciera Charles le Sorcier seiscientos años
antes con mi antepasado. Llevado por algún protector instinto de autodefensa, luché contra el
encanto que me había tenido inmóvil hasta ese momento, y arrojé mi antorcha, ahora
moribunda, contra el ser que amenazaba mi vida. Escuché cómo la ampolla se rompía de
forma inocua contra las piedras del pasadizo mientras la túnica del extraño personaje se
incendiaba, alumbrando la horrible escena con un resplandor fantasmal. El grito de espanto y
de maldad impotente que lanzó el frustado asesino resultó demasiado para mis nervios, ya
estremecidos, y caí desmayado al suelo fangoso.
Cuando por fin recobré el conocimiento, todo estaba espantosamente a oscuras y,
recordando lo ocurrido, temblé ante la idea de tener que soportar aún más; pero fue la
curiosidad lo que acabó imponiéndose. ¿Quién, me preguntaba, era este malvado personaje, y
cómo había llegado al interior del castillo? ¿Por qué podía querer vengar la muerte del pobre
Michel Mauvais y cómo se había transmitido la maldición durante el gran número de siglos
pasados desde la época de Charles le Sorcier? El peso del espanto, sufrido durante años,
desapareció de mis hombros, ya que sabía que aquel a quien había abatido era lo que hacía
peligrosa la maldición, y, viéndome ahora libre, ardía en deseos de saber más del ser siniestro
que había perseguido durante siglos a mi linaje, y que había convertido mi propia juventud en
una interminable pesadilla. Dispuesto a seguir explorando, me tanteé los bolsillos en busca de
eslabón y pedernal, y encendí la antorcha de repuesto. Enseguida, la luz renacida reveló el
cuerpo retorcido y achicharrado del misterioso extraño. Esos ojos espantosos estaban ahora
cerrados. Desasosegado por la visión, me giré y accedí a la estancia que había al otro lado de
la puerta gótica. Allí encontré lo que parecía ser el laboratorio de un alquimista. En una
esquina se encontraba una inmensa pila de reluciente metal amarillo que centelleaba de forma
portentosa a la luz de la antorcha. Debía de tratarse de oro, pero no me detuve a cerciorarme,
ya que estaba afectado de forma extraña por la experiencia sufrida. Al fondo de la estancia
había una abertura que conducía a uno de los muchos barrancos abiertos en la oscura ladera
boscosa. Lleno de asombro, aunque sabedor ahora de cómo había logrado ese hombre llegar
al castillo, me volví. Intenté pasar con el rostro vuelto junto a los restos de aquel extraño,
pero, al acercarme, creí oírle exhalar débiles sonidos, como si la vida no hubiera escapado por
completo de él. Horrorizado, me incliné para examinar la figura acurrucada y abrasada del
suelo. Entonces esos horribles ojos, mas oscuros que la cara quemada donde se albergaban, se
abrieron para mostrar una expresión imposible de identificar. Los labios agrietados intentaron
articular palabras que yo no acababa de entender. Una vez capté el nombre de Charles le
Sorcier y en otra ocasión pensé que las palabras «años» y «maldición» brotaban de esa boca
retorcida. A pesar de todo, no fui capaz de encontrar un significado a su habla entrecortada.
Ante mi evidente ignorancia, los ojos como pozos relampaguearon una vez más
malévolamente en mi contra, hasta el punto de que, inerme como veía a mi enemigo, me sentí
estremecer al observarlo.
Súbitamente, aquel miserable, animado por un último rescoldo de energía, alzó su
espantosa cabeza del suelo húmedo y hundido. Entonces, recuerdo que, estando yo paralizado
por el miedo, recuperó la voz y con aliento agonizante vociferó las palabras que en adelante
habrían de perseguirme durante todos los días y las noches de mi vida.
—¡Necio! —gritaba—. ¿No puedes adivinar mi secreto? ¿No tienes bastante cerebro
como para reconocer la voluntad que durante seis largos siglos ha perpetuado la espantosa
maldición sobre los tuyos? ¿No te he hablado del gran elixir de la eterna juventud? ¿No sabes
quién desveló el secreto de la alquimia? ¡Pues fui yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo que he vivido durante
seiscientos años para perpetuar mi venganza, PORQUE YO SOY CHARLES LE
SORCIER!